«No es teatro. Al menos no el de las tablas. Es el teatro de la vida. En el de las tablas actúo, en el de la vida finjo»
(Colombia)
Por, Carlos Arturo García Bonilla
Una mesa. Una botella. Un vaso. Un revólver. Una silla vacía. Otra silla. Un hombre ocupa la silla. Yo ocupo la silla. La luz del reflector. Nunca falla. Estoy en un escenario. ¿Qué obra es esta? Tengo un Deja Vu. No. No es un Deja Vu. Es que ya he vivido esto antes, claro. Lo he ensayado y presentado tantas veces que ya ni siquiera pienso. Debo dejar de beber antes de las obras. Parezco un novato. Ya había hecho ese pacto conmigo. Emborracharme hasta la cordura no solo es justo, es necesario allá afuera; pero aquí, aquí no. Puedo querer olvidar, puedo olvidar todo allá afuera. El olvido es mi arma. Aquí el arma es mi memoria. No puedo olvidar. No volveré a beber en una obra.
Una parada de bus. Una persona. Yo soy esa persona. Otra persona. Somos dos personas. No hay reflector. No estoy actuando. Estoy fingiendo. Es la vida real. Si es que algo de real tiene esto. En el escenario actúo, en la calle finjo. Creo que ya estoy borracho. Qué linda chica. Sí, claro que te puedo firmar un autógrafo. ¿Quieres ir a mi casa? Ella se ríe. Piensa que estoy bromeando. No hay mejor broma que intentar la solemnidad y fallar. Tomaré nota. Me servirá para algún papel. Podemos tomar un café mañana. ¿Cómo te llamas? Carmen. Carmen como la ópera. Alguna vez tuve un papel secundario en una, pero no soy tan buen cantante. Soy actor.
Mi nombre es Sebastián. Tengo cuarenta años. Soy actor desde los quince. Estudié artes escénicas. He sido famoso a ratos. No te rías. Estoy intentando presentarme. Qué risa tan bonita. ¿Qué papel debo representar para llevármela a la cama? ¿Dije eso en voz alta? Disculpa, la costumbre del monólogo. Por la calva de Sófocles. Respira, por favor. Te vas a ahogar en tu propia risa. Una mesa. Dos cafés. Una mujer que ríe. Un hombre en actitud de resuelta felicidad. ¿Ese hombre soy yo? Solo sé quién soy yo cuando estoy en las tablas: soy lo que el libreto me dice que sea, soy quien el director me pide ser. Afuera no hay libreto, no hay director, no sé quién soy o quién debo ser. Ahora, por un momento, tal vez lo sé, o tal vez no lo sé y por fin no me importa: Soy un hombre en actitud de resuelta felicidad. Es un buen momento para bajar el telón y preparar el siguiente acto.
Una cama. Una mujer desnuda duerme junto a un hombre. Soy ese hombre. Conozco esta obra. ¿Me quedé dormido otra vez? ¿Dónde está el reflector? Es Carmen. No es Carmen. Quisiera que fuera Carmen. No hay reflector. No es teatro. Al menos no el de las tablas. Es el teatro de la vida. En el de las tablas actúo, en el de la vida finjo. Carmen me hace sentir que no estoy fingiendo ni actuando. ¿Qué estoy haciendo? ¿Ser yo? Ridículo. El mito del yo es una soberana bobada. Estoy hecho de retazos de todos los personajes que he interpretado. Este gesto de impaciencia es de aquel trágico general que me ganó mi primer premio. Esa sonrisa es del galán de mi primera telenovela. Este silencio es del pordiosero de la película que se rajó en taquilla y los críticos aclamaron. Cuando estoy en el teatro de la vida es cuando más lo noto. Ninguno de mis gestos es realmente mío. Me gustaría un trago. Quiero pensar que Carmen duerme bajo mi brazo y no quiero despertarla. Si ninguno de mis gestos es mío, si todos pertenecen a un personaje que alguien imaginó ¿Quién soy yo? Nada. Nadie. Como Ulises frente al cíclope.
Una mesa. Un revólver. Una botella. Un vaso. Un hombre mirando el arma. Soy yo. Yo estoy mirando el arma. ¿Voy a suicidarme? Tiene sentido. Actor venido a menos se pega un tiro en la intimidad de su hogar. Los homenajes. Los mensajes contra el suicidio. Si te sientes triste llámame. Era tan buen muchacho. Brillante. Falso. Todo falso. Todos falsos. Yo el más falso. ¿Estoy fingiendo o estoy actuando? El hombre toma el arma. Yo tomo el arma. Se siente fría. Pesada. Real. El último acto. Ejecuto en la soledad un acto que está destinado al gran público, el que me restituirá la fama que malbaraté en ginebra y cocaína. El hombre pone el arma contra su sien. Pongo el arma contra mi sien. Miro a lo lejos. ¿Debería pronunciar un monólogo? Nadie me está escuchando. Es la puta costumbre. Sonrío con amargura. Es la sonrisa del condenado a muerte que interpreté hace algunos años. Sonrío y disparo. Las luces se encienden. El público me aclama. El director dice que fue un gesto de genialidad reemplazar el monólogo por esa retorcida sonrisa.
