Un renacer en Nueva York

Carlos Daza era uno de esos latinos que no le cabía el mundo en la cabeza a sus 32 años de edad. Acostum­brado a la tranquilidad propia de su pueblo, Somon­doco, en Boyacá, Colombia, 10 días en Nueva York le cambia­ron para siempre la perspectiva de su vida.

Carlos Daza era uno de esos latinos que no le cabía el mundo en la cabeza a sus 32 años de edad. Acostum­brado a la tranquilidad propia de su pueblo, Somon­doco, en Boyacá, Colombia, 10 días en Nueva York le cambia­ron para siempre la perspectiva de su vida.

No podía creer que en 21.5 kilómetros de extensión hubiera tanta historia, tanta actividad, puentes de dos pisos, varios túneles construidos debajo del río Hudson, más de 4.493 edificios tan altos que intimidan y al mismo tiempo maravillan, personas impecable e irreverentemente vestidas, individuos de todas las razas que pueden hablar más de 96 lenguas, todo esto y mucho más en una isla que llamada Manhattan fue comprada en 24 dólares a los holandeses el 24 de mayo de 1626,  y denominan The Big Apple, La Gran Manzana.

Daza vivió lo que muchos cuando llegan a la ciudad de los Rascacielos. Se sintió de pueblo, de su amado Somondoco, pero de pueblo. No podía creer que una urbe relativamente pequeña, donde viven cerca de dos de millones de personas y transitan diariamente muchísimas más, provenientes de los alrededores de la isla y visitada por 25 millones de turistas al año, fuera tan organizada y con un civismo que ni en la ciudad más grande de su país, ni volviendo a ser fundada, podría experimentarse.

Eso lo supo caminando por las calles neoyorkinas cuando ob­servó cómo cada transeúnte procura en no afectar el espacio de los demás. Hay un respeto mutuo que impresiona.

En las escaleras eléctricas, por ejemplo, quien quiera subirlas caminando, avanza por el lado izquierdo, y en la parte derecha permanecen quienes tan sólo se dejan llevar por la escalera, en un orden milimétrico que ya parece ley.

En el metro la norma cívica es dejar bajar primero a los viajeros y luego sí acceder al tren. Carlos acostumbrado al Transmilenio de Bogotá, en la capital colombiana, vivió un triste de­but en el metro de Nueva york, que se repite mucho entre los latinoamericanos. Daza no consideró en dejar bajar a los pasajeros y sin pensarlo, subió al metro, pero no tar­dó en ruborizarse al percatarse del tamaño de su error. Descubrió que sus bases cívicas eran pobrísimas, vergonzantes, algo que mejoraría radicalmente con unos días más de metro, de caminar las calles, de obser­var el devenir de Manhattan y con lo cual aprendió una lección neoyorkina clave, un pequeño detalle para la convivencia urbana: respetar a los demás.

 

 

La magia

 

Con una formación universitaria bási­ca, proveniente de familia campesina, Car­los vio y vivió lugares que nunca se hubiera imaginado. A pesar de su manejo incipiente del idioma inglés, su “malicia indígena” le permitió sacarle ventaja a su viaje en medio de un temor propio de un ‘primíparo’ que se inaugura en las artes amatorias y descubre las mieles de la emoción desbocada. Guar­dadas las proporciones, algo parecido fue lo que experimentó Daza al conocer la ciudad que nunca duerme.

Era su primera experiencia con una gran metrópoli, propia del desarrollo. Todo era desconocido para él. Las amplias aveni­das, el metro (uno de los más grandes en el mundo con más de 400 estaciones trans­portando diariamente cinco millones de personas), las calles que en los semáforos tienen pantallas digitales que indican a la gente cuando es seguro atravesar; los sitios turísticos, el Empire State, famoso por ser por muchos años el edificio más alto en el planeta y porque allí, en la ficción de una película, King Kong luchó por su vida; El puente George Washington de dos pisos, el cual tiene un nivel superior con cuatro carriles en cada sentido y un nivel inferior con tres carriles en cada dirección, algo increíble. Eso sin hablar del túnel Holland que conecta a Manhathan con Nueva Jer­sey, construido por debajo del Río Hudson y que inaugurado en 1927, para Carlos fue una de las grandes sorpresas de ingeniería jamás vista con sus propios ojos. Todo era novedad como la estatua de la libertad, Liberty Enlightening the World, «La libertad ilu­minando el mundo», símbolo de EE.UU, la cual representa la libertad y emancipación con respecto a la opresión, impresa de una forma bella en los cheques federales que el Estado paga a los estadounidenses.

Carlos refería cada calle a las películas vistas durante su vida que infortunada­mente en la pantalla no trasmiten la misma emoción como cuando se está al frente de una calle como Times Square convertida en un íco­no mundial.

Durante las 24 horas del día, los 365 días del año, Times Square muestra una imagen camaleónica y mutante a través de anuncios publicitarios leds que la convierten casi en un lugar mágico y de fan­tasía. Para anunciarse allí hay que desem­bolsar la friolera de 69 millones de dólares al año, pero el gasto merece la pena. Cada año, 40 millones de visitantes se pasean por esta emblemática plaza neoyorkina. Carlos definitivamente no lo podía creer, lo único que se preguntó fue: “¿En dónde carajos he estado durante todos estos años, cómo no sabía que esto existía?”.

