El vestido Rojo

Rojo

La noche era absolutamente abrumadora, pero ya era navidad y todos celebraban, todos menos ella.

Por, Erika Molina Gallego

El reloj dio las doce en punto, su tic tac se iba convirtiendo en un sonido insoportable conforme pasaban los minutos, fríos y secos. La música no era más que un ruido sordo e insoportable que se escuchaba lejano, como si en realidad no estuviese allí, como si fuera producto de su imaginación. El olor de la comida era nauseabundo, aun cuando en otro momento no hubiese rechazado ni uno solo de los bocadillos que había amontonados en todas las mesas. Su corazón palpitaba fuerte desde su pecho hasta su cabeza, y el calor asomaba como rubor por sus mejillas. La noche era absolutamente abrumadora, pero ya era navidad y todos celebraban, todos menos ella.

Horas antes todo era diferente, el sol había madrugado y llenaba con su luz todas las habitaciones de la casa. Se levantó temprano con la sensación de que todo el día sería maravilloso, y hasta que llegó la noche, lo fue. Llevaba varios meses sin experimentar sus ataques, él había llegado a limpiar todo en su vida, como una soga que llegaba a sus manos cuando ya estaba a punto de ahogarse. Él había cambiado sus tristezas por alegría, todo se había transformado en risas y la había convencido de que no había nada malo en ella y de que solo había sido un período turbio que nunca volvería a aparecer.

Así fue. Esa mañana mientras ayudaba a su mamá en la cocina, pensaba en qué vestido se pondría. «El azul me hace ver más rellena» pensó con una sonrisa, «mejor el rojo» decidió mientras acomodaba uno a uno los cuchillos en su lugar.

«Los cuchillos» la imagen llegó a su cabeza, mientras se secaba los ojos. Los minutos seguían pasando, pero él no llegaba, ya no llegaría. La fiesta navideña seguía su curso, todos bailaban alegremente a su alrededor, intentando animarla de vez en cuando.

—Ya llegará— le decían.

—Aún es temprano, no desesperes—

Pero eso era lo que mejor hacía, desesperar

Las manecillas del reloj seguían girando y el calor de sus mejillas fue inundando su cuerpo por completo, los alegres rostros de los demás solo aumentaban su furia. ¿Dónde estaba? Se había atrevido a dejarla allí, sola, esperando, con su mejor vestido, el rojo, rojo, eso era, rojo.

Comenzó a ver las caras de todos desfiguradas, las manos extendidas hacía ella para invitarla a bailar, desmembradas. Sintió el sudor frío en su espalda y supo que se aproximaba, que la ira la envolvía de nuevo y que él no estaría allí para salvarla.

«Él, ¿Dónde está él?» pensó.

Recordó su dulce voz diciéndole al oído que nunca la dejaría, y sus pies volaron casi sin control hasta la cocina. «Cuchillos, los cuchillos». Nadie notó su agonía, nadie vio la desesperación con la que se movía, nadie atendió sus lágrimas amargas.

Tomó el primero que encontró, el único que no habían usado para la cena, el más grande.

Sus mejillas se confundían ahora con su vestido rojo, rojo como las cintas que adornaban su árbol de navidad, rojo como las ventanas de su pequeña casa, rojo como la sangre que brotó del pecho de su madre en cuanto el cuchillo la atravesó, en la puerta de la cocina.

Alguien gritó algo que ella no entendió, y no pudo ver más que monstruos que corrían hacía todos lados, algunos hacía ella, buscando atraparla. Su mano izquierda se movía como si tuviera vida propia, sentía la sangre caliente que salpicaba por todas partes, lo veía a él, lo escuchaba, lloraba. Sentía miedo, pero no sabía por qué, se veía a sí misma enterrando el cuchillo y sacándolo sin dificultad alguna, como si no fuera carne lo que penetraba de un solo golpe, como si de un trozo de pan se tratara. Había gritos, llanto, rojo, rojo el vestido, roja la casa, roja la sangre, sangre, sangre. El cuchillo cayó y luego nada, oscuridad, alguien apretando sus brazos, él, su voz, diciéndole de nuevo al oído que estaba allí. Conciencia, horror, nada.

Cinco cuerpos quedaron regados por la casa, su madre, su padre, la abuela, y dos de los invitados a la cena.

Ella aún recordaba su vestido rojo, encerrada en cuatro paredes blancas, con las manos atadas, dos navidades después. Era lo único que recordaba.

Él encontró los cuerpos cubiertos con sábanas la mañana siguiente, sin poder creer que hubiera sucedido todo esto solo porque no pudo encontrar a tiempo su regalo de navidad.

Por, Erika Molina Gallego

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