A manera de postre

«La obviedad no es más que una trampa para mentes perezosas»

Por, Carlos Arturo García Bonilla

Creí que había sido claro. Le dije a mis estudiantes que la actividad final del periodo sería la presentación de un póster en inglés. No me parecía muy complicado el asunto y pensé que sería divertido e interesante el proceso de elaboración. En realidad, resultó más complicado de lo esperado, pero también más interesante y más divertido.

En los días siguientes, mis estudiantes me hicieron varias preguntas curiosas: que si se podía hacer sobre cualquier cosa, que si tenían que traerlo ya hecho desde casa o tenían que hacerlo en el salón, que si se podían hacer en grupos para que no les saliera tan caro, que si era para todo el mundo. Esta última pregunta me pareció de lo más pintoresca. Claro que era para todos; nadie se iba a salvar de la actividad final. Por supuesto que tenían que traerlo hecho desde casa. No me parecía que fuera tan caro hacerlo, pero les permití hacerlo por grupos. Y claro que podía ser sobre cualquier cosa, eso ya lo había explicado; lo importante no era sobre qué lo hacían, sino que fueran capaces de explicarlo en inglés.

Quien ha trabajado con estudiantes sabe que estas preguntas no son extrañas. A veces es necesario aclarar lo mismo una y otra vez, y a veces hacen preguntas cuya respuesta nos parece absurdamente obvia. Lo bueno es que ellos nos enseñan que no hay nada realmente obvio y que la obviedad no es más que una trampa para mentes perezosas. Por fin llegó el día señalado. Me dirigí al salón de clases, abrí la puerta y me encontré con un espectáculo inaudito: las paredes estaban decoradas con guirnaldas, las sillas estaban arrinconadas en las esquinas y las mesas dispuestas en el centro sostenían postres de todos los sabores y en todas las presentaciones.

En un principio no entendí que estaba pasando. Llegué a pensar que me había equivocado de salón, luego pensé que se trataba de un evento para otra materia. Entonces, por fin, con la claridad de toda epifanía, lo entendí. Dije “posters” y entendieron “postres”.

La confusión no era solo su culpa. Mi dicción jurásica y mi pésima vocalización me juegan este tipo de pasadas con frecuencia. Me senté en la silla de profesor con el corazón (y el estómago) en la mano y no tuve valor para decirles que se habían equivocado. Se les notaba el entusiasmo. Cada grupo había traído suficiente comida para repartir a todo el salón. Además, ¿realmente era una equivocación? Cada grupo pasó a explicar la receta y el método de preparación del postre lo mejor que pudo en un inglés atropellado y feliz, y luego nos sentamos todos a comer hasta la saciedad y un poco más.

Los estudiantes estaban felices de hacer algo con sus manos y compartirlo, los padres de familia estaban felices por la creatividad de la iniciativa y la dedicación que sus hijos mostraron en el trabajo, las autoridades del colegio estaban impresionadas por la excelente respuesta de estudiantes y padres. La actividad fue tan exitosa que se decidió institucionalizar que cada año se celebrar el festival del postre en inglés.

Cuando el año finalizaba y tenía que despedirme de mis estudiantes porque iba a cambiar de trabajo y de ciudad, decidí contarles la verdad: les dije que una confusión no necesariamente es un error si se aborda con inteligencia y entusiasmo; les dije que yo no me había inventado el festival, que el festival se había inventado solito gracias a su dedicación y creatividad; les dije que equivocarse puede ser buenísimo si uno lo asume con alegría y sigue adelante; les dije que me habían enseñado un montón y que esperaba aprender a sacar tanto provecho de la confusión como ellos lo hacían. Después de todo, como dice Nietzsche, del caos puede nacer la estrella.

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