Lo que quiero es ignorar al maldito ser que se metió en mi cabeza. Lleva mucho tiempo aquí y no me deja en paz. ¡Lo odio! Odio su voz gruesa.
martín
―¡TA, TA, TAAAAAA!
―¡Ay, jueput…!
―¡JA, JA, JA!
―¿Qué le pasa, Martín? Casi me mata del susto.
―¡Ja, ja, ja! No era mi intención, Forero. Lo siento
―¡Claro no que no! Tu intención es cogértela en este instante, degenerado―. Me reprocha la voz de mi cabeza.
―No. Por supuesto que no, maldito. ¡Cállate!
―¿Qué haces acá sola y tan tarde?― Prefiero ignorar a la molesta voz y concentrarme en Jazmín.
―Ja, ja, ja. Nada, Martín. Solo que no soporto a los del salón.
―Pero, Forero, acá es diferente. Es la excursión de once, la finca está bonita y el otro año no los volverás a ver. Relájate un poco.
―Por eso mismo, Martín. Acá sola me siento bien. El jacuzzi está chévere, la noche está despejada y lo que está sonando en mis audífonos me relaja mucho.
―Tú eres bien rarita.
―Rarita y rica. No lo olvides, degenerado―. Insiste la voz.
―Cállate, maldito. Nadie te preguntó―. Le respondo al inquietante ser.
―¿Quieres escuchar, Martín?
Lo que quiero es ignorar al maldito ser que se metió en mi cabeza. Lleva mucho tiempo aquí y no me deja en paz. ¡Lo odio! Odio su voz gruesa, su arrogancia. Odio que sepa todo de mí.
―¡Ja, ja, ja! ¿Te sientes atormentado, imbécil? Eso debiste pensarlo ante de llamarme―. Me dice el bastardo con su maldito estilo.
―¿Qué? Yo no te llamé―. replico.
―Oh, sí. Sí que lo hiciste, pendejo. Lo hiciste muchas veces.
―¡Jamás te he llamado, maldito!
―Recuerda, Martín, tus paseos nocturnos por internet buscando pornografía; buscando bebitas.
―¡Cállate!
―Recuerda a Sara, Martín. Tenía 16 años. ¡La misma edad que la Lolita que tienes al lado!
―¡Ey, Martín!
―¿Qué?, ¿qué pasó?
―¿Que si quieres escuchar?― Me pregunta Jazmín, mientras estira su mano para pasarme su auricular izquierdo.
―Sí, sí. Lo siento. Me desconcentré con… con el cielo.
―¿Además de matemático también eres poeta? Ja, ja, ja.
―Poética la culiada que te quiere dar, mocosa―. Dice la voz en mi cabeza.
―¡CÁLLATE, HIJO DE PUTA!― Le reprocho.
Mientras me siento al borde del jacuzzi, miro a Jazmín y su vestidito de baño. Miro su piel. Se ve provocativa, quiero saborearla.
―¡Ufff! Cancionzota―. Le digo, buscando distraer el deseo.
―¿Cierto? Me encanta―. Me responde de manera ingenua.
―A todas estas, Jazmín. ¿Quién le enseñó de rock?
―¿«Quién le enseñó»? A mí me tutea. Ja, ja, ja.
―Ja, ja, ja. Es para que no se le olvide que soy su profesor y me debe respeto.
―¡Ja, ja, ja!
―¿Quién te enseñó de rock?
―Qué diferencia. Así sí. ―Me responde y deja escapar un gesto que acentúa los rasgos de su cara―. Fue mi papá, es un bacán.
―Eso veo. Y bueno, ¿en qué pensabas acá solita?
―En nada… bueno, en lo pesado que fue este año, en lo que haré con mi vida después del colegio; en lo bonita que está la luna… en Felipe y Gloria.
―¿Qué? ¿En Felipe y Gloria?
―Sí. Míralos en la piscina. Llevan harto ahí solitos. ¿No los habías visto?
―No, para nada. Pensé que estaban con los otros chinos o caminando por ahí o… bueno, creo que me entiendes…
―Ja, ja, ja… sí, déjalo hasta ahí. Más bien, dime por qué no estás con los otros profesores.
―¡Bah! No los tolero. Están en el bar ganando puntos con la rectora. ¡Payasos!
―Mejor estar aquí con una alumna semidesnuda, buscando la forma de acorralarla, baboso. Ja, ja, ja.
―¡AY!―. Expreso de repente en voz alta al escuchar el comentario del bastardo de mi cabeza.
―¿Qué pasó?―. Me pregunta Jazmín.
―Nada. Solo que sentí un pinchazo en la cabeza―. Le respondo, intentado disimular.
