«Todo lo que logré, todo lo que he logrado y lo que no, ha sido porque yo he querido que sea así»
ELSA RIVEROS
(Bogotá D.C., Colombia)
Por, Olugna
Prefiere sentarse sobre la alfombra, yo permanezco en el sofá en compañía de su mascota, un caniche ciego de once años al que llamó ‘Henry’. Al frente de nosotros, un enorme tambor africano, es la mesa de centro. Sobre él, una taza de café y un brownie de milo que me ofreció para acompañar nuestra conversación; el libro de ‘Nación Rebelde’ abierto en la página 47, su autógrafo está en la 48; un cuaderno, un teléfono, una pequeña barca tailandesa de madera y una Tablet. Recargado en una pared, un irónico lienzo de Joe y Hunter Biden que dibujó como consigna de protesta en contra de la manipulación mediática y política durante la pandemia.

El Rock ‘n’ Roll fue la excusa inicial para propiciar nuestro encuentro; sus más de tres décadas de historia que la convirtieron en la ´Primera dama del rock colombiano’, el pretexto para escarbar en su vida tanto como sea posible. Sin embargo, los primeros minutos de conversación, abrieron las puertas de un inmenso baúl en los que Elsa ha retratado a través del pastel al óleo, la plastilina y el retrato digital, pequeños pero significativos episodios de su diario existir: su pensamiento político, su amor por los animales y las videollamadas con su esposo e hijo que se quedaron en Estados Unidos. El propósito de la cita había cambiado.
Desde muy niña, Elsa Soledad Riveros Reyes, ha estado rodeada por el arte. De la pintura se enamoró a los cuatro años cuando pintó su primer cuadro, el amor por el rock nacería en la adolescencia gracias a ‘Honesty’ de Billy Joel. Ambas expresiones han escrito su propio relato en la vida de la artista que gritó en una tarima «¡Bogotá… del putas, Bogotá!», pero que han permanecido unidos a lo largo del tiempo por un lazo de rebeldía que se ha convertido en una huella de su identidad.
―Luego me parte La trova cubana y después el rock argentino, pero el punto de entrada fue Billy Joel―, recuerda Elsa Riveros.

Es una mujer trascendental. A medida que expone cada una de las piezas que forman parte de su extensa colección pictórica, narra con sensibilidad y espontaneidad, la inspiración que las hizo posible; al tiempo que revive los pasos que ha dado en la música desde cuando aprendió a tocar tiple, hasta cuando se convirtió en la cantante de Pasaporte, agrupación que en su corta existencia marcaría un hito en la historia del rock colombiano.
Sus dedos se deslizan de izquierda a derecha por la pantalla de la Tablet ―álbum moderno y sofisticado que colecciona recuerdos―, permitiéndome descubrir los instantes de realidad que ha retratado en obras sencillas. La pintura, para Elsa, es un Rock ‘n’ Roll. Cada cuadro, es una canción; cada trazo, un acorde que dibuja una sensación y da forma a una experiencia que ella, a través de las tres técnicas que domina, ha convertido en un concepto artístico.

El extenso carrusel de emociones atrapadas en sus obras se desplaza en la pequeña pantalla: la ternura de las mascotas con las que ha convivido; la mezquindad en los rostros de los últimos presidentes ―demócratas y republicanos― que han dormido en la Casa Blanca; su indignación de ver a un anciano de túnica naranja intentado besar a un niño o la tristeza de ver una niña abusada y asesinada por un profanador que fue presentado por medios colombianos como un prestigioso arquitecto; el amor y la nostalgia de una videollamada que la acerca a su familia; el erotismo irreverente inspirado en el milenario arte del ‘shunga’ japonés. Lo bueno y lo malo, lo efímero y lo eterno; todo es motivo de ser reproducido, interpretado o ironizado en cada trazo.