Diversidad

Venga de donde se venga, de un pueblo o una ciudad, lo más cautivante de Manhattan es su diversidad en todos los órde­nes. Los detalles propios de la arquitectura, que data de siglos atrás, contrastada con el modernismo y la combinación del aporte de las diversas culturas asentadas en la isla, brindan un panorama único. Carlos Daza ni en sus sueños se hubiera imaginado algo así. En China Town, además de la exquisita comida oriental y de las fachadas de las edi­ficaciones evocando a China, es posible en­contrar falsificaciones perfectas de ropa, re­lojes, bolsos y otros artículos de las mejores marcas que se convierten en un souvenir turístico de alto valor.

En la pequeña Italia, además del influjo europeo en sus vivien­das, algo realmente seductor es una pizza al mejor New York-style, con la cual Carlos se dio cuenta que en materia de pizzas tampoco nada sabía, ni nada había saboreado hasta el día en que comió, por tres dólares con cincuen­ta centavos, un trozo de esa pizza que nadie sabe a ciencia cierta porque es tan delicio­sa.

Expertos indican que la diferencia de la pizza neoyorkina con la de otras ciudades y países es su fina corteza estirada a mano, hecha con una harina de pan única cuyo legendario sabor se ha atribuido a los mine­rales presentes en el agua de Nueva York. Es tal la creencia en ese factor que fabricantes de pizzas fuera del estado transportan el agua de la Gran Manzana a otras latitudes en aras de preservar la autenticidad y el sa­bor de esa pizza que no tiene comparación.

Los días pasaban y Carlos era cons­ciente que no todo lo podía conocer. Su meta, para el último día, era visitar el tris­temente célebre World Trade Center. Sin embargo, antes fue imperativo tomarse las fotos clave para cualquier turista de visita en la Gran Manzana. Entonces co­rrió, literalmente corrió, para tomarse un retrato en Broadway (el epicentro del tea­tro internacional), una foto en la sede de las Naciones Unidas, una instantánea en el Rockefeller Center, complejo fundado por la familia Rockefeller y que en época de navidad es impresionante, también una imagen en el Radio City Music Hall, una postal en el Madison Square Garden, una foto en el Central Park, que a decir verdad cuando Carlos lo conoció se arrepintió de no haber empezado por allí su aventura turística.

Este parque urbano público, de 365 acres de extensión, más grande que el principado de Mónaco o la Ciudad del Vaticano, tiene museos y sitios sin igual. Sólo trotar en su Park drive de 10 km de largo es inolvidable. El parque está cerca al edificio Dakota donde mataron al músico inglés John Lennon en 1981, aún sitio de peregrinación de miles de seguidores del ex beatle. Alrededor del Central Park, viven los millonarios más ricos del mundo.

Algo que impactó a Daza fue saber que un metro cuadrado allí cuesta lo mismo que toda su casa completa en Colombia: 40 mil dóla­res. Se sabe que el apartamento más costo­so en esta zona cuesta 88 millones de dóla­res.

 

La despedida

El ímpetu de su curiosidad le había dado a Carlos la energía para caminar des­de el sur hasta el norte, desde el oeste hasta el este de la isla de Manhattan, caminán­dola y viviéndola. Casi estaba satisfecho. Había llegado el gran momento. Conocer por fin, el epicentro de una metrópoli que en 2001 fue protagonista del ataque terro­rista que cambió por siempre la historia del mundo, donde murieron más de 5 mil personas cuando se derrumbaron, como un castillo de naipes, las Torres Geme­las, luego de que dos aviones comerciales impactaran y explotaran en su estructura. Ese episodio nunca será olvidado. La re­construcción de la ciudad continúa día a día tras día. Pocos rastros quedan de ese reprochable acto de Al Qaeda. Una nueva ciudad se erigió luego del ataque.

El civis­mo se acrecentó, la solidaridad afloró más y los neoyorkinos dieron ejemplo al mundo de su sentido de superación. La seguridad mejoró ostensiblemente. Nada así puede volverse a repetir, es la consigna tanto de los ciudadanos como las autoridades neoyorkinas.

La nueva Torre de la Libertad ya tiene forma. Será de 417 metros, la misma altura de la torre 1 del World Trade Center original. Con la altura de la antena, el edificio se alzará a 1.776 pies (541 m), una altura simbólica inspirada en el año de la Independencia de Estados Unidos. Cada detalle ha sido presupuestado para hacer de la nueva obra un homenaje digno a quienes perdieron la vida ese fatídico 11 de septiembre de 2001.

En el parque memorial, ubicado en la cen­tro del complejo, Carlos rindió homenaje al coraje y valentía de los sacrificados y los rescatistas. En las paredes de las 2 piscinas semi-subterráneas, construidas de forma cuadrada y donde se erguían exactamen­te las Torres Gemelas, están inscritos los nombres de las más de 5.000 personas muertas durante el ataque terrorista, allí el agua fluye cons­tantemente hacia un cuadrado pequeño en el centro, que invita a un renacer, inci­tando a una nueva vida.

En este escena­rio, con el sonido singular que produce el agua circundante de las fuentes del World Trade Center, Carlos Daza sintió una paz que nunca había experimentado, inque­brantable, el saber que estaba en un lugar donde murieron tantos inocentes hace 11 años, le permitió reflexionar sobre su pro­pia vida y se otorgó un perdón para sí mis­mo y la humanidad entera. Encontró algo sublime que diez días atrás no sabría que obtendría y que desde ahora marca el comienzo de una nueva perspectiva en su vida. Nueva York lo hizo cambiar, Nueva York lo hizo renacer.

Por, César Augusto Sutachán Daza
Jefe de Redacción, Revista VISIÓN

Crónica publicada en Revista VISIÓN http://www.larevistavision.com/sitio/un-renacer-en-nueva-york/

Agradecemos a Revista VISIÓN por permitirnos compartir esta crónica.

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