―¡Uy! Mi abuelito murió de eso. Ja, ja, ja.
―Pero qué hilarante, Jazmín.
―Ja, ja, ja. ¿Hila… qué? Ja, ja, ja. Mi abuelito decía eso. Ja, ja, ja.
―¡JA, JA, JA!
Su broma pendeja me hace soltar una carcajada. Jazmín es espontánea. Se debate entre la madurez de esa adolescente que quiere ser grande y la niña que aún es.
―Ven, Jaz. Metámonos―. La invito mientras me meto en el jacuzzi.
―¡Ay! Cómo molesta usted. Ja, ja, ja. Mentiras, espera me quito los audífonos.
Tomo su mano para jalarla hacía mí. A medida que se acerca, crecen sus nervios.
―¡Brrrr! Está fría―. Me dice.
¡Ufff! Se acerca mucho más. La tomo por los hombros y froto mis manos en sus brazos; puedo sentir cómo sus senos se pegan a mi pecho.
―Baja las manos, tarado. ¡Acaríciala! Eso quieres.
Bajo mis manos hasta su cintura y empiezo a acariciar su vientre disimuladamente.
―Eso es, pendejo. Ahora lleva tus manos hacia sus senos.
―¡NO! ¡NOOOO!
―No finjas, idiota. Eso es lo que quieres. ¡Hazlo, maldito! ¡Hazlo!
Intento no prestarle atención a la voz morbosa de mi cabeza; pero, qué complicado, Jazmín está muy rica. Subo mis manos hacia su cara, corro su pelo a un lado y empiezo a acariciarle sus mejillas mojadas. Está muy nerviosa, puedo notarlo en su risilla.
―Eh… me quiero sentar, Martín. ¿Vamos?
―Vamos.
«Es Mejor. No me quiero meter en problemas». Pienso, mientras observo cómo se dirige hacía la orilla y se apoya en los codos para levantarse. ¡Mierda! El agua alcanza a bajar un poco la braga de su bikini.
―Mira ese culito pequeño mojado, ―me susurra la voz de mi cabeza―, esperando por ti.
Quiero ignorar a ese demonio que me habla, pero tiene razón. Imagino que me acerco a ella por su espalda y le bajo de manera brusca la braga, mientras la aprisiono contra el borde y mis manos buscan su vagina.
―¡Martííín! ¡Ey! Te estoy llamando hace media hora. Ja, ja, ja. ¡Qué te pasa? Ven―. Me habla, mientras mueve sus manos.
Su llamado me aterriza repentinamente de mi fantasía.
―Voy―. Le respondo, mientras suspiro profundo.
«Supieras lo que estoy pensando te irías, Jazmín». Pienso.
―¡Brrrr! Qué frío―. Me dice, al tiempo que sus dientes chocan entre ellos.
―Mira―. Le digo, mientras pongo la toalla sobre sus hombros y los froto con mis manos.
―¡Imbécil! Tuviste la oportunidad de manosearla y la dejaste escapar. Vaya pendejo que eres―. Me increpa la voz.
―¡No me jodas más! Vete, cabrón. ¡Vete!― Le pido al maldito ser de mi cabeza.
―¿Ya te pasó el frío?― Le pregunto.
―Je, je, je. Sí, mira―. Me responde, mientras pone sus manos en mi cara.
Aprovecho para correr su pelo hacia un lado y tocar su piel mojada. Me mira fijamente con algo de miedo y deja escapar una pequeña sonrisa. Mis caricias son más directas; mis manos recorren su cara y bajan hasta su cuello. ¡Está temblando!
―Hazlo, Martín. Hazlo―. Me susurra suavemente esa voz.
Me acerco un poco más. Mis piernas rozan sus muslos y mis manos ya están muy cerca de su sostén. Alcanzo a escuchar un leve suspiro que deja escapar.
―¡Muy bien! Eso es. Ya es tuya, Martín.
Dejo que mis dedos recorran suavemente sus senos por encima del sostén. Está nerviosa, yo también lo estoy. Tomo su mano derecha, la aprieto un poco, la llevo hacia mi entrepierna y hago que roce mi pene. Ella nota mi erección, pero no se aleja; tampoco se atreve a responder a mis caricias. Está paralizada. Hago un poco más de presión sobre su mano, para que sienta mi pene duro.
―¡AY, MARICA! ¡GLORIA!― Grita de repente.
Su grito sorpresivo me hace voltear hacia la piscina.
«¡Mierda! Esto no es nada bueno». Pienso, mientras me levanto rápidamente.
―¡JUEPUTA! ¡¡¡GLORIAAAA!!! ―Dejo escapar un grito que debió escucharse por toda la finca.