Mientras el mundo se desmoronaba y Colombia ardía, la cotidianidad empezó a coexistir con el ruido
Por: Joel Cruz
Sur de Bogotá: horas de la tarde de febrero en el 2026. La reflexión es inevitable: el metal ha sido por más de 40 años un lenguaje alterno en un entorno tan hostil como el de Colombia. Pero la intención de esto no es contar una y otra vez lo que las biografías de la música extrema se han dedicado a repetir como una insulsa carreta de contextos genéricos. Porque lo local e inmediato, así se resuma con lo urbano y lo nacional, tiene sus propias minucias. Como debe ser.
La música extrema llegó al país con la cabeza agachada, y su caminar clandestino por las calles de la ciudad se fue colando como pudo, alimentado por ese deporte nacional que frecuentemente ha superado al tejo: «estar en la inmunda» frente complejidades de un panorama global en colapso y que en la era naciente del sicariato y los carrobombas, difícilmente se entendía desde los noticieros, la radio y la prensa escrita.

Durante los días de Don Chinche, el mundo se iba a volcar a un vacío nuclear; en Etiopía la inanición era ley, el desastre de Chernóbil contaminaba todo lo que tocaba. En México se sacudían los cimientos de la Tierra; El Salvador no era un paraíso, el SIDA parecía cumplir las apocalípticas profecías de los fanáticos religiosos y el muro de Berlín se destacaba por su «franja de la muerte» de hormigón de 3,6 metros de altura y 155 km de longitud. Enterarse de estas novedades era desolador, pero no había tiempo para empatizar con ellas. Cada país del globo terráqueo era un presidiario encerrado en una cárcel de máxima seguridad. Colombia, dentro el grupo, tenía su expediente de manos ensangrentadas y sí que era un recluso VIP tras dichas rejas imaginarias.
Armero, el Palacio de Justicia y los carteles del narcotráfico convirtieron nuestras preocupaciones en tonos mucho más vecinos. El caos del DAS, los magnicidios y la sed patológica por volear puñal con una camiseta de fútbol nos hacía una nación non grata para los demás. Era el yugo, era lo que había. Gran parte de nosotros nacimos con esa deuda histórica anclada al cuello sin tener la culpa, pero con el saldo en rojo, un reporte de Datacrédito con tufo a azufre y bendición de Cioran.
Para colmo de males y al igual que con el mundo, tampoco había tiempo para «rasgarse las vestiduras» nacionales. Carente de patrimonio económico, herencia o linaje; falto de aliados poderosos o influyentes, en un callejón sin salida y sin lograr protegerse la cabeza de los aguaceros torrenciales, la crisis de nuestros barrios era una vista microscópica de nuestro Pandemónium de Pater Noster. La misantropía entonces, a pesar de disfrutar un origen etimológico ignorado por el ciudadano de a pie, y la extraña belleza de su mención se limitara a libros de filosofía en las bibliotecas, era realidad pura en los sectores de Bogotá, como su localidad 19.
Ciudad Bolívar: entre carencias y rebeldía, el metal pasó de ser marginal a convertirse en ritual de barrio
Ciudad Bolívar ha sido durante los últimos cuarenta años una batahola de contrastes duros. Desde los años en que las botas Grulla de cuero vulcanizado eran famosas entre las «patas más bravas», la localidad creció a un ritmo poblacional acelerado, como un sucio thrash muchas veces desordenado, como un demo de cinta casera y de cero presupuesto.
Durante la evolución de la localidad, familias enteras llegaron huyendo de la violencia rural (la amenaza con fusil es una, no importa de qué lado sea) o buscando oportunidades de progreso, ocupando terrenos sin jerarquía, dios, ley, ni servicios básicos. La informalidad, como era de esperarse, llegó de inmediato, entre calles polvorientas y terrenos donde el acceso a agua potable, electricidad y saneamiento era un lujo inalcanzable. Al lado de esta realidad, Silent Hill parecía un centro vacacional, mejor dicho.
Desde su génesis, la pobreza ha sido una constante histórica, y esto no es una expresión lastimera de periodismo sensacionalista. Ojalá fuera aditamento de una anécdota. Es algo que siempre se ha vivido; pero no con variaciones del qué, sino del cómo. Vendedores ambulantes, recicladores, artesanos de oficios manuales, sin estabilidad ni garantías laborales, han hecho por décadas la lucha contra las deficiencias en educación, salud y transporte en un ciclo difícil de romper. Sin vacilar, un entorno que supera las ficciones del metal y de cualquier potencia nórdica que se ufane de ser satánicamente malvada.

