«Perdiste el mejor amigo.
Carlos Drummond de Andrade
No tentaste ningún viaje.
No tienes casa, navío, tierras.
Pero tienes un perro»
(Yumbo, Valle del Cauca, Colombia)
Por, Julián Alejandro
El primer suceso importante que recuerdo en mi vida fue la amistad que desarrollé con una pareja de perros hermanos que había sido abandonada cerca de la casa donde vivía con mi familia. Peludos, uno negro y otro amarillo. No sé por qué asumí que eran hermanos, pero siempre los he recordado de esa manera: la pareja de perros hermanos que me brindaron su amistad. Todas las mañanas antes de ir a la escuela —a escondidas— separaba una parte de mi desayuno para compartir con ellos. La gratitud con la que aceptaban la poca comida que les podía brindar los impulsaba a acompañarme hasta la puerta de la escuela y yo me sentía un niño afortunado, —entre los perros encontraba más garantías que con los humanos—. De esta forma podría afirmar que me hice un cínico espontáneo, casi accidental. Los perros tienen la virtud de agradecer y ser leales hasta la médula, —los humanos no—.
No asumo que sea cosa lunática hablar a los animales, el perro de “Me llamo rojo” asegura que «los perros hablan, pero sólo para el que sabe escucharlos». En casa nunca faltaron pulgosos y supongo que esta compañía me salvó de la absoluta locura infantil. El diálogo con los perros fue y sigue siendo una salvación: no censuran, no tergiversan, no difaman, —son los confidentes perfectos—. Un destello en sus ojos nos demuestra que sí, que nos siguen el hilo y que son participes de nuestras desgracias y alegrías, sin esperar nada a cambio.
La nobleza y la lealtad de los perros se encuentran arquetipadas en Argos. Homero en el canto XVII de la Odisea, nos cuenta como después de 20 años de ausencia, Ulises regresa a su hogar. El héroe encuentra a Argos en total abandono: tirado en un montón de mierda de vaca, repleto de garrapatas, viejo y agotado. Ulises recordaba al Argos veloz, fuerte y ágil, le pregunta a Eumeo por la suerte del animal y este le responde: “Bueno, ése es el perro de un hombre que ha muerto lejos. Si fuera en su aspecto y sus obras tal cual lo dejó Ulises al partir hacia Troya, pronto te admirarías al ver su rapidez y su fuerza”. Ulises disimula sus lágrimas, pero, Argos, a pesar de encontrarse en estas condiciones, lo reconoce de inmediato: toma la fuerza necesaria para dejar caer las orejas y menear la cola, —el impulso no le alcanza para ponerse de pie y saludar a su amo—. Para evitar ser reconocido, Ulises no se inclina a saludar su perrito, ya que esto revelaría su identidad, el héroe entra en la sala de su casa, se enjuga las lágrimas y “el destino de la negra muerte le llegó a Argos, después de haber visto a su señor tras veinte años”. Argos esperó durante veinte años a Ulises para darle ese saludo entusiasta que solo los perros nos saben dar, esta nobleza divina se nos escapa a los humanos, cuando alguien nos dice “perra” o “perro”, en realidad nos está inscribiendo en una larga genealogía de la virtud que ninguno de nosotros merece.
El perro de “Me llamo rojo” nos da una lección magistral de lo que se puede tomar como razón:
«Soy un perro y ustedes, que no son criaturas tan racionales como yo, deben estar diciendo que los perros no hablan. Pero, por otro lado, ustedes dan la impresión de creer en cuentos donde los muertos hablan y los héroes usan palabras que jamás sabrían. Los perros hablan, pero sólo para el que sabe escucharlos».
No quiero a los perros desde la melosería, —no considero que sean hijos—, los admiro y los quiero desde la orilla en que Diógenes de Sínope, el filósofo perro lo hizo: desde la razón, desde el reconocimiento de sus conductas naturales que sobrepasan nuestras impostadas éticas y morales. Diógenes molestaba a los atenienses con sus irreverencias y, sobre todo: por su autonomía, por su desprecio al establecimiento y la hipocresía de los vínculos humanos. Discípulo de Antístetenes, aprendió que el perro es un símbolo de hermandad, pero, sobre todo: que no cualquiera puede ser nuestro hermano. La relación entre los discípulos y su maestro Antístenes era señalada de “Kynicos” (perruna) y la sede donde el maestro impartía sus enseñanzas se llamaba Cinosargo o Kynosarges (perro ágil). Producto de las broncas y la mala información, el término cínico se convirtió con el tiempo en un insulto, pero la verdad es que, así como los perros, ser llamado cínico debe considerarse más un elogio inmerecido que un insulto, —nos falta nobleza para ser perros y talento para ser cínicos—. La pareja de hermanos perros me confirmó en la práctica todo lo que leería posteriormente: Ser un perro, pensar como perro, vivir como perro, —esa podría ser la ruta de vida de Diógenes— es una tarea difícil y virtuosa.
Hace poco mi perro cumplió tres años. Cuando empezó a vivir conmigo, rentaba un apartamento muy grande para una sola persona, estaba atravesando un momento de mucha soledad y nostalgia, una amiga me ofreció en adopción alguno de los cachorros de la camada de su perrita que estaba próxima a parir. Cuando la perrita dio a luz, asistí a mirar la camada: todos maltrechos, succionando las tetas de Sol, apurando la leche perruna para ser capaces de abrirse lugar en este mundo. Elegí al perro más grande, —no quería un perro pequeño—. Su nombre inicial fue Atila —fantaseaba con un perro intimidante, capaz de alejar a cualquier atracador—. Pero el deseo nunca cumple sus promesas. Dos meses después cuando regresé, entendí que mi perro no era un mongol aterrador, era puro amor, parecía un peluche y ahora debía cambiarle el nombre.
Pensé llamarlo Menipo —como el sofista—, pero no, tampoco, finalmente fue Ossian, —como el bardo galés—, porque mi perro llegó a vivir conmigo precisamente para eso: permitirme soñar de nuevo y experimentar un vínculo honesto. Desde la llegada de mi perro a casa, he aprendido muchas cosas y lamento no poder imitarlas con la misma facilidad que se aprenden las conductas humanas, cada vez que salimos a pasear, es poseído por una emoción alucinante y disfruta cada tramo de calle como si el mundo no se tratara de nada más, sino del presente. No hay ambición, no hay desamor, no hay angustia, todo es alegría y entusiasmo.
Nos dicen que los perros son serviles y tontos, que por eso muchos los prefieren sobre los gatos. Un perro se comería el cadáver de su amo y, ese desapego circunstancial eleva el perro a la categoría divina, lo distancia de todos nosotros. En los perros podemos ver materializada la búsqueda de la meditación: vivir en el presente, el instante como una singularidad que nos libra del tormento del pasado y la incertidumbre del futuro. Le debo muchas disculpas a mi perro: cuando me deprimo y no jugamos, cuando la enfermedad nos ha separado, cuando no le hablo, cuando me limito a darle su comida y a duras penas una caminata diaria. Ossian es como un santo de cuatro patas, sin Dios, sin ley, pero como todos los perros: dispuesto a brindar la compañía que desde hace miles de años solo podemos recibir de un canino. Desearía pedirle disculpas por todos los desplantes, pero sé que todos los días nos reconciliamos y es una fortuna que el destino me cruzara con un animal tan divertido y amoroso.
Publicada originalmente en: Barbarie Ilustrada (17/04/2021)