«De vez en cuando miras a la pared y piensas: no puedo creer que estemos aquí»
Mark Tremonti (Alter Bridge)
Por: Sebastián González Z.
El pasado viernes 9 de enero, Alter Bridge volvió a sacudir la escena musical con el lanzamiento de su más reciente producción discográfica: su octavo álbum de estudio y homónimo. Una joya de una hora y treinta y nueve segundos —para ser precisos— compuesta por doce canciones que brotan desde las entrañas de la banda liderada por Myles Kennedy. Resiliencia, decepción y confianza se entrelazan en un recorrido sonoro marcado por atmósferas cinemáticas, riffs colosales y una intensidad emocional que confirma a la banda como una fuerza creativa que no se conforma con repetir fórmulas, sino que sigue excavando en su propio ADN.
Tras casi cuatro años desde la publicación de su última placa, ‘Pawns & Kings’, la banda regresa en un momento que para muchos fans estuvo marcado por la incertidumbre alrededor de Alter Bridge. El retorno de Creed a los escenarios —con Mark Tremonti, Brian Marshall y Scott Phillips retomando filas en su anterior agrupación— encendió las dudas sobre el futuro de AB. Sin embargo, Myles Kennedy fue claro al respecto: celebró que sus compañeros puedan disfrutar de esa reunión y dejó en claro, en la misma entrevista, que no hay motivo de preocupación. Para el vocalista, la convivencia con proyectos paralelos o carreras solistas no solo es natural, sino saludable, tal como él mismo lo ha demostrado con su trabajo junto a Slash ft. Myles Kennedy and the Conspirators y con su proyecto personal.

Lejos de diluirse, ‘Alter Bridge’ se erige, precisamente, desde esa coexistencia creativa. Este nuevo álbum no suena a pausa ni a compromiso contractual: suena a reafirmación. Hay una sensación constante de banda en estado de alerta, consciente de su legado, pero incómoda con la idea de estancarse. Cada tema parece construido con la urgencia de quien sabe que el tiempo no se negocia y que el presente exige canciones que digan algo, que pesen, que incomoden. No hay relleno ni complacencia; hay músculo, hay introspección y hay una madurez que no renuncia a la crudeza.
Tremonti no habló desde la nostalgia, sino desde la conciencia histórica. Grabar con Alter Bridge en el legendario Estudio 5150 de Eddie Van Halen fue, para él, un gesto de validación artística; una oportunidad irrepetible de registrar este nuevo álbum en un espacio donde el rock se forjó a fuego lento. «Te da la confianza de pensar que algo estamos haciendo bien si nos permiten estar en este lugar sagrado», expresó el guitarrista. La imagen que mejor resume la experiencia es la suya: «De vez en cuando miras a la pared y piensas: no puedo creer que estemos aquí».
En lo musical, la banda se mantiene fiel a un territorio que domina con maestría. No hay rupturas drásticas con su molde, sino un perfeccionamiento de esa fórmula entre la contundencia del hard rock y el metal alternativo, siempre impulsada por estribillos de largo aliento. Esta dualidad entre agresión y accesibilidad halla su ancla en la voz de Myles, capaz de dotar de carácter incluso a los pasajes más previsibles. Aun así, se percibe una intención deliberada de empujar ciertas piezas hacia estructuras progresivas, en un intento —sutil pero evidente— de no limitarse a repetir el libreto.

No obstante, el disco flaquea inicialmente en su variedad. ‘Silent Divide’ abre con riffs robustos y una intención metálica, pero su desarrollo en medio tiempo y un coro de tinte grunge derivan en una estructura demasiado predecible. Esa inercia se prolonga en ‘Rue the Day’, cuyo inicio denso roza lo monótono, aunque es rescatada por uno de los coros más memorables del conjunto.
El álbum gana firmeza con ‘Power Down’, donde los riffs adquieren mayor velocidad y una agresividad frontal. Es aquí donde Alter Bridge luce su musculatura de metal puro. Como contrapunto, ‘Trust in Me’ ofrece un necesario respiro: una pieza de carácter liviano y atmósfera alternativa que demuestra que la banda sabe relajarse sin desdibujar su identidad. En contraste, ‘Disregarded’ apuesta por un groove contemporáneo; su eficacia radica en esa fricción inicial de riffs cercanos al nu metal que se resuelve en una línea vocal sólida y un solo —ya sea de Tremonti o de Kennedy— que termina de encajar las piezas.
La balada ‘Hang by a Thread’ sobresale por su equilibrio entre emotividad y fuerza, logrando una conexión natural sin caer en sentimentalismos forzados. En esa misma línea de matices, ‘Scales Are Falling’ se presenta como un ejercicio progresivo que rompe la linealidad del trabajo. Finalmente, el cierre llega con la ambiciosa ‘Slave to Master’, una pieza épica y la más extensa de su carrera, cargada de tensión y solos imponentes. Es la prueba definitiva de que cuando la banda decide expandir sus horizontes, lo hace sin reservas.
En conclusión, ‘Alter Bridge’ no es solo un nuevo lanzamiento en la discografía de la banda, sino una declaración de permanencia y vigencia artística. El álbum confirma que la madurez no implica contención, sino una expansión consciente del lenguaje propio: más ambición, más riesgo y una claridad emocional que atraviesa cada riff, cada coro y cada pasaje progresivo.

A veintidós años de su nacimiento, Alter Bridge no mira hacia atrás con nostalgia, sino que reafirma su presente como una fuerza creativa plenamente vigente, capaz de dialogar con su legado sin quedar atrapada en él. Este disco define su era actual porque suena a banda segura de sí misma, dueña de su identidad y todavía con hambre de trascendencia, demostrando que el metal moderno puede ser tan monumental como humano.

