despertar

Despertar

«Las calles eternas yaciendo como el cadáver colosal y agrietado de una gran serpiente»

Por, Escritor Amargo

Luego de haber tomado el último sorbo, había salido por la puerta caminando despacio; respirando profundamente, sonriendo y disfrutando de cada detalle. El tibio sol, el verde brillante del césped, el cantar del viento, los pájaros, el quejido de las ramas de los árboles que se balanceaban danzando; solo eso, danzando.

Caminó algunos metros, mirando a su alrededor, viendo con ojos deslumbrados tantas cosas que eran nuevas para él. Viendo con el corazón encogido por la emoción, la belleza oculta de las cosas simples; la belleza viva y tangible de todo, que solo se revela cuando nos sabemos detenernos a mirarla.

Todo era hermoso, demasiado hermoso, y era normal, sus ojos de vagabundo abandonado
no habían conocido otra cosa que la ciudad de edificios grises, con su color enfermo y desgastado y sus ventanas ciegas, que no miran a ninguna parte; las calles eternas yaciendo como el cadáver colosal y agrietado de una gran serpiente.

La única música que conocían sus oídos lastimados, era la infernal y ensordecedora cacofonía propia de un coloso de cemento; coches cruzando a gran velocidad, zumbando como abejorros; gente cabizbaja, de semblante triste, ojos apagados y andar rápido, dejando tras de sí el murmullo ensordecedor de sus bocas esclavas, con una monserga ininteligible de absurdos muertos en el viento y el olvido; y el tintineo, el tintineo de la miseria convertida en monedas dentro de sus bolsillos.

Por eso, ahora todo era nuevo y hermoso para él. Pero, ¿Quién era él?
él, era un noble caído, uno de aquellos que vivía sin vivir; uno más de tantos que logró “trascender” y esto significaba simplemente, tener un poco más que los otros, eso era todo. Por lo demás seguía siendo una de esas figuras que caminan rápido, viven sin vivir y duermen sin soñar, en la lenta agonía de la rutina. Y con todo esto, él era distinto.

Siempre pensó que la vida debía ser algo más que aquel infernal bucle. Pero la ciudad era demasiado grande para abandonarla, demasiado abrumadora; era inconmensurable para su limitada percepción, pues llegaba hasta donde alcanzaba la vista… y más.

Mientras que, frente a él, todo era hermoso, no había duda de eso. Ahí adelante, solo se alzaba belleza y majestuosidad. Árboles milenarios, montañas y lagos…. Y a cada lado, prados infinitos de flores.

Aunque faltaba algo, aún no había visto que había tras de sí; no… y ahora, le causaba cierta ansiedad y molestia; era como una nostalgia vetusta y un nudo reseco en la garganta. ¿Debería mirar? La verdad, es que no se le antojaba mucho; pero era la única forma de vencer la duda y acabar con la incertidumbre.

¡Alea jacta est! La suerte está echada, la decisión estaba tomada, así que respiró profundo y comenzó a girar lentamente con los ojos bien cerrados. Cuando hubo terminado de girar, respiró profundamente otra vez y empezó a abrir sus ojos muy despacio, no tenía prisa por saber qué había allí, pero finalmente los abrió.

Lo que vio, lo dejó estupefacto por un par de segundos, solo algo contemplativo; finalmente un suspiro de su pecho aliviado dio a entender que todo estaba muy bien. Se giró nuevamente y se alejó caminando tranquilo, perdiéndose en la profundidad de ese bosque de encanto y misterio, donde sabía que hallaría paz, felicidad.

Mientras que allá, atrás, recostado contra una pared húmeda, en una habitación oscura, yacía su cuerpo sin vida, con la mirada perdida en la ventana polvorienta y mugrosa… y unas cuantas gotas de aquel dulce veneno deslizándose por la comisura de sus labios fríos, contraídos en una última sonrisa, que se comía los últimos rayos de sol; de un sol muerto que ya no tocaría su piel cetrina nunca más.

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