Un camino. Una mujer sonriente. Un hombre tranquilo. No hay reflectores. Es el teatro de la vida. Yo soy ese hombre sonriente. Carmen conversa conmigo sobre sus deseos de llegar a ser una gran actriz. Yo no soy capaz de seguir el hilo de la conversación de las puras ganas que tengo de tomar sus manos. Es extraño. Es incomprensible mirar a una mujer y pensar más en tocar sus manos que en follarla. Quiero follar con Carmen. Quiero aún más tomarla de la mano. No sé cómo hacerlo. La sonrisa de galán no es mía. Carmen se burla de todos mis avances. No me rechaza. Cree que no me la tomo en serio, que digo tonterías por mi genial capacidad de improvisación, que siempre estoy actuando. No actúo, Carmen, no contigo, no para ti, no en ti, no por tu culpa. No actúo y no finjo. No sé qué hago. ¿Qué hago, Carmen? Improviso. ¿Eso es lo que somos? ¿Una improvisación? Si pudiese simplemente tomarte de la mano, Carmen. Si pudiera acercarme y encontrar en tus labios ese beso de cuento de hadas que salva al príncipe de su propia miseria. Si pudiera acercarme lo suficiente a tus ojos para verme en ellos podría descubrir quién soy, quién puedo ser, quién era.
Una cama. Una mujer duerme junto a un hombre. Soy ese hombre. Se enciende el reflector. En unos minutos tendré que asesinarla. En la última función olvidé el revólver y tuve que improvisar una estrangulación. Fue ridículo. Carmen está molesta conmigo. Dice que bebo demasiado. Si supiera. Si realmente supiera todo lo que he dejado de beber por ella, con ella, en ella, para ella. Carmen me cuida como a un niño pequeño. Todo le da risa. Puedo pronunciar cualquier atrocidad. Puedo hacer cualquier tontería. Todo le encanta. Todo lo admira. Para ella no soy un hombre. Soy un actor. Improviso sobre su tema. Ella me dice quién debo ser y mis habilidades histriónicas funcionan por su cuenta. Soy lo que quieras que sea, Carmen. Lo soy tan bien que aplaudes y sonríes. Me admiras. Te despides con un tímido beso en la mejilla y la luz de otro acto se apaga.
Una mesa. Una botella. Un vaso. Un revólver. Una silla vacía. Un hombre mira por la ventana. Yo miro por la ventana. ¿Son esos los faros de un auto que pasa o es un reflector? El arma es pesada. Cada vez que la tomo en mis manos pesa más de lo que recordaba. Tengo que aprender a manejarla con naturalidad. Creo que está cargada. Compré hace unos días unas balas reales a un viejo amigo militar para ir a disparar en un bosque cerca. Tengo que familiarizarme con el arma. ¿Estoy actuando o fingiendo? Un hombre pone el revolver contra su sien. Yo apoyo el cañón del revolver 38 Smith and Wesson contra mi temporal. Qué buen nombre para un hueso: temporal; es decir, efímero. Creo que aquí va el monólogo. Mañana dirán que fue un accidente. Un fatídico accidente. Siempre me gustó esa palabra. La sonrisa me sale mejor que el monólogo. Al director le gusta. El celular suena ¿Cómo se me ocurre traer un celular a la función? Es Carmen. ¿Cómo estás? No estaba haciendo nada. Solo en la casa practicando unas líneas. Me salvaste del aburrimiento. Te veo en una hora. Me salvaste. Me salvaste. Solo tú puedes salvarme.
Una parada de buses. Una lluvia. Una mujer apoyada en una baranda. Un hombre junto a ella. Yo estoy junto a ella. Es Carmen. Es indudablemente Carmen. Las luces de los autos pasan. Carmen. Es este el momento. Lo sé. Algo me lo dice. Tengo un Deja Vu. He imaginado tantas veces esta escena. Tomo la mano de Carmen entre la mía. Sus dedos se abren como una bienvenida, un entrelazamiento de falanges y de alegrías. Te amo. Lo dije en voz alta. Sin preámbulos. Sin monólogos. El sonido de la T rompiendo el silencio de la madrugada. Ella me mira y sonríe. Puedo ver mi reflejo en sus ojos. Más y más cerca. El beso por fin nos encuentra. Las luces se encienden. El público aplaude. Carmen está radiante. Me abraza. Me felicita. Dice que estuve magnífico. Sale el director a darme las gracias.
Una mesa. Una botella. Un vaso. Un revólver. Una silla vacía. Un hombre. Un revólver. Una silla vacía.
Carlos Arturo García Bonilla
Ni costeño, ni cachaco, ni caleño, ni guajiro, ni alto, ni bajito, ni gordo, ni flaquito, ni joven, ni viejo, ni diplomático, ni poeta, ni músico, ni emprendedor, ni ajedrecista, ni ingeniero. Escribe a cada rato y se inventó la Torre del Silencio. Papá de Carlitos y Sofía, hermano, hijo. Entre sus mayores logros se encuentran ganar unas becas por buen estudiante a los quince años, y ganar una canasta de cervezas en una rifa a los dieciocho. No es un escritor serio, se ríe mucho. Se la pasa jugando con palabras por lo que difícilmente podría decirse que se circunscribe a alguna corriente o escuela. Es muy malo para escribir reseñas autobiográficas, pero tal vez no es tan malo para contar historias.