Ensayo sobre la tristeza

Tristeza

Nota tras nota deja a su corazón sentir lo que la palabra no le basta para identificar, la forma de su tristeza es un arpegio, y el sentimiento se acomoda en cada sonido

Por, Irving Pacheco Gutiérrez

Un hombre triste escucha a Chopin en casa, las notas salen y mortifican su ánimo. Afuera, no muy lejos de allí, alguien se sorprende de oír esta música en un barrio tan común, como si la forma que toma la melancolía cuando el piano vibra no tuviera sentido en ese lugar. Una pareja pasa y observa curiosa al hombre en el sillón, se ha dejado la ventana abierta. Pequeño monstruo, solo, en un sillón, con los ojos cerrados y un libro sobre sus flacos muslos. La habitación es la sala y está a media luz, una botella de vino vacía le rinde tributo a sus pies.

Lo ven pero él no a ellos. Nota tras nota deja a su corazón sentir lo que la palabra no le basta para identificar, la forma de su tristeza es un arpegio, y el sentimiento se acomoda en cada sonido, Nocturne le da un poco de paz, sólo para dejarlo melancólico en cuanto cesa, y se pregunta si algún día acabará todo esto. Si pudiera hablarnos diría él, que el corazón le sangra a un ritmo soportable, justo ahora, como si lo que lo pone en ese estado fuera más fácil de sobrellevar cuando tiene una métrica cadenciosa. Y se pregunta «¿Dónde acaba este puente?». Por su cabeza pasa a cada momento terminar todo aventándose al abismo que corre por ambos lados del camino, pero es demasiado y aleja estos pensamientos fútiles de suicidio mediante la música, como si éste fuera una nota discordante y no hubiese espacio para ella en esta perfecta aunque muy triste sonata que viene siendo su vida.

Ahora escucha a Franz Liszt y la cadencia de su tristeza mejora un poco, al menos ahora, la entiende como un sentimiento sobre llevable, algo que puede llegar a cargar con el tiempo, como el cuerpo que le creció desde hace mucho, como el prejuicio que nunca tuvo y un día se encontró con que lo tenía ya metido en la cabeza. Piensa que esto es así, y sonríe para sus adentros al pensar lo fuerte que se ha vuelto para cargar todo eso y lo fuerte que tendrá que ser para seguir aumentando el peso que añade indiferente su corazón. “El hombre es una bestia que tiene que hacerse, es un camino al superhombre” Así reza el libro que tiene ahora entre sus manos, y él así lo cree, por tanto sabe que todo esto no es más que una de las cosas que tiene que superar para lograr algún día ser.

Pero no ahora, en el hoy esto no lo ocupa, y por lo tanto se levanta de su asiento y cierra de un golpe las cortinas blancas que ha dejado abiertas y por donde los vecinos han mirado curiosos, la ventana recorre sus rieles y silencia un poco el Sueño de amor que tocaba quedamente en este acomodo de canciones. La tristeza ha pasado ya, pero no quiere decir que nunca vaya a volver, probablemente otro amor perdido la traiga en forma de ilusión sólo para luego extrapolarse en lo contrario. Volverá, sí, en la forma de la cara de un gato que querrá y algún día morirá envenenado por un tipo que odia a los gatos, o le faltará valor para mirar a la cara a la chica que le gusta y le verá casarse mientras aprieta los puños contra sus muslos. Volverá, siempre lo hace, al igual que lo hace la felicidad, pero ese es otro apartado, en esta ocasión se permitió sentir la tristeza, por un amor perdido, por una muerte, y por él mismo.

Ha apagado el sonido ya, y en la oscuridad, sueña con abismos.

 

Por, Irving Pacheco Gutiérrez

Alvarado (Veracruz, México)

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.