Con el pasar de tantos años turbulentos, Ciudad Bolívarganó triste notoriedad por la violencia, un fenómeno tan rutinario como el bus del SITP que pasa lleno hasta el tope cuando vamos hacia el turno de trabajo a las 8 a.m., al otro extremo del universo. Pandillas, grupos armados ilegales y actos de «limpieza social» fueron y siguen siendo una llaga sin cicatrizar en la memoria de sus habitantes. Eventos dignos para un álbum de grindcore. Al mismo tiempo, el reclutamiento forzado y la delincuencia, como riesgo permanente, prevalecen en este abanico de infortunios, donde el metal ha pateado y golpeado con puños y codos para retratar fielmente esta realidad, mientras ha luchado tanto por hacerse un lugar decente entre las ínfulas de dogmas seudomorales, prejuicios religiosos y el rechazo de una población que le ha costado trabajo, tanto entenderlo como hacerlo parte de su diario vivir. Porque no ser parte del problema implica a veces pensar distinto y hacerle quite al conformismo desde una mirada externa.
Lo único que a algunos les quedó en la localidad, en medio de la escasez y mientras trataban de sacar adelante colegio y empleo, fue obedecer dos mandatos: uno, amar al metal sobre todas las cosas y dos, honrarlo casi al nivel de padre y madre. Veinte años después de su inicio, el Festival Metal de las Montañas celebró su comunión con la música extrema del sur occidente bogotano; aquella que no está destinada a sonar en los reels de TikTok junto al «perreo de moda», pero sí en las mentes de quienes afrontan la vida desde problemáticas que a veces parecen empeorar indefinidamente.

En sus dos décadas, el público sigue viviendo el festival al calor de un cartel de bandas que sintieron suyo, en una experiencia de barrio que incluso captó la atención y difusión del Sistema de Medios Públicos, generalmente ajeno a este tipo de celebraciones, al igual que otros espacios periodísticos reconocidos. Destacando con letra mayúscula y negrita, que la divulgación independiente y especializada es la mayormente responsable de que la información de Metal de las Montañas y otros procesos similares, llegue a su público de interés.
Vivir los toques sin la certeza de un mañana, saborear cada segundo de su esencia
12:30 meridiano: Ciudad Bolívar combinaba la camiseta negra de rigor y la expectativa de una jornada larga. El aire frío de Arborizadora Baja acompañaba la caminata hacia el festival, donde desde temprano ya se veían grupos de fans, con o sin hijos pequeños, fotógrafos de medios de comunicación alternativos y comerciantes organizando sus puestos. Antes de que arrancaran los primeros acordes, tocó el ritual básico: algo de comida callejera e hidratación para arrancar el día. La conversación giraba en torno a las bandas que vendrían más tarde. La expectativa de descubrir lo que no se ha visto o escuchado antes. La sensación de conectarse a la música sin una playlist.

Una hora después, la tarima comenzó a rugir con Stomp Roller. Poco a poco el público se acercó al frente mientras los lentes registraban lo que surgía de las cabinas sonoras y los artistas en acción. La infraestructura del escenario emanaba potencia y una tarima que hacía justicia al esfuerzo de darle una cara imponente a la experiencia.
Tres de la tarde: entre banda y banda, el escape a recorrer las zonas de emprendimiento fue necesario, tentador. Puestos como Aguja de Hierro y Munderground estaban llenos de camisetas, parches y accesorios. Cerca de allí también llamaban la atención las ventas de los vinilos y los discos compactos. Lo digital hoy está en el ADN colectivo, pero en la inquietud del rockero rebelde la experiencia del formato físico es un discurso que aviva sus llamas cuando se adquiere un nuevo CD o tape. Un susto pequeño y momentáneo para el bolsillo, pero un placer para los sentidos que las modas pasajeras siempre estarán lejos de entender.

