¡No, Zennie, no!

Al elefante pequeño y ligero,

lo montaba un hombre arropado debido a un aire frío.

La luz de luna irradiaba un rojo malsano,

y daba brillo a un millar de diamantes incrustados en la arena,

que era un desierto brillante, hermoso y gélido, por ahora.

Un lugar hermoso para descansar al fin.

 

La luz del cielo encaprichado de estrellas se veía refulgente desde el desierto en el cual caminaba. En la distancia, todo horizonte, visualizaba sólo una fina línea negra, por debajo de miles de brillantes estrellas que permanecían inmóviles en la inmensidad de la noche. Avanzaba despacio, como un condenado, a través del arenoso mar, cada paso acercándolo al destino, decidido hacía mucho tiempo, buscando alcanzarlo, desde el día en que decidió aceptarlo.

Bajó de su bestia, y permitió que las partículas de arena se insertaran en sus botas remendadas con tela vieja, dejando pasar unas cuantas hacia sus dedos, sólo para recordarse que todo aquello era real, y que en ningún momento debía pasar por su cabeza el abandonarlo todo y regresar, porque realmente no había marcha atrás.

En el preludio de este viaje, perdida su casa, perdida su familia, cada paso de su montura lo alejaba de un dolor interno que sin embargo no disminuía, tan fuerte que no cesaba, pero tan necesario que creyó era broma  del amargo causal. De no haber sucedido, nunca habría logrado el viaje, se preguntaba esa noche si no lo habría provocado inconscientemente.

Hacía frío. Dirigió una mirada cargada de arrugas en los ojos al infinito del árido desierto; exhaló una bocanada de aire gélido a través de los labios agrietados y decidió que era mejor acampar por esa noche.

La hermosa bestia que lo acompañaba era una elefanta amaestrada de tres metros de longitud, pálida y cálida a través de la rugosa piel;  merecedora de halagos y exclamaciones de asombro donde pasara. A veces uno tiene suerte de encontrarse en el lugar apropiado en el momento apropiado­, pensaba el viajero.  Había ganado el elefante en una apuesta a un mercader borracho, le había entregado al animal  la noche antes de tomar la decisión prácticamente contraída de empezar a vagar hacia el norte.

Desmontó los fardos que cargaban una rudimentaria casa de campaña, y sistemáticamente en una hora había hecho ya una fogata. Clavó una estaca un poco lejos de la tienda para Zennie, como le llamaba a su montura, la cual al poco tiempo comía ananás y permanecía quieta observando a su nuevo dueño, quién partía trozos de carne seca conservados en sal.

La luna había sido hermosa antes de su destrucción, pero ahora, eran cientos de pedazos lunares alrededor de dos tercios de lo que había sido alguna vez, muchos siglos atrás. La belleza y la paz siempre suceden a la destrucción, pues cada uno de esos fragmentos iluminaba  el mundo con vida propia.

Faltaba poco para que el sol avasallante convirtiera la reluciente manta de arena en una superficie caliente y mortal, así que examinó el horizonte y puso un par de piedras en las que se guiaría para continuar  su viaje, demasiado pronto para su gusto.

****

El agua se terminó al quinto día, estaba en el límite de resistencia, cuando divisó un oasis, le tomó poco tiempo llegar y salvarse, casi el mismo que hubiese necesitado para morir, así que no fue hasta después de largo rato de recuperación que se decidió a llenar las garrafas vacías que colgaban de los flancos de la elefanta echada a la sombra de una palmera. Estaba flaca, pero era parte del viaje, síntomas de desnutrición no afloraban, así que supuso, aguantaría un poco más que él si se daba el caso de morir en medio del desierto.

Si calculaba bien, Orión estaba situado en el cénit estelar,  a la izquierda de los fragmentos de Luna y esa dirección era la que estaba llevando cuando se encontró de frente con el oasis de salvación en el que estaba. Necesitaba llegar a un transmisor que se encontraba a varios kilómetros de distancia, existían caminos directos y rápidos, medios veloces, pero era necesario no ser detectado ni visto por nadie,  además de pagar una especie de penitencia.  Le faltaba poco para llegar su destino, pues el tiempo de viaje era cuatro días, así que calculaba, estaba cerca de un rio subterráneo, y eso, en ese planeta significaba estar cerca de un pueblo.

Temeroso de terminar su camino, acampó al refugio de la vegetación dos días, agotó las provisiones, bañó a Zennie y se lavó a sí mismo un poco antes de partir, las ropas de frío habían sido desechadas y una especie de dothi ceremonial cubría al viajero, mientras que al elefante una especie de tela de seda con borlas le venía resbalando de la frente…

… Al llegar al pueblo una docena de niños de grandes ojos miraban asombrados al hombre que llegaba bajando de la colina, arrojó un par de monedas como al parecer era la costumbre en este lugar, recorrió las míseras calles hasta lograr entrar a un patio en el que dominaba una casa de techos bajos y  rica en detalles como ninguna de las casas adyacentes, que nada de diferencia tenían a chozas…

… Al bajarse de la montura, la elefanta se desplomó.

Su final era más visible ahora, en el momento en que Zennie cayó muerta, todo a su alrededor  se derrumbó, en ese momento comprendió todo su valor, era lo único que le quedaba y ahora yacía inmóvil ante él. Ya no importaba la gran casa que se erguía a su lado, ni las personas que lo miraban curiosamente. Con las fuerzas que le quedaban y la ayuda de unos cuantos locales trasladó a Zennie hasta una solitaria zona, cavó una especie de tumba para ella, paleando sin cesar, hasta dejarla cubierta por un montículo de tierra revuelta y la dejó partir envuelta en su tela de seda.

Pasó más de dos horas sentado a su lado, contemplando los trozos de luna que lo acompañaban y preparándose para lo que le esperaba, para lo que había venido, al fin tendría que hacerle frente a su destino.

 

Por, Irving Pacheco Gutiérrez

Alvarado (Veracruz, México)

 

Reseña del Autor

Irving Pacheco Gutiérrez, Nace en Alvarado, estado de Veracruz y vive en Lerdo de Tejada Veracruz, estudia gastronomia dos años sin llegar a concluir su carrera, posteriormente decidiéndose como auxiliar contable. De gusto por la lectura desde pequeño, con autores como Kenneth Graham, Anne Rice, Khon Katzenbach, Thommas Man y Victor Hugo llenando el espacio de sus ideas. Escritor de ocasión. 

 

¡Anímate a participar de nuestra Convocatoria Narraciones Transeúntes!

 
Revisó: Erika Molina Gallego ( Editora Narraciones Transeúntes)
“Transmite emociones profundas con palabras sencillas, sentimientos que se desprenden de situaciones comunes y que despiertan en el lector entusiasmo y fascinación”

Puede interesarte también: Moira

 

 
Imagen tomada de Internet: smithsonianmag.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*