«El ritual prohibido perduró y toda vida destruyó. Caos astral, hundida en tormentos, el fin ya llegó»
‘Segundo acto’ (Sueños de un Tulpa)
Por: Olugna
Su tiempo se agotó. La luz de la lámpara golpea su rostro mientras permanece tendida en la cama hospitalaria de una habitación deteriorada, un lugar detestable que no mereció. En la mesa de noche, un oso de felpa, algunos documentos apilados, un vaso de agua y una fotografía donde es abrazada por su mamá en un café. Se ven felices. El cierre —al parecer, el único posible— de un acto que pone fin a una historia que no escribió, pero que le tocó vivir y no podrá contar.

La muerte también le arrebató la vida a su mamá. Más mezquina, más infame, la dejó quedarse únicamente para enfrentar la impotencia de saber que fue incapaz de ganarle a la sentencia final, aun cuando lo entregó todo para salvar a su hija. Esa fotografía será el recordatorio de cuánto la amó, el acceso a ese instante cuando aún podían sonreírle a la vida.
La fría escena cierra el video de ‘Segundo Acto’: una postal gris con la que Sueños de un Tulpa reafirma una verdad incómoda: somos el sacrificio de un ritual que comenzó en el útero y se sellará cuando la vida —o lo que así llamemos— expire.

El dramatismo, en ‘Segundo Acto’, es la respuesta a la crueldad a la que estamos expuestos desde que nacemos. Es también el lenguaje con el que el arte —en todas sus formas— nos ha recordado que la vida no es un relato amigable. Creer lo contrario es permanecer atrapados en una utopía donde somos presos de una ambición, quizá bienintencionada, en la que anhelamos más de lo que podemos —o merecemos— tener.
Hastur, la entidad amorfa e inexplicable que atraviesa los universos literarios del terror desde Robert W. Chambers hasta H.P. Lovecraft y August Derleth, es invocado por Sueños de un Tulpa como eje de la historia. Lo hace para mostrarnos que el horror también puede narrarse desde la calma y la sobriedad, aquí ofrecidas por sintetizadores, atmósferas góticas y una voz delicada que acentúa el ritual prohibido que evoca la canción.
La canción es la continuación de una obra cuyo primer acto no necesita ser mostrado, porque carece de la fibra que sacude las emociones, que moviliza el espíritu.
«El primer acto representa la normalidad, la inocencia y el aburrimiento de la vida cotidiana que todos viven antes de conocer la verdad», explica el equipo de prensa de Sueños de un Tulpa.
La pieza audiovisual es un thriller que muestra la travesía de una mujer desesperada. Aún no sabemos su motivación, pero suponemos que algo más fuerte que ella la rebasa. Lo simbólico, lo metafórico y lo onírico nos enfrentarán a sus diferentes estados emocionales. ‘Segundo Acto’, en su narrativa audiovisual, combina elementos del séptimo arte con la teatralidad, la angustia con la tragedia, la desesperación con el suspenso, para revelarnos, hacia el final, que su lucha era un intento por cambiar lo inevitable y que el ritual que aceptó como pacto claudicó ante la fuerza implacable de la expresión más precisa e inapelable de la vida: la muerte.

—Visualmente, jugamos con el engaño: al principio parece que ella logra contener la gnosis, pero pronto la ‘cruda realidad’ se impone y la entidad la consume de forma horrorosa—, explica Jhon González, director de Sueños de Tulpa.
La letra nos expone a la angustia interior de la mujer desde otras miradas. El tedio no se ha ido, pero nos es mostrado desde la terquedad, desde la negación. El delirio, es obvio, consumió a la mujer; la deformación de la realidad le hizo pensar que su sacrificio sería suficiente. La conexión de ‘Segundo Acto’ con Hastur es directa e insistente en sus estrofas.
«(Devorador) fui tu heraldo, digno ser tu recipiente. (Soy sacrificio). Traidor ente, ruego porque que no expandas tu maldad. (Iä! Hastur!)».
‘Segundo Acto’
La angustia se extiende por seis minutos, hasta revelarnos la razón de su delirio: su hija, la niña que sonríe en la foto y que ahora está tendida sobre una gélida cama hospitalaria.
—Al horror cósmico no le importan las buenas intenciones humanas —finaliza—. El resultado sigue siendo el exterminio.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador, a la segunda –con un talento negado para ejecutarla– como espectador