Round Up Ultra y Ashes of Goth le dieron versatilidad a la Casa de la Cultura: el primero por su pesadez y el segundo, por su pasaje siniestro de oscuras melodías. Así eran normalmente las tarimas fuertes de la capital antes de tanta vanidad en internet: se podía navegar entre puntos distantes sin perder autenticidad ante los amigos del bar.
Con el thrash de Maniac el asunto fue peculiar: un performance minutos antes de su toque le dio mayor sensibilidad artística. Metal de las Montañas es un espacio familiar y siempre es necesario velar por el contenido que los menores de edad se encuentren en escena, por lo que, si bien esta muestra estética tuvo una intención apasionada, creo que tuvo una buena recepción general. ¡Bravo!

Entre la tarde y noche de aquel sábado 21 de febrero, el groove de Addicted To Chaos tiñó el cielo de gris a negro. Con una ausencia forzada, es importante felicitar a quienes apreciaron el cierre de Brinicle: una cátedra de técnica totalmente empeñada en amar la música sobre todas las cosas, como el primer mandamiento de este intento de crónica. No puedo decir si es libre de gluten o no, pero si hecha a sangre, fuego y perseverancia. Su álbum ‘Perceptions Of Reality’ es una resurrección sin testimonios sentimentales de Facebook. Technical death con devoción, espíritu.
Entre riffs, motocicletas y vehículos clásicos, la segunda jornada del festival consolidó su carácter cultural
Casi 2 p.m. del domingo: El domingo comenzó con un ambiente más pausado que el día anterior, con una audiencia casi perezosa. Durante la tarde, muchos amigos permanecían conversando en los alrededores mientras observaban la muestra de vehículos clásicos y motocicletasinstalada cerca al escenario; no faltaron las buenas selfies. Un pequeño club de máquinas Cafe Racer llegó en grupo, convirtiendo ese espacio en un punto de encuentro para curiosos y fanáticos de los motores, mientras la presentación de SteelRatt callaba con voz aguda la pregunta sobre dónde estaba el heavy/speed metal.

Ante la indecisión de parte del público para entrar inmediatamente a la zona principal (¿«afueriar» afuera?), la organización habilitó un espacio alterno de circulación y ocio, donde la gente podía permanecer mientras decidía ingresar al concierto, tomar cerveza y comer. El exótico sonido de Cuartoscuro de fondo motivó a apreciarlos, pero también el hambre reclamaba por sus derechos. Así que el pollo a la broaster hizo su llamado y la respuesta no se hizo esperar.
Con el paso de las horas y los minutos que conducían a una segunda noche, los asistentes fueron ocupando la zona frente a la tarima, entre un aire más mecánico, denso, distópico y ¿cómo no? Industrial: Machina Dei se tomó su acto como un código binario parteaguas de un género que sigue apostándole a la persistencia en Colombia. El espejo del ser humano en su versión corrupta y cyber punk, para luego darle campo al cierre de Ethereal Chaos.
Cuando las guitarras callan, queda un mapa invisible: la huella en la niebla de la Localidad 19
Domingo, siete de la noche: las luces comienzan a apagarse lentamente en las laderas de Ciudad Bolívar, mientras el murmullo del público que se retira se mezcla con el último eco de las guitarras. El Festival Metal de las Montañas se disuelve como una marea negra que regresa a la ciudad y se mezcla con los buses y camiones de tráfico pesado vecinos.

A lo largo de sus décadas, este festival ha demostrado que el metal también puede ser una forma de mirar la existencia, por apartada que esta se halle de todo lo demás. Es sin duda, una plataforma para pensar y cuestionar, para preguntarse —una y otra vez— qué significa realmente ser parte de un movimiento independiente; para quiénes se es seguidor abnegado de una causa y para quiénes un adversario. Aceptar el desafío de no ser instrumento pasivo de otros y buscar el pensamiento crítico como un verbo latente.
El festival parece dibujar un mapa invisible. Cada edición construye una especie de geografía urbana de lobogotano, una cartografía que nace en sus montañas y se extiende hacia la ciudad y el país. En ese mapa, Ciudad Bolívar es un punto de origen, una coordenada cultural donde el metal adquiere acento propio y es epicentro, no periferia.
Sobre Joel Cruz
Su relación con el rock y la prensa independiente le ha permitido mirar la vida desde una atmósfera poética. Gracias a ella, los azares de la noche, el ladrido de un perro callejero, una copa de vino tinto y hasta un paquete de papas fritas tienen un lado B más interesante. Ha colaborado con sus reseñas y opiniones para medios alternativos de alta importancia en Colombia.

