La alegría de verte

Luego, al menor descuido contempló sus pies, los que serían su fijación y delirio esos y los futuros días y todos los que él podría compartir con ella y que ella, mostrara y con inocencia involuntaria, ocultaría al azar.

Introducción

Era un día normal, soleado, en un país minúsculo, atorado en polarización, ataviado de esperanza, y esclavo del consumo. Eduardo recibió el correo electrónico que le hacía referencia a una capacitación, esas de las empresas que sólo son un retraso en el día a día y la excusa para que un espléndido consultor sobreviva.

Lo abrió, leyó, validó las fechas, revisó el contenido de la capacitación… era sobre Liderazgo, calculó el tiempo y pensó: Una pérdida más de tiempo. Él había participado en tantos entrenamientos similares, pero éste hacía referencia a que valdría la pena, sin embargo, su incredulidad prevalecía.

Siempre creía que las empresas pierden el dinero en capacitaciones sin sentido… sin embargo, el correo planteaba que era obligatorio y que sería un programa de 4 módulos. Marcó la fecha en su calendario y continuó con sus tareas que, obviamente, valían mucho más la pena que la invitación recibida. Él, como un obediente plebeyo asintió con su cabeza en señal de obediencia.

Pasó el tiempo y se acercaba la fecha del famoso entrenamiento, mientras que en su compañía reinaba la incertidumbre, la desinformación y la zozobra por los muchos cambios organizativos que se estaban dando. Él pensaba: Cómo pueden llamarse líderes estos incircuncisos si ni siquiera pueden ser transparentes con sus colaboradores. Pero eso es el sistema. Pensaba él.  Las empresas pregonan que la gente es el capital más valioso, pero no puede haber cosa más falsa como que la luna es de queso, se decía a sí mismo.

En medio de esta falta de consistencia Eduardo se dirigía al fatal día de su entrenamiento.

El Primer día

Eduardo se despertó como todos los días, se dirigió a la habitación de su hijo y le despertó, le ayudó a organizarse mientras su esposa se preparaba en medio de su mundo de rituales.

Él les vio irse a la escuela, quedó solo y se preguntaba por qué debía haber este tipo de entrenamientos, ¿predispuesto? Sí, él lo estaba y con justa razón, sería una pérdida de tiempo, pensaba

Se preparó, fiel a su rutina y con sus impulsos obsesivos compulsivos, logró con hidalguía vestirse y bajó a tomar el desayuno.

Condujo y llegó a su trabajo de manera mecánica y por inercia, pasó de largo su oficina y se dirigió a su cita con el hastío.

Llegó, se ubicó en la periferia fiel a su inclinación marginal y sus hábitos de vida. Pasaron los minutos y como un evento épico en su historia, entró ella.  Y el mundo de Eduardo se transformó. La vio, la contempló. La alegría era el sentimiento que mejor describía su sensación, no importaba nada.  Sin embargo, Eduardo jamás imaginó que ella caminaría hacia él para sentarse a su lado

Eduardo quiso suspender el tiempo esos días, no importaba el desperdicio de tiempo en ese entrenamiento, el disfrutaría de la compañía de ella y quería que no fueran dos días sino semanas enteras

Él le saludó, y disimuló su éxtasis. Vio sus manos con sus dedos largos y delgados, exquisitos y moldeados, sin pintura sus uñas, sin estar adulteradas de químicos. Tal cual, ver su naturaleza era una victoria, era un plus a su presencia

Luego, al menor descuido contempló sus pies, los que serían su fijación y delirio esos y los futuros días y todos los que él podría compartir con ella y que ella, mostrara y con inocencia involuntaria, ocultaría al azar.

Eduardo recuerda los pies de ella, con su talón libre, y sus dedos delgados, ella los cubría de color verde, y él pensaba cualquier color estaría bien para ella. Sólo deseaba que en su vida los zapatos cerrados no existieran para esa mujer.

Otro día

Eduardo llegó ese día, con latidos de un niño por su regalo. Él pensaba ya vendrá, hace mucho tiempo que no la veo. Él se había saltado la fecha de un entrenamiento por un viaje de vacaciones. Luego apareció ella.

Era ese abanico que refresca el rostro en pleno verano, ella se acercó a él y le saludo. Él no podía ocultar su sentimiento y una fuerza subversiva le obligaba a hacer una declaración, él le confesó: Me gusta verte.

Tres palabras que denotaban mil abecedarios en él, esas tres palabras que se multiplicaban para decir: eres una luz que enciende mi día, eres esa sal que sazona mi alimento diario, eres esa vela que disipa la noche, guardaré en mis ojos tu última mirada, y finalmente fuiste un cuento breve que leeré mil veces

 

Uno de los últimos días

Eduardo estará en esa cita a las 4:00 p.m., él iría donde le dijeran, así fuera el otro lado del mundo, pero era en la cafetería.

Puntual y fiel a su rutina, llegó antes. Ansioso, la esperó, la divisó a lo lejos y se dijo: Ahí viene, no hay duda que ella es mi alegría.

Su vestido azul largo, sus pies elevados por sus zapatos, sus uñas en color naranja, sus manos blancas, sus dedos largos, sus uñas grises, toda ella era una verdad estallando en su rostro. Un crisol de colores alegres…

Se despidieron y se dijo a sí mismo: la mejor forma de acariciarte es escribirte.

Por, Alex Bonilla

FIN

 

Reseña del Autor

 

Alex Bonilla, es realmente Mario Fernández, amante de la literatura e imperfecto escritor de poesía.

 

¡Anímate a participar de nuestra Convocatoria Narraciones Transeúntes!

 

Revisó: Andrés Angulo Linares (Equipo Editor Narraciones Transeúntes)

Comentarios
TEXTO DE PUBLICIDAD 2

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*