Encuentro

Encuentro

Fernando en su día laboral, deambulaba, trabajaba, se levantaba al baño, se ponía de pie frente a las ventanas, miraba la calle, la gente, los autos y el tráfico de manicomio. De repente aparece el arcoíris sobre la ciudad y en un lapso de reflexión se dijo: «aún no asimilo la noche de ayer». Fue para él una vorágine de emociones, pasiones, excitaciones.

Por, Alex Bonilla

Fernando en su día laboral, deambulaba, trabajaba, se levantaba al baño, se ponía de pie frente a las ventanas, miraba la calle, la gente, los autos y el tráfico de manicomio. De repente aparece el arcoíris sobre la ciudad y en un lapso de reflexión se dijo: «aún no asimilo la noche de ayer». Fue para él una vorágine de emociones, pasiones, excitaciones.

Le costaba trabajo concentrarse y recrear cada momento, cada episodio, cada parte de esa noche, cada canción, cada palabra, cada mirada, la duración de cada beso y la intermitencia de las caricias, era como un hilo que se corrió y ahora trataba de hilvanar centímetro a centímetro por lo vivido el día anterior. «Lo de ayer ha arrastrado mi razón con una velocidad sin comparación, me atropelló y recién cobro conciencia de las magulladuras» Se dijo.

II

Fernando veía entre luces y grises la desnudez de ella, veía su silueta descansando sobre sábanas blancas. Detenía su vista en cada rincón de su cuerpo, con la epidermis de sus dedos recorría la llanura de su espalda y las montañas en sus caderas. Sus manos visitaban cada sendero entre su coxis y su sexo.

Ella le veía desde la distancia de su pecho con sus tremendos ojos y le hablaba con sus carnosos labios, mientras Fernando rodeaba su cuello con su brazo izquierdo. De fondo sonaba Silvio y su «Ángel para un Final». La melodía que él quería compartirle como esa obra maestra del cubano trovador, esa que le hacía asomar las lágrimas en sus ojos sin saber por qué.

 

Un cuadro frente a ellos, un televisor al otro lado, un espejo al fondo, Fernando y Ella, acurrucados y abrazados en complicidad de esas cuatro paredes observándoles a los dos, tendidos en una cama ajena, desnudos, agotados de amarse, aún con su presión arterial tratando de reponerse, luego del éxtasis. Él habiéndose vaciado en ella, ella habiendo recibido el elixir de la alquimia del deseo para que con un soplo de su boca se hiciera orgasmo, de la pasión, de la espera y la paciencia convertida en sentimiento. Fernando había sembrado en ella su fuerza, su locura, sus miedos, su confusión, su «qué sucedió ahora». Sin embargo, su mente no se reponía y continuaba siendo apabullada por el desenfreno de los hechos.

III

Se volvieron a encontrar en esa ciudad de ironías y violencia. Se vieron, hablaron, se exploraron nuevamente, él se rindió a escucharla y a contemplar su rostro, su voz, sus ojos, sus labios. Él habló, rindió un informe de los últimos meses de vida, caminaron, buscaron un restaurante para cenar, pero él ya se había llenado de ella, viendo su rostro y sus manos, ya se daba por satisfecho en la antesala de la locura.

Coincidieron en verse en una próxima ocasión, sin embargo, ninguno de los dos conocía lo que el destino les deparaba.

Fernando ignoraba con una inocencia de niño que se graduaría de subversivo semanas después navegando sobre su cuerpo blanco de espuma e indescifrable. Que estaría «gustando del amor secreto que guardo en silencio» como escribiría Alfonsina Storni.

IV

Con esfuerzo y parsimonia recorría con su mente cada pedazo de esa velada, inició con la televisión y pizza. Será especial tenerla acá, cerca, compañera, amiga, cómplice de mis soledades, pensó Fernando. Pero apareció el lirismo de los boleros y este se coló por sus oídos y rindió sus defensas.

Los hechos sucedieron como catástrofe natural, sin aviso y con sospecha de condena, un baile sensual y Willie Colón era cómplice con su «Idilio». Sus cuerpos se acercaron, sus pieles se tocaron, chispearon sus ojos, sus pechos se rozaron, sus mejías compactadas hicieron que el menor movimiento fuese una caída suicida.

Ambos encontraron sus bocas secas y hambrientas, él se dispuso a nutrirse de la carnosidad de sus labios. En su mente pensaba ‘nunca espere esto’ pero estaba ahí hundiendo su lengua ofidia en su boca hambrienta de luz. Él tocaba su espalda, sus brazos con una timidez adolecente frente a esa majestuosa mujer que descubría la rigidez del sexo de Fernando buscando cual serpiente su selva espesa.

