Almas Cautivas

Almas Cautivas

Era una chica alegre y traviesa, un poco rebelde para su tiempo y con muchas ganas de volar. Su nombre era Mary y los acontecimientos de esa tranquila mañana cambiarían el rumbo de su vida para siempre.

 
Cuando las letras escapan por tus poros y mueven tus dedos casi instintivamente, hasta la sangre sirve de tinta, hasta la piel sirve de papel – Eri Molina

 

Era una chica alegre y traviesa, un poco rebelde para su tiempo y con muchas ganas de volar. Su nombre era Mary y los acontecimientos de esa tranquila mañana cambiarían el rumbo de su vida para siempre.

Una mañana soleada de junio, Mary se levantó con entusiasmo al sentir el sol en su cara, abrió la ventana de par en par, era un día precioso y deseaba olvidar la horrible discusión que había tenido con su padre la noche anterior; no podía creer que pudiera llegar a ser tan frío y testarudo. Miró al cielo y al bajar la mirada sintió que le faltaba el aire, desde allí podía ver a los esclavos que desde temprano llevaban a cabo sus labores en las plantaciones de algodón; negros, aquellos con los cuales, según su madre no podía cruzar una sola palabra a menos de que fuera estrictamente necesario, por razones que a ella le parecían totalmente absurdas. ¿Cuál puede ser la diferencia entre ellos y yo? Siempre se preguntaba lo mismo. Recordó con dolor un episodio de su niñez, un momento que nunca olvidaría; su madre le había regalado una hermosa muñeca rubia, con ojos profundamente azules, parecían reales. Estaba feliz y en cuanto su madre estuvo ocupada en sus costuras y sus telas, ella corrió a la cocina; quería enseñarle su nueva muñeca a Carmen, la hija de la cocinera. Entró corriendo a la cocina y encontró a Carmen junto a su madre limpiando la encimera.

¿Quieres jugar conmigo?

Preguntó Mary amablemente a la niña negra, Carmen sonrío, miró a su madre buscando aprobación, pero antes de que ésta pudiera hablar  Mary la tomó de la mano y corrió con ella y con su muñeca hacia la entrada principal de la casa, estaban a punto de salir al exterior cuando chocaron repentinamente con su padre… Carmen y su madre durmieron a la intemperie durante una semana y la rubia muñeca de Mary fue quemada en la chimenea esa misma tarde, mientras ella lloraba desesperadamente sin entender qué había hecho mal.

Suspiró tratando de sacar de su mente ese triste momento, buscó a su gato con la mirada por toda la habitación y empezó a llamarlo por su nombre hasta que al fin se dio por vencida. ¡Debe haber salido a pasear sin mi… es un traidor! Pensó con una sonrisa. Ramsés era un hermoso gato Maine Coon que recibió de su tío Alan cuando cumplió 10 años, sus ojos eran enormes y cuando Mary leía él parecía escucharla atentamente. Su madre le había ayudado a elegir su nombre una tarde mientras ordenaban sus libros, después de casi una semana en la cual se había resignado a llamarlo simplemente gato, ya que ninguno le parecía lo suficientemente elegante, fuerte y digno para él.

Ramsés era un compañero amoroso, pero también era arrogante y voluntarioso.

A veces te pareces tanto a mi padre solía decirle Mary mientras lo acariciaba y lo llenaba de besos, algo que a Ramsés realmente le molestaba, tal vez por eso, esta mañana había desaparecido antes  de que ella lo aplastara con su avalancha de besos y apapachos.

Encontró sobre el gran sillón de su habitación el vestido azul oscuro que tanto le gustaba, acarició la suave tela y se lo probó frente al espejo. Le gustaba como se veía, resaltaba su cabello y sus ojos brillaban, aunque tal vez, esto último no se debía tanto al vestido. Se miró al espejo con curiosidad, ya no era la misma niña que corría por la casa tratando de atrapar a su gato. Terminó de arreglarse sin mucho más que una flor que adornaba su pelo y los guantes blancos que siempre debía llevar. Las joyas no eran lo suyo, la hacían sentir terriblemente mal en un ambiente de hambre, látigos y dolor.

Después de desayunar, Mary se dispuso a salir de paseo por el campo, como lo hacía cada mañana, hoy además necesitaba buscar a su gato, quien ya se había tardado mucho en aparecer. Su padre casi nunca estaba en la casa y su madre insistió como siempre en que una de sus criadas la acompañase, algo que sabía era completamente inútil, pues a Mary le gustaba caminar sola por las plantaciones y los campos, cosa que a su madre le disgustaba muchísimo.

