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Max Cavalera: Rituales, sangre y profecías de Belo Horizonte a Babilonia

Parte II

Por: Sebastián González Z.




En 1985, Sepultura consiguió su primera gran oportunidad: grabar un EP para el catálogo de Cogumelo Records. ‘Brutal Devastation’ nació en apenas dos días, en un estudio improvisado que parecía más un garaje que una sala de grabación. La saturación brutal de los amplificadores destrozó la calidad del sonido, pero esa misma suciedad le dio carácter y sirvió como carta de presentación en la escena brasileña. Lanzado en diciembre, el EP abrió la puerta para su primer larga duración, ‘Morbid Visions’ (agosto de 1986), un ataque de thrash/black metal primitivo y blasfemo que ya dejaba claro que la agrupación había venido a aplastar.


La banda había dejado en claro que crecía a fuerza de pura ambición y una determinación implacable, sin los lujos de una gran discográfica o la fama que hoy los define. Después del crudo y visceral ‘Morbid Visions’, Sepultura seguía siendo un secreto a voces en Brasil. Sus primeros trabajos, por la falta de distribución, se quedaron atrapados en la escena local, pero eso no mermó su ímpetu.

La oportunidad de abrir para Venom en Belo Horizonte fue un punto de inflexión. Fue una noche que cambió todo, exponiéndola a un público mucho más amplio y demostrando el poder de temas como ‘Troops of Doom’. Con la popularidad en aumento, tomó una decisión audaz: mudarse a São Paulo. Este salto declaraba sus intenciones; una misiva con la que esperaba conquistar la escena más grande del país.


En ese tiempo, Sepultura no estaba solo en la vanguardia del metal brasileño. Era pionera, junto a Sarcófago, fusionando death y black metal en un sonido crudo y sin concesiones. Ambas bandas, lideradas por viejos amigos, se enfrascaron en una rivalidad legendaria, una confrontación que se desató tras la salida de Wagner Lamounier de Sepultura. La tensión escaló a la violencia, con el baterista D.D. Crazy rompiendo una botella en la cabeza de Andreas Kisser. La herida de esa traición nunca sanó, y años después, Cavalera lo dejó claro al calificar a Lamounier de un imbécil, una muestra de que el odio de esos años seguía tan vivo como su música.


En 1987, la salida de Jairo Guedz abrió la puerta para que Andreas Kisser tomara el mando como guitarrista líder de Sepultura. No llegaba a ciegas: ya había sido el roadie y guitar tech de Max Cavalera, conocía cada engranaje de la máquina y estaba listo para encenderla. Con él, la banda dio un salto brutal en sonido y calidad, pariendo ‘Schizophrenia’, el disco que empezó a romper todos los techos. De tocar ante 2.000 personas —una cifra récord para ellos— pasó a enviar más de 10.000 copias del álbum a Estados Unidos, donde algunas emisoras comenzaron a propagar el ruido de Belo Horizonte. El eco llegó hasta Max, que en 1988 tomó una decisión a quemarropa: volar a Estados Unidos para estrechar manos con productores y sellos. El golpe más certero vino de Monte Conner, director artístico de Roadrunner Records, quien le ofreció un contrato a largo plazo y una distribución internacional de ‘Schizophrenia’, todo sin haber visto tocar en vivo a la agrupación.


La firma del acuerdo puso el disco en las manos de Norteamérica y Europa, donde fue recibido con elogios, pero no todo fue miel. Max lo recuerda con la mandíbula apretada: «Al principio hubo problemas. Nos llamaban ‘The Jungle Boys’, como si viniéramos de una aldea perdida. Les repetimos que Brasil tenía rascacielos, que no éramos atrasados. Incluso a alguien de Roadrunner se le ocurrió la gran idea de una camiseta que dijera Welcome to the Jungle. Nos hervía la sangre. Esa era una canción de Guns N’ Roses, y detestábamos lo que representaban bandas así. Pero, en general, el sello nos respaldó a muerte». Fue el inicio de una alianza que llevaría a Sepultura a pisar escenarios que antes parecían un espejismo.


En 1989, Max Cavalera no tenía a Scott Burns en el radar. Su primera opción era Jeff Waters, de Annihilator, pero el canadiense se negó a viajar a lo que llamaba un país del tercer mundo. Fue entonces cuando alguien sugirió a un joven productor prácticamente desconocido: Scott Burns. Sin saberlo, ese cambio forzado sería una bendición. En nueve noches, entre tarifas baratas y un estudio de mala muerte en Río de Janeiro, Burns y Sepultura forjaron ‘Beneath the Remains’ a base de sudor y crudeza. El idioma no fue una barrera: un intérprete bastó para traducir las órdenes, mientras la música hablaba con violencia pura. El disco vendió 600.000 copias y encendió la mecha de su primera gira mundial.

El 31 de octubre de 1989, Sepultura pisó por primera vez un escenario estadounidense, abriendo para King Diamond en el Ritz de Nueva York. En 1990, la banda se mudó a Phoenix, Arizona, bajo la gestión de Gloria Bujnowski, y culminó la gira en enero de 1991 frente a más de 100.000 almas en el Rock in Rio. Roadrunner había confiado a ciegas, y Max había descubierto, casi por accidente, al productor que se convertiría en el arquitecto sonoro más importante del death metal en los noventa.

