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Ráfagas de existencia

Siete canciones, siete relatos; un álbum, una vida

«Cuánta gente en las iglesias hablando de pobreza, mientras indigentes se arrastran en las puertas»

‘NOCTURNO’ (RAÚL POVEDA)


Por, Olugna

Fue otra noche larga, otra de tantas que aparecieron después de que ese maldito sueño regresó. Han sido meses confusos. Mi mente naufraga entre los pocos recuerdos intactos que tengo de mi viejo y entre los escombros de una vida que se estanca, que solo desea ver cómo el conteo final llega a cero. La rutina de cada día no es suficiente para distraer el dolor que me acompaña, solo es una agonía que se aletarga en medio de ese deseo de no volver a ver otra mañana, de no volver a ver mi rostro demacrado frente al espejo. No quiero sentir esto que siento.

Otra madrugada más. El alarido de la alarma es tan inútil como el parloteo de la psicóloga. Ambas intentan despertar a un hombre que murió el mismo día que un estruendo le arrebató a su padre. El agua fría que cae de la ducha no es suficiente para limpiar el dolor que llevo dentro, para apagar ese fuego que hace mucho se tragó mis sueños. Las palabras de mi mamá no me traen ningún consuelo, el esfuerzo de mis hermanas por tratar de demostrar que soy importante para ellas, son cuchillos que me apuñalan, porque no supe cuidar de ellas, porque no logré ser el orgullo de un viejo que se quebró el lomo tratando de ofrecernos un mejor lugar. La indiferencia de Sonia, abre mucho más el vacío al que me quiero dejar caer.

Abro la puerta. La lluvia se riega por las calles de una ciudad de cintas amarillas y de sueños rotos. Al frente de mi casa, don Vicente, el habitante de calle más educado que he conocido, trata de cubrirse con sus cartones mojados. Como todos los días, me mira fijamente. Su mirada deja al descubierto la vulnerabilidad de su existencia. Sus ojos tristes y húmedos, dibujan el retrato del dolor sobre el que ha escrito su historia. Como siempre, me sonríe y me dice con voz frágil: «Tenga mucho cuidado, profe. Dios lo bendiga».

Por un instante veo en su rostro el de mi padre. Quisiera quedarme, conversar, preguntarle si quiere un café; pero, el bus está cruzando la esquina.  

―Gracias, don Vicente ―. Le respondo y corro hacia el bus de la ruta B404.

A través de la ventana, observo cómo el barrio va quedando atrás, guardando para sí, ese trozo de ciudad que solo aparece en televisión cuando ha sido manchado por la tragedia. Tengo en la garganta un nudo que me asfixia, pero esta vez no es gracias al recuerdo de mi papá.

Observo con atención el paisaje caótico que se dibuja a través del vidrio. Veo a miles de desconocidos que intentan abrirse espacio en medio de la calle, unos buscan subirse a un bus para intentar llegar a esas celdas que llaman oficinas; otros, tratan de hacerle quite a la pobreza con sus puestos ambulantes; otros, simplemente, intentan despertar de una noche de excesos en uno de los tantos antros que se aglutinan en la zona.

No han pasado 15 minutos de las dos horas largas que tardará el recorrido hasta el colegio y ya siento el peso de ese pedazo de ciudad tan distante a aquella del extremo norte, que juega a ser cosmopolita, pero que se niega a aceptar que en sus periferias el abandono parece un caminante más. Por encima de la registradora, una señora intenta hacer maromas para cruzar y hacer del pasillo, una galería improvisada en la que vende galletas y deja un trozo del dolor que la acompaña al no tener cómo ofrecerles un mejor futuro a sus hijos.

Las bolsas de sus ojos, las arrugas alrededor de la nariz, las manchas de su rostro y su mirada, atravesada por el dolor, la angustia y algo de rabia, son una tarjeta de presentación que se complementa con un extenso parlamento en el que recoge los momentos más duros de su vida. Parece resignada, su relato parece sincero. No busca dinero, busca vender sus productos. Sus sueños hace mucho murieron, pero se esfuerza, al igual que lo hizo mi mamá, para que los de sus hijos no mueran en el intento. Le compro algunos paquetes.

―¡Gracias!―. Responde con agradecimiento al no pedirle el cambio.

Ahora me detengo en una chica joven que está en el andén. Sus facciones delicadas, sus ojos pequeños y la mueca que se dibuja alrededor de su boca, me llevan a pensar que detrás de ese rostro juvenil, hay una historia que no ha sido sencilla. Viste de chaqueta ancha y lleva colgado un parlante; en su mano derecha carga un micrófono. Se sube por la puerta trasera del bus. No dejo de observarla. Veo en ella a mi hermana más pequeña.

Sin mayores preámbulos se deja ir en rimas cargadas de lucha, rebeldía y valentía. Es la primera vez que me detengo a escuchar a un músico callejero. Ver su entrega en el pasillo que ahora es su tarima, la fuerza de su voz y su puesta en escena agresiva, me permite entender que todo artista carga sobre su espalda un sueño que quizás no se haga realidad, pero que le da razones para vivir.

«Caminar con pies descalzos, nos invita a contemplar, que en la vida somos tiempo, el sendero es avanzar». Me dejo llevar por la fuerza de su lírica.

Sin que sea consciente de ello, llevo el ritmo de la canción que está interpretando. Me conecto con ella, con su voz, con ese deseo de querer comerse el mundo entero y conquistar estadios, cambiar su vida y regresar al barrio que la vio crecer y sonreír con un orgullo, porque uno de sus habitantes lo logró.

«Sueño con escuelas de música en los barrios. No más líricas de putas, cantémosle a la vida»

Los aplausos de los pasajeros al finalizar su pequeño concierto iluminan su rostro. Al pasar por mi puesto, chocamos los puños.

―¡Muchas gracias!―. Me responder al recibirme un billete.

A ambos nos fue bien esta mañana. Ella se baja feliz en busca de otro bus; yo continúo con mi trayecto, despertando de nuevo ante mis sueños.

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