La música sonaba y solo una cama les separaba del abismo que vendría como un tsunami minutos después. Como plumas cayeron sobre las sábanas con un movimiento no practicado pero aprendido, sus ropas estallaron, sus instintos animales y prehistóricos guiaron sus actos posteriores a la locura.

Fernando hurgaba en los pechos de ella la frescura de su piel, recorría descendiendo su vientre para encontrar el pan que alimentaría sus ansías, y conoció con sus labios la estructura epitelial de su himen y lo tuvo en su boca para memorizar su forma y textura. Fernando escuchaba una voz de placer como al final de un camino que estremecía cada célula de su organismo para luego estallar en gemidos.

V

Fernando la hacía suya nuevamente, y en su mente rondaba la interrogante que no le dejaba en paz, y lo dijo. Le pregunto cuando estaba sobre su cuerpo excitado, ¿Cómo sucedió todo esto? ¿Cómo terminamos acá?

Ella solo le vio, cerro lo ojos y le dijo suspirando, ‘hazme lo que quieras’.

Cansados de amor, sus cuerpos descansaban y Fernando de manera repentina trajo a su memoria un episodio de Billion una serie de Netflix donde Wendy Rhoades una psicóloga le pregunta a Bobby cuál era su necesidad y este le habló de su incapacidad de llorar, el respondió que no podía, aunque lo intentara, y que solo aquellas escenas de reencuentros entre soldados en Irak o Afganistán regresando de la guerra y reencontrarse por sorpresa con sus hijos, esposa y padres hacían asomar sus lágrimas, eso lo confundía.  Wendy le decía que era porque en su doble y paralela vida los seres necesitan encontrarse y mostrarse tal cual son…Fernando se identificó de principio a fin con esta escena que luego desapareció de su mente mientras ella hurgaba con sus manos endoscópicas entre su escroto para revivir ese animal reposando, que ella urgía despertara para que la llevara a derretir la luna.

V

Fernando quería llorar esa tarde, leyendo las últimas páginas de «La Sombra del Viento» de Carlos Ruiz Safón.

Sentía que finalizando el libro estaría solo, ausente de la compañía que en los últimos meses había sido este, entre su mochila y sus manos.

Se preguntaba por qué esta sensación y comenzó a escarbar en su mente las razones, concluyó entonces que se quedaba sin ese ser de papel en apariencia inerte, pero que se había convertido en una extensión de él. «Los libros son los amigos» pensaba, «te enseñan, te hacen viajar, volar, soñar y no te juzgan».

Sin embargo, ese espacio que iba quedando vacío a medida que se comía las páginas en la lectura, crecía, quería llorar, ese extraño impulso de terminar un libro, pero a la vez no soltarlo de sus manos le invadía en esa tarde de sol.

Presentía su soledad y concluía que no tenía amigos y separarse del libro evidenciaba su necesidad de ellos.

Fernando con tristeza se despedía de su libro, ese que podía tocar, oler, en el cual podía adentrarse, y se decía, «volverá al cementerio de los libros olvidados, pero ahora ella hereda el espíritu de esas páginas donde volveré a navegar».

Sonó un ‘pin’ del teléfono, vio el chat que decía «ya casi llego».

Él se sentía alegre y triste por el amigo del que se despedía y eufórico de volver a tenerla para la complicidad de sus desnudeces.

Ella llegó, Fernando la vio y le preguntó, ¿qué cenamos?, ella con su sonrisa enorme y sus labios de miel, lo miró y le dijo: no quiero cenar…prefiero comer.

Él se acercó, la rodeó con sus brazos largos, su cuerpo rozó sus pechos y sin resistencia se convertirían en esos animales dispuestos a ser presa de sí mismos. Despojándose de sus ropas, dejaron ir con ellas sus esperas ansías para llegar a ese rito de alquimia y convertir pasión en sudor y placer.

Ella lo besó y le miró diciendo… no aguantaba las ganas de estar contigo.

 

Por, Alex Bonilla

 

 

 

Reseña del Autor

 

Alex Bonilla es un aprendiz de escritor, idealista y apasionado por la poesía, amante de la lectura y la trova, viajero itinerante de algún lugar de Centro América…

 

Revisó: Erika Molina Gallego (Editora Narraciones Transeúntes)

 

«Un relato apasionado y excitante, una situación cotidiana llevada a la máxima expresión mediante las letras correctas»

 

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