El día de la victoria

Victoria

Si en las universidades acostumbraran a condecorar con banderitas ridículas a los estudiantes sobresalientes, no había duda, la medalla de esa clase hubiese sido para él.

Por, Andrés Angulo Linares

El viernes 2 de agosto inició diferente a los 211 días anteriores. Esa mañana Daniel  se despertó con una sonrisa tan brillante, que sintió que la habitación se iluminó, se levantó al primer intento, no perdió tiempo, en dos minutos ya estaba bajo la ducha. Sintió el agua fría que rodó por su cuerpo como un manantial que lo refrescó.

― ¡Hijueputa!― gritó eufórico. «Hace años no me bañaba con agua fría» pensó.

En verdad era una mañana diferente. Había tomado una decisión, ese día la victoria sería para él. Desayunó y se despidió de su mamá con una sonrisa.

―Amén― Respondió a la bendición que ella le dio sobre la frente.

Tomó el mismo bus, el SE10, que lo habría de llevar a la universidad en una hora. El conductor de nombre Belisario, un viejo gordo de cara gris, parecía contagiado por la alegría de Daniel, lo llevó a la universidad en sólo 40 minutos.

―Necesito hablar contigo, Sara. Sólo dos minutos ― Le dijo a su compañera, que como él, había llegado mucho antes de que comenzara la primera clase.

―Veci, deme un tinto grande, por favor ―Le pidió Daniel a doña Jhaneth, la señora cuarentona de la cafetería. ― ¿Qué quieres, Sara? ―. Ella pidió un capuchino.

Hablaron unos cuantos minutos. Rieron, parecían felices. Esa mañana la mesa número 15 se llenó de esa magia, sólo posible de hallar, en dos almas enamoradas.

― ¡Puta madre! Marica, mire a Daniel. Güevón, la besó ― dijo con sorpresa John Jairo, el mejor amigo de Daniel, a Hernán y a Gustavo, cuando entraron a la cafetería  y se toparon con la escena.

Daniel salía de una larga depresión, fruto de varios sucesos que habían ocurrido en su vida en los últimos meses. Era el amargado de la clase, a las constantes bromas de sus compañeros y de algunos profesores, había respondido, la mayoría de las veces, de forma agresiva.

No salía de juerga con sus compañeros de clase, reía muy poco y en las pocas ocasiones que había intentado ser gracioso, sus chistes no provocaban risa alguna y sus intentos fallidos por ser comediante, daban lugar a crueles bromas, ahí sí, bastante buenas, por parte de sus compañeros.

―Es un idiota— Decían en más de una ocasión las chicas de la clase, de ahí la sorpresa de sus compañeros cuando lo vieron besando a Sara, de 23 años y un rostro hermoso.

― ¡Jueputa! Yo juraba que era gay― dijo John Jairo. ―Hasta tenía las palabras listas para cuando me contara que había salido del closet. Y miren al muy cabrón, besándose con Sara, mi Sara. Y en mi cara. ¡Hijueputa! ― finalizó.

El discurso, en un principio jocoso, había terminado en enojo para John Jairo. No había duda, Daniel se comportaba como un campeón. Las clases transcurrieron sin afán. Entre largas cátedras de los profesores, las horas del día se esfumaron sin mayor bulla. Sólo quedaba la clase de Movimientos Sociales en  Latinoamérica, ese viernes habría entrega de ensayos y su respectiva sustentación. Daniel cerraba la tanda de expositores de la jornada.

Definitivamente no era él, entregó el ensayo, 5 hojas maravillosamente escritas. El mediocre, como se lo recordaban constantemente sus profesores, se había quedado en casa. Durante las exposiciones de sus compañeros, preguntó, cuestionó y ganó los debates. Si en las universidades acostumbraran a condecorar con banderitas ridículas a los estudiantes sobresalientes, no había duda, la medalla de esa clase hubiese sido para él.

Llegó su turno, se levantó en frente de la clase, saludó y presentó su tema con tono fuerte, seguro de sí mismo, sonriente. Su rostro estaba iluminado, la mirada triste, que era una de sus señas particulares, había sido reemplazada por una mucha más relajada. Era encantador su discurso. Hizo bromas llenas de sarcasmo que sacaron risas a todos. Finalizando su presentación, empezó a esculcarse, buscaba en sus bolsillos una y otra vez.

― ¡Ahí está pintado! ―Gritó Jhon Jairo. Hubo risas.

― ¡Ah! ¡En mi chaqueta! ―Exclamó Daniel. ―Sara, me la alcanzas por fa―.

Una vez se la entregó, Daniel sacó de un bolsillo interior una pistola automática de 15 tiros. El primer disparo lo recibió Sara en el pecho, el segundo fue para el profe William. Cayeron en su orden y en cuestión de segundos: Jhon Jario, Mónica, ‘Toño’, Gustavo, Rubén, Catalina, Juan, Mario, Sergio, Hernán, Mateo y Pablo. Antes de su último disparo me dijo:

―Tienes que escribir sobre este día—

Sonó el último disparo y cayó Daniel con un hoyo en la sien. Los celadores llegaron demasiado tarde.

Por, Andrés Angulo Linares

Bogotá (Colombia)

 

 

Reseña del Autor

 

De mí no tengo mucho por decir, sólo que busco desgarrarme con cada experiencia y que en la escritura encuentro paz. Es un ejercicio liberador, definitivamente.

 

Revisó: Erika Molina Gallego (Editora Narraciones Transeúntes)

 

 

Imagen tomada de Internet: Pearl Jam – Jeremy (Official Video) https://www.youtube.com/watch?v=MS91knuzoOA

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