Gloria

Fue en Nueva York, una noche de tantas en gira, donde Sepultura abrió para Sacred Reich y King Diamond, cuando el destino le jugó su carta más inesperada a Max Cavalera. En medio del set, su guitarra se averió y, sin pensarlo, se lanzó al público con el micrófono en la mano, cantando desde la marea de cuerpos. Entre la multitud que lo vio romper las reglas estaba Gloria Bujnowski, mánager de Sacred Reich. Lejos de escandalizarse, quedó fascinada.


Después del concierto, se acercó con una propuesta tan arriesgada como seductora: manejaría a Sepultura por un año sin cobrar un centavo, solo para demostrar de lo que era capaz. Max aceptó, sin imaginar que ese acuerdo sellaría más que un pacto profesional. Lo que empezó como una jugada estratégica pronto se transformó en un vínculo personal profundo. Gloria —firme, astuta y dispuesta a empujar la banda más allá de cualquier frontera— se convirtió en un pilar en la vida del músico, no solo guiando su carrera, sino influyendo en cada giro importante que tomaría de allí en adelante.

La montaña rusa de los noventa

Los 90 no fueron simplemente una buena época de Max Cavalera. Fueron una campaña militar donde cada álbum era una ofensiva más grande, más arriesgada y más personal. ‘Arise’ (1991) fue su primer misil intercontinental: rápido, devastador, un thrash metálico que no solo mostraba a Sepultura como una máquina de precisión, sino a Max como un compositor obsesionado con transformar la furia en estructura.

Canciones como ‘Arise’ y ‘Dead Embryonic Cells’ destilaban velocidad y violencia lírica, mientras ‘Desperate Cry’ y ‘Under Siege (Regnum Irae)’ mostraban que Max podía meter melodía y atmósfera sin perder brutalidad. Aquí, su presencia era total: riffs de ametralladora, letras apocalípticas y esa voz cavernosa que se convirtió en el sello de guerra de Sepultura.


‘Chaos A.D.’ (1993) fue una patada en la puerta del metal. Max no solo tocó y cantó: redefinió la dirección de la banda. ‘Refuse/Resist’ era un manifiesto callejero, ‘Territory’ se convirtió en un himno antiimperialista, y ‘Kaiowas’, instrumental y grabada al aire libre, mostraba que Cavalera no temía romper con el molde. Aquí dejó claro que además de ejecutar riffs, tejía un discurso político y social con el filo de una navaja. Su mano estaba en cada groove, en cada cambio de compás, en cada decisión de hacer que Sepultura dejara de correr como una banda de thrash más y empezara a caminar como un gigante del metal alternativo.

Mientras tanto, como si no bastara, Max sacó su lado más corrosivo con Nailbomb. ‘Point Blank’ (1994) fue una descarga de odio industrial, electrónica distorsionada y guitarras herrumbrosas. Allí Max no buscó musicalidad ni aprobación: buscó incomodar. ‘Wasting Away’, ‘Cockroaches’ o ‘Guerrillas’ eran insultos sonoros, puños cerrados contra todo.

El directo ‘Proud to Commit Commercial Suicide’ (1995) selló la idea: Nailbomb no era un proyecto, era un sabotaje en vivo. Max lo usó como válvula de escape para un veneno que ni siquiera cabía en Sepultura.


Y entonces llegó ‘Roots’ (1996), la obra que lo llevó al Olimpo y, al mismo tiempo, lo empujó al precipicio. Desde ‘Roots Bloody Roots’, con su groove demoledor, hasta la inmersión tribal de ‘Itsári’, Max estaba en todas partes: en la idea de grabar con los Xavantes, en la inclusión de percusión indígena, en los riffs gordos que marcaron el nu metal antes de que se convirtiera en moda. ‘Attitude’ fue un grito personal, ‘Ratamahatta’ una celebración de lo propio frente al colonialismo cultural.


Colaboró con Carlinhos Brown, Mike Patton, Jonathan Davis, DJ Lethal… porque Max entendía que el metal podía absorber cualquier cultura y escupirla más peligrosa. ‘Roots’ fue su carta de poder, pero también el campo de batalla donde empezó la guerra interna: disputas de ego, heridas familiares y la tragedia de Dana Wells, que lo dejó con un dolor que ni las giras, ni el éxito, ni la música podían tapar.


El adiós de Max Cavalera a Sepultura fue una detonación. La traición final no se gestó en un estudio, sino en el corazón de su familia, donde sus compañeros decidieron degollar su conexión más personal: despedir a su esposa y mánager, Gloria. La escena fue dantesca. En el Brixton Academy, tras el último show, no hubo conversaciones, no hubo cierre; solo un portazo que resonó como una lápida. Max no se arrodilló. Dejó que la casa se quemara, que el pasado se hiciera ceniza para poder construir su futuro lejos de quienes lo apuñalaron.

Continuará…


Sebastián González Zuluaga es un cuyabro de pura cepa, rockero de corazón y futbolero de pasión. Estudiante de último semestre de derecho en la UGCA de Armenia y director de Tendencia Rocker, combina su amor por la música con una visión crítica del mundo. Siempre entre el ruido de las guitarras y el debate, busca dejar su huella en la cultura y el derecho.

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