—No hables con nadie—  Le advirtió  como de costumbre.

—No te preocupes, madre— Respondió Mary  y salió de la casa con un libro en la mano, dispuesta a disfrutar de su paseo matutino.

La propiedad de su familia era bastante grande, además de las plantaciones, contaba con una parte del rio, una larga franja de árboles se fundía con la inmensidad del bosque surcando el campo abierto y los establos estaban llenos de caballos. La casa estaba rodeada de un precioso jardín y en la parte trasera, más allá de los establos se podían ver las chozas donde dormían los negros, eran increíblemente pequeñas y miserables, al lado de su casa, parecían de juguete. Mary sólo se había acercado allí un par de veces, escabulléndose entre las sombras y en ambas había salido llorando, indignada y avergonzada de haber nacido con su blanca piel.

Después de caminar un rato y llamar a su gato como loca sin obtener ningún resultado, Mary decidió sentarse a leer bajo un gran árbol situado a unos cien metros de una de las plantaciones. Era un árbol especial, lleno de recuerdos y de risas, allí su tío Alan le había enseñado a leer y había imitado cientos de veces con tono jocoso la voz de su padre diciendo: “ya sabes Mary, no debes hablar con los negros, no son iguales a nosotros, sólo están aquí para trabajar”. Su tío era tan diferente, la vida era injusta, todo sería más fácil si hubiera sido su padre o si al menos viviera con ella, pero Alan era un alma libre, indomable, que andaba de aquí para allá, sin esposa, sin hijos y sin oficio, la oveja negra de la familia.

si fuera por tu tío ya no tendríamos tierras, ni esclavos, ni nada, ¿Qué sería de nosotros sin tu padre? Debes aprender mucho de él, algún día serás quien se ocupe de todo.

 Le repetía su madre continuamente.

Mary se sentó tranquilamente bajo el árbol, notó con tristeza que el campo abierto cada vez era más reducido y había sido reemplazado casi en su totalidad por las plantaciones de algodón, que ahora llegaban casi hasta los límites del bosque. Su padre cada vez quería más, ahora no era sólo el algodón, había empezado a comerciar con esclavos, al parecer el negocio dejaba buenos dividendos y no era muy complicado, iba a las subastas que organizaban algunos de sus amigos o viajaba hasta otros estados en busca de esclavos más baratos, los entrenaba por unos días en el trabajo del campo o de la casa y los vendía a buen precio. Eso era algo que a Mary le parecía completamente inaceptable  y aunque para su padre los negros eran menos que animales salvajes a ella le aterraba la sola idea de que algún día todo esto fuera a ser su responsabilidad. Debía hacer algo al respecto, pensaba en eso todos los días, tal vez podría pedir ayuda a su tío. Las discusiones con su padre se hacían cada vez más insoportables y sabía que él nunca la entendería.

Sin ganas de pensar más en ese tema, se disponía a abrir su libro, cuando de pronto se fijó que uno de los esclavos dejaba sutilmente su sitio de trabajo para adentrarse en el bosque, teniendo cuidado de que ninguno de los vigilantes lo notara. Trató de distinguir quién era y cuando vio que se trataba de él se llevó una mano a la boca, aterrada. Era José, Un joven negro de más o menos su edad que había crecido allí con su familia. Su padre era un hombre enorme, con una amplia sonrisa blanca, tan blanca como el algodón, su madre cantaba todo el tiempo canciones que Mary nunca pudo comprender y le sonreía siempre que la veía jugando en el patio. Era una mujer hermosa y Mary nunca podría olvidar su mirada, estaba llena de amor y de alegría, ¿Cómo podía ser esto posible en alguien que sólo recibía malos tratos? José también tenía un hermano, pero éste fue a vivir con familiares lejanos que cuidarían mejor de él, en realidad, el muchacho fue vendido a los 14 años en una de las subastas organizadas cada año en una plantación vecina.

Los padres de José habían muerto ya. Su padre olvidó reportar algunos sacos de algodón y al día siguiente encontraron su cuerpo en el rio, medio desfigurado. Su madre murió días después de tuberculosis, agravada por la pena que le produjo la pérdida de su marido y fue enterrada por su hijo en un pequeño claro cerca del bosque. José estaba completamente solo y a pesar de las advertencias de su madre, Mary había hablado más de un par de veces con él. Era simpático y cordial y quería aprender a leer. Desde hacía más o menos dos años ella le llevaba alguno de sus libros y lo dejaba caer cerca del campo, o simplemente lo dejaba olvidado bajo su árbol. José había aprendido bastante y en cuanto pudo escribir, empezó a devolverle sus libros con una hoja de más al final de cada uno, contándole sus sueños  y dándole las gracias por enseñarle a volar.

