Ser tío es fácil: es sólo recibir y disfrutar los mejores momentos de un niño.
Por, Iván Gallo
Cuando mi hermana me contó que estaba embarazada le colgué. Enemigo de los espejos y la reproducción no podía concebir que Milena acabara su vida de manera tan abrupta. Entonces nació Helena y la vi y mi vida cambió. Nunca había sentido la necesidad de regalar. Mis amigos me dicen que no la malcríe, pero soy adicto a esa sonrisa, a la tersura de sus cachetes felices. Y además nadie ha expresado tanto amor y tanto agradecimiento por un regalo. Ese cuento de dar para ser feliz no lo entendí hasta que la conocí. Es un amor absoluto que además da miedo. No entiendo cómo pueden vivir los papás sabiendo que a su hijo en cualquier momento le podría pasar algo. Yo me levantaría en la mitad de la noche a ver si respira todavía. Es que ella da tanto con solo existir, proporciona una felicidad tan profunda, que a uno le da miedo perderla. Pero creo que el encanto de este amor y la garantía de su constancia es porque no soy su papá.

Es agotador ser papá. Me gusta jugar con Helena sobre todo porque sólo estoy con ella cinco horas semanales. Me toca todo lo mejor. A veces no puedo entender decisiones, como el afán de los papás porque vaya al colegio. Como no es mi hija pienso que una infancia Downton Abbey sería maravilloso, ideal: confinada en su abadía ella recibirá a los tutores que la arroparán en conocimiento. Nanas debidamente seleccionadas que la educarán en amor y sabiduría. Pero costaría una montaña de plata y afuera está el sistema y, además, ignoro qué tan dispendioso será soportar en la espalda el desfogue de su energía. Al tío, por lo general, no le toca limpiar culos. Ser tío es fácil: es sólo recibir y disfrutar los mejores momentos de un niño.
Ser tío me ha afianzado, y a mi esposa también, la convicción de que jamás tendremos hijos. Seremos tíos por siempre, comprándole semanalmente la enciclopedia Disney que está sacando Salvat y ver su cara de ilusión cada vez que rompe el plástico. A sus 2 años y medio mi Helena es una lectora de imágenes casi tan compulsiva y alegre como yo, es fanática de Schrek y de Toy Story. Llora con la muerte de Mufasa y tiene una fascinación por Cruella de Vil. Tenemos tantas cosas en común.
Acabo de leer Yoga de Carrère y, lamentablemente, tengo las piernas demasiado cortas y gordas como para hacer una flor de loto con el sol de los venados de frente. Mi única forma de meditación es lavar la loza y hablar con mi sobrina en su extraño idioma. Y jugar con ella. Tiene alma de directora de cine, sabe cómo componer una escena, cómo dar órdenes. Yo no le impongo nada, mientras esté conmigo la dejo ser. No hay nada peor que esos familiares que se las dan de artista y les imponen algo a los niños. Imponer es prohibir, castrar. Es ella la que quiere pintar, experimentar con los colores, vive fascinada con ellos. Incluso alguna vez me pidió que le bajara un cuadro para darle besos. Es fascinada con eso. Todo niño es un poeta y por eso es mejor darle espontaneidad, margen para que hagan lo que quieran, cuando lo quieran.
El mejor regalo que recibí por parte de mi hermana y Jorge fue ella. Y eso que Helena prefiere la ternura de mi esposa, su cara hermosa, a mi pinta de ogro de pantano. A Mónica es a quien busca, a quien llama y cuando ella me acompaña ni me mira. Pero siempre tengo mis pequeñas victorias, sobre todo cuando le doy los regalos y obtengo, por un momento, su atención. A veces, incluso, puedo robarle un beso y ella se ríe pícara. Quiero estar ahí siempre, como un compañero de su vida, como el cómplice con el que siempre podrá contar.