Conversar con Elsa es viajar en el tiempo para transportarse a la Bogotá conservadora que coqueteaba tímidamente con el Rock ‘n’ Roll en los 80. Por instantes, siento que estoy hablando con la joven universitaria que disfrutaba de la música de protesta que le cantaba a una revolución ―romántica y desgastada― alrededor de una fogata; en otros, recreo a la cantante de voz ronca que fue invitada a grabar, junto a Andrés Cepeda, una de las baladas más representativas de rock nacional, ‘Desvanecer’, la icónica balada compuesta por Juan Gabriel Turbay.
―Fuimos al estudio de Óscar Acevedo. Andrés dijo, “listo, yo hago la primera estrofa, tú la segunda; yo la tercera, tú la cuarta; entramos en el coro, el saxofón de ‘Toño’, volvemos y se acaba la canción”―. Describe.
Ha pasado cerca de hora y media. Sus emotivos relatos ―atravesados por la rebeldía y permeados por la emoción de quien ha vivido con intensidad cada día―, me permiten comprobar que la premisa que dejó escapar al comienzo de nuestra charla ha sido un derrotero permanente para ella: «Yo no he pasado en vano por esta vida».
Sus obras ocupan un gran espacio en las paredes de su casa en Estados Unidos, en el apartamento de su hermana en Bogotá, en sus 60 años de vida. No obstante, su voz tiembla un poco al mencionar que existe una pintura que no está exhibida y que permanece encerrada en una habitación.
―Nos fuimos a Zipaquirá con mi mamá en un tren. Ella estaba sentada mirando a la ventana; tenía un gorro, porque ya no tenía pelo―. Menciona y continúa con su relato―. Cuando ya estaba aquí, muriendo, trajeron una virgen y su piel se llenó de escarcha.
Elsa retrataría a doña Carmen Reyes del Río mirando a través de una ventana y pondría escarcha en su rostro. Al tiempo que prosigue con la descripción de la obra, en su teléfono se reproduce ‘Tu tren se va’. No es casualidad, la composición de Robi Draco Rosa, es la canción con la que evoca este recuerdo transcendental de su vida.
Mientras continúa con la exposición de sus pinturas y prosigue con las anécdotas que las inspiraron, la ´Primera Dama del rock colombiano’, se detiene en una de sus creaciones más llamativas; quizás, también, una de la más representativas de su trabajo artístico: The Miniature Moore Gallery, un museo a escala en el que exhibe las recreaciones que ha realizado a escala de las obras de Fernando Botero; un diorama que en un metro de ancho por 50 centímetros de fondo, rinde un pequeño homenaje al pintor colombiano.
«Es chiquito, pero grande en amor, grande en dedicación, grande en respeto al maestro Botero y a mi país, Colombia», expresó en una entrevista realizada por Univisión.

La representación a escala de la realidad, ha sido para Elsa, otra fascinación a la que dedica su tiempo y entrega su talento, para reproducir a su estilo pinturas icónicas en la historia del arte: ‘La habitación roja’, creada por Henri Mattise; la Monna Lisa, de Leonardo Da Vinci; ‘Warhol recuperándose’, de Alice Neel; entre otras obras representativas, han sido recreadas por las manos de la primera mujer en Colombia que cantó Rock ‘n’ Roll. Al lado del The Miniature Moore Gallery, hay un segundo museo que rota 360 grados.

La dedicación de Elsa por la pintura, a diferencia de su carrera musical, ha sido constante e ininterrumpida; no obstante, el amor que profesa por el rock nunca se ha ido de su vida. Pese a la disolución de Pasaporte a los cuatro años de su fundación y a la ausencia de la joven cantante de «voz irreverente, ronca y aterciopelada» de los escenarios y los estudios de grabación, la primera dama ―y quizás la más rebelde― del rock colombiano’ presentaría en 2013 su primer sencillo como solista, ‘Déjame en Paz’. Un regreso esperado.
Su retorno al sendero que ha escrito el rock nacional representa recuperar esa memoria que ella ayudó a construir. Han pasado 34 años desde la presentación de Pasaporte el 17 de septiembre de 1988 en el Concierto de Conciertos, muchas cosas han cambiado desde entonces. Quizás, no logremos escucharla de nuevo en un gran estadio, pero el eco de su voz retumba con la misma fuerza que hizo vibrar a los asistentes que la escucharon gritar: «¡Bogotá… del putas, Bogotá!».
Como si fuese un diorama metafórico de su existencia, las dos horas que duró nuestra conversación, permitieron recrear los episodios más representativos de su vida; seis décadas de una vida de rebeldía, Rock ‘n’ Roll y lienzos, resumidas alrededor de un tambor africano gigante y un café.