Ella también había aprendido de él, aprendió del dolor que llevaba en sus ojos y de la fuerza que ni su diario martirio lograba doblegar. De José aprendió que los negros tenían alma, contrario a lo que decían sus padres y gracias a él, ahora tenía el valor de luchar.

Mary lo observó hasta que entró en el bosque y se apresuró a seguirlo, rodeó el campo hasta el borde del bosque y se disponía a tomar el camino cuando vio que un guardia ya había ido tras él. Su corazón se aceleró, esto no era bueno, como mínimo José se ganaría una buena paliza por tratar de escapar, si es que era eso lo que intentaba. Pensó qué hacer, tal vez llamar la atención del guardia e intentar distraerlo, pero sabía que sería inútil, sólo lograría empeorar las cosas, así que decidió callar y seguirlos.

Después de asegurarse de que nadie la observaba, se dirigió al bosque, a pocos metros del guardia, necesitaba saber que estaba sucediendo y no permitiría que nada le pasara a José, aunque ella tuviera que asumir las consecuencias. Su largo vestido no le permitía avanzar tan rápido como hubiera querido, así que los perdió de vista por un momento, Caminó lo más rápido que pudo por el difícil terreno del bosque recogiendo su larga falda, hasta que escuchó voces, José y el guardia discutían. Tomó aire con la intención de decir algo, pero no pudo hacerlo, estaba sorprendida y asustada. Nunca  había visto a José hablar así, mirando a los ojos, con actitud desafiante y eso de alguna manera le gustaba, pero las cosas para él no estaban nada bien.

 — ¿Acaso crees que te tengo miedo, negro? ¿Crees que alguien notará tu ausencia si no vuelves?—

El guardia hablaba con desprecio y con ira, tenía un látigo en una mano y un arma en la otra.

—Si nadie notará mi ausencia entonces déjeme ir, no volveré, prefiero que me mate—

La voz de José era firme y no había en ella ni un poco de temor, se podía decir que hasta hablaba con altivez.

—Eres tan despreciable como tu padre—

Gritó el guardia.

 — ¿Recuerdas como terminó por querer pasarse de listo? son negros y es todo lo que merecen—

Mary sentía que el calor invadía su cuerpo y con cada palabra que el guardia pronunciaba, estaba más segura de que no tomaría jamás el lugar de su padre, no podía ser cómplice de tanta crueldad.

Ninguno de los dos había notado su presencia, José y el guardia no dejaban de mirarse fijamente, el primero con seguridad y valentía, el segundo con odio.

José repetía una y otra vez que no volvería, prefería morir allí que seguir teniendo esa vida. Se disponía a decir algo más, pero en ese momento el guardia se lanzó sobre él dejando caer el arma que tenía en la mano, y enredando el látigo alrededor de su cuello, lo derrumbó. Mary sintió como la ira se apoderaba de ella, la ira y el miedo, no sabía qué hacer, estaba entre la espada y la pared, ella ni siquiera debería estar allí. José luchaba por quitarse al guardia de encima, pero no era tan fuerte para eso, estaba demasiado débil gracias al trabajo y lo mal que se alimentaban en las plantaciones. ¡Tengo que hacer algo! Pensó Mary casi en voz alta y tomando el arma dejada en el piso segundos antes por el mismo guardia, casi sin pensarlo, haló el gatillo y disparó…

… El tiro retumbó por el bosque con el ruido más aterrador que ella pudiera recordar y la bala quedó incrustada en la cabeza del guardia, quien ahora yacía muerto sobre un enorme charco de sangre. José la miraba perplejo sin comprender aún que había pasado. Mary soltó el arma y cayó de rodillas, con lágrimas en los ojos y el corazón desbocado. En ese momento su gato apareció a su lado, impasible, frotando su cuerpo en su vestido, mirando a José con sus grandes ojos grises, como fiel testigo de  todo lo ocurrido.

 

 

Por, Erika Molina Gallego

Medellín (Colombia)

 

 

Reseña del Autor

Enamorada de las letras y la música, descubriendo mundos a través de los libros, queriendo encontrar el verdadero sentido de la literatura más allá de lo intelectual.

 

Revisó: Andrés Angulo Linares

Línea tras línea el relato es descrito con precisión, con un lenguaje natural el lector es transportado al tiempo en el que el cuento se desenvuelve. Es un viaje en el tiempo, sí. Pero, también, es un recorrido por los laberintos del alma.

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