Siete canciones, siete relatos; un álbum, una vida
«Cierro mis ojos y miro adentro, hay un niño que teme a la oscuridad; que busca tu mano, pero ella no está, que recuerda tu voz, pero se ha ido ya»
‘SOLO’ (RAÚL POVEDA)
Por, Olugna
―Léalo, viejo. ¡Reaccione!―. Su molestia es seguida por el golpe de la puerta al salir
No me sorprende, siempre ha sido así. No vale la pena intentar seguirla. Dos meses en el hospital no fueron suficientes para que comprendiera lo difícil que es esto para mí. Debí morirme, pero de nuevo estoy acá encerrado en este apartamento habitado por la soledad y los recuerdos que, a diferencia de ella, se niegan a marcharse.
En mi ausencia, mi mamá, organizó el apartamento. Lo mandó a pintar, dizque para renovar energías. ¡Ay, vieja!, de qué sirve cambiar los colores de las paredes, si mi alma retumba en las paredes de mi cuerpo. En verdad se esforzó para tratar de limpiar la inmundicia que me rodea, pero no tiene cómo limpiar el vacío que me mata por dentro. No dejó una sola botella de licor.
―No te preocupes, mamá. ―digo en voz alta―. El veneno está en el trago de la soledad que no pudieron drenar en el hospital.
Llegué hace tres semanas. Sonia me recogió en el hospital, cuando llegamos a mi apartamento, mi mamá y mis hermanas me estaban esperando con un cartel de “Bienvenido a casa”. Me abrazaron como nunca lo habían hecho. Quise decirles que no soporto sentir ni miradas, ni abrazos; pero se veían felices de verme, según ellas, con vida. Ignoran que morí el mismo día que mataron a mi papá y que mi alma se marchó junto con él después de esa maldita llamada.
Para ellas era una calurosa bienvenida a una segunda oportunidad que no pedí, pero que ahí estaba burlándose de mí. No entendí porque había un pastel, no había nada que celebrar, más que el regreso a la celda de sufrimiento que me había encerrado desde hace mucho tiempo. No las culpo, no saben la tortura que es ver todos los días en el espejo los estragos de habitar esta piel, de permanecer muerto sin nada que ofrecer, sin razones para respirar.
Mi mamá se veía feliz, pero sus ojos no supieron disimular el pesar que le producía verme así.
«Mijo, gracias a Dios…». Me dijo antes de abrazarme junto a mis hermanas. «¡Usted, es el vivo retrato de su papá!».
«Ya todo término», les dije, pero por dentro sabía que el infierno comenzaría de nuevo.
Al lado del pastel, algunos regalos; al lado de la mesa, la guitarra que me había regalado mi papá.
«Manito, la mandamos a restaurar», me dijo mi hermana más pequeña, «¿Si le gustó?».
«Gracias», le respondí, mientras le daba un beso en la frente.
No sabía lo mucho que me torturaba ver esa guitarra; tampoco, que en cada cuerda sentía la presencia de papá, que solo quería tomarla por el diapasón y arrojarla por la ventana hasta verla hecha pedazos, para no volver a tocar “esa música de marihuaneros” como le decía mi viejo. Intenté no llorar, pero no pude aguantar y corrí hacia mi cuarto.
«Marica, ¿qué le pasa?», me dijo Sonia al verme sentado en mi cama llorando.
«¡Míreme, Sonia, no quiero vivir», le respondí mirándola con rabia, «¡No quiero!».
Simplemente me abrazó. Ese domingo fue una mierda. Desde que había intentado envenenarme, era la primera vez que dormiría de nuevo en mi apartamento. Mi mamá se ofreció a quedarse, pero le dije que no era necesario, que solamente quería descansar, que estuviera tranquila. Sonia también se fue con ella y mis hermanas. Simplemente cerré la puerta.
