Lo que el fuego no acabó

Fuego

Llamó a Silvio, el gato criollo que hacía poco más de un año ella le había regalado para su cumpleaños; lo había visto abandonado en la calle y lo recogió, tenía unas cuantas semanas de nacido, era gris, era blanco, era negro.

Por, Andrés Angulo Linares

Prendió fuego a la biblioteca, 236 libros quedaron hechos cenizas. No funcionó.

Se dirigió luego al anaquel donde tenía organizados todos sus discos, con la calma de un psicópata, les roció gasolina y les prendió fuego. Tampoco funcionó.

Desesperado corrió a su habitación, debajo de su cama buscó esa caja de Pandora en la que guardó una a una las cartas que algún día ella le escribió, les dio una última lectura como ritual de despedida, les prendió fuego, las vio consumirse por las llamas. Sonrió, pensó que había logrado su propósito. Qué imbécil, tampoco funcionó.

En su mesa de noche guardaba cientos de fotografías, en ellas reposaban las imágenes de los viajes, de las fiestas, de algunos momentos íntimos; cada una era una puerta hacia una historia vivida con ella: la sonrisa que en el rostro de ambos se dibujó con su primer café, el día que ella bailó para él un rock ‘n roll, la felicidad que sintieron cuando en una noche de lluvia se entregaron al vino en aquella casa. Todas las historias, una a una, pasaron por su mente. Tomó su encendedor y a medida que observaba cada foto, las incendiaba. No funcionó.

Abrió el closet, en él, la camisa que a ella tanto el gustaba verle puesta, recordó con furia aquellos instantes, sintió que odiaba aquella prenda, para él, en ese instante, no era más que un trapo. Sin pensarlo la quemó. Encendió la grabadora, en la bandeja trataba de esconderse el último CD, la banda sonora estaba presta a ser reproducida. Cada canción lo transportaba a un momento específico, cada acorde fue una sonrisa, ahora cada una era una lágrima. Siguió quemando cosas, no había remedio, todo era inútil.

No había más opción, pensó. Llamó a Silvio, el gato criollo que hacía poco más de un año ella le había regalado para su cumpleaños; lo había visto abandonado en la calle y lo recogió, tenía unas cuantas semanas de nacido, era gris, era blanco, era negro. Empezó a llamarlo, no lo encontró, el animal huyó por una ventana cuando la biblioteca empezó a consumirse por las llamas.

― ¡Maldita sea! ¡Gato traidor! ― Gritó.

Pensó que por aquella ventana también había huido, junto con Silvio, su última salida.

La última canción empezó a sonar, la danza estaba próxima a terminar y aún no lo había logrado. Ya no quedaba nada, pero todo recuerdo seguía intacto. Se sentó en la silla de madera, la misma en la que dos semanas atrás había hecho el amor con ella. Suspiró.

Resignado regó el medio galón de gasolina que había comprado en la estación. No se había percatado que llevaba más de dos horas llorando sin parar. La piedra del encendedor rojo rodó y las llamas empezaron a tragárselo lentamente. Se retorció durante cinco o seis minutos. Las llamas consumieron la alfombra, el sofá, las lámparas y todo lo que se encontraba en aquella casa ubicada a las afueras de la ciudad. No funcionó. Mientras su cuerpo ardía y él se descocía de dolor, corrió hacia la puerta y allí se desplomó. No consiguió alejar su recuerdo.

Seis horas más tarde los bomberos se hicieron cargo de la situación, no había caso tampoco, de la vieja casa y de todo lo que en el interior se encontraba, no quedó absolutamente nada, sólo cenizas negras.

En el lugar donde estaba ubicada la puerta, una joven sostenía sobre sus piernas un gato que minutos atrás estaba escarbando las cenizas, de lo poco que quedó, del cuerpo del escritor.

Por, Andrés Angulo Linares

@OlugnaElGato

Reseña del autor

De mí no tengo mucho por decir, sólo que busco desgarrarme con cada experiencia y que en la escritura encuentro paz. Es un ejercicio liberador, definitivamente.

Revisó: Erika Molina Gallego

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