Ellas no saben que ese maldito sueño, desde que regresó, no se ha ido. El mismo sacerdote, el mismo estruendo; mi papá soltándome de la mano para alejarse en medio de la lluvia y yo tratando de decirle que no camine tan rápido. No, ellas no lo saben, como tampoco lo sabe mi psiquiatra. Nadie lo sabe, quizás nadie lo sabrá. Han pasado tres semanas, no he querido recibir visitas; hablar con mi mamá por teléfono se ha convertido en una rutina que le da un poco de tranquilidad, pero que no logra darme alivio.
«Sí, madre, estoy bien, no se preocupe». Le digo todo los días para finalizar la llamada. «Yo también la quiero».
Hoy le pedí a Sonia que viniera, que quería hablar con ella. Salimos a almorzar, fuimos al parque, nos tomamos un café. Hasta hoy no había querido salir del apartamento; pero ella es insistente, siempre logra imponerse.
«¿Cómo se ha sentido?» Me preguntó cuando llegó al apartamento.
«Todo en orden». Le respondí. «Ya más tranquilo».
«¿Preparado para mañana?». Me preguntó en el almuerzo. «Los pelados lo extrañan».
«Sí, todo bien», respondí.
Habló toda la tarde. Me contó que mis estudiantes han logrado avanzar con la canción, que ya casi la tienen lista. Que han preguntado por mí.
«Ellos no saben lo que pasó». Me dijo mientras nos tomábamos el café. «Supuestamente, usted está recuperándose de una intervención».
«Gracias», le dije.
«¿Ha vuelto a tener ese sueño?», me preguntó de regreso al apartamento.
«No», le respondí.
Ver a Sonia, de alguna manera, me resulta reconfortante. Su personalidad dura, su temperamento fuerte, de alguna manera, me proporcionan un refugio.
―¿Cuándo va a dejar de victimizarse? ―Su pregunta me toma por sorpresa―. ¡Hermano, reaccione, no puede seguir enterrándose en vida!
―¡No me joda!―. Le respondo de manera brusca.
―¿Que no lo joda? ¿Mire la cara de tragedia que se carga, hermano? ―Continúa con su reclamo―. ¡Escúchese esa voz lastimera!
―¿No entiende que esto duele mucho?
―¡Obvio que duele! ―Me responde con furia―. Pero no puede quedarse atado a ese recuerdo.
―¡No quiero vivir, Sonia! ―Replico mirándola a los ojos.
―Usted tiene mucho porqué vivir. ―Me dice, mientras toma mis manos―. Pero no lo va a ver hasta que no reaccione, hasta que no deje de lamentarse.
―¡Mi vida es un asco!
―Porque usted quiere que sea así. Mire todo lo que ha logrado, todo lo que ha luchado, para que ahora lo mande al carajo.
―¡Parce, no tengo nada! No tengo a nadie.
―¿Y su mamá? ¿Y sus hermanas? ―Sus preguntas me aturden―. ¿Y sus estudiantes? ¿Y la música?
―¡Eso no es nada! ―Busco esquivar su interrogatorio―. ¡Nada me da alivio!
―Braulio, lo conozco desde la universidad. He visto cuánto ama lo que hace, cuánto se entrega por la música, cuánto se esfuerza por sus estudiantes.
―Sonia…―. Intento responderle, pero no me deja hablar.
―No se comporte como ese niño que se asusta con la oscuridad; como ese adolescente que ve a la depresión como una necesidad para justificarse.
―¡Escúcheme! ―Le replico―. ¡Entiéndame!
―¡No, hermano, no lo voy a escuchar! Ya estuvo bien. ¡Usted no lo mató! Usted era muy joven, no podía hacer nada. Usted es la fuerza vital de su mamá y de sus hermanas; usted es una inspiración para esos estudiantes que esperan que regrese, que despierte, que coja esa puta guitarra y siga dejando su alma en ella para renacer, para crear.
Sus palabras hacen eco en mi cabeza, me sacuden, me lastiman. No recuerdo haberla visto tan furiosa, tan salida de sí misma.
―Si no me cree, mire lo que escribieron sus estudiantes para usted.
―¿Qué es esto?―. Le pregunto.