«Todos los días me parecen tan obvios que no quiero despertar»
‘Mors Latens’ – Mustela Nivalis
Por: Andrés Angulo Linares (Olugna)
Cinco agujeros permanecen vacíos. El cilindro gira hacia la derecha, su cabeza lo hace hacia la izquierda y regresa al mismo punto. Su expresión es fría, su mirada permanece fija y la expresión de su rostro cambia por breves segundos. Una delgada columna de humo gris contrasta con la pared negra del fondo.

El cilindro sigue girando. Su cabeza repite el mismo movimiento, el humo grisáceo continúa rompiendo la monocromía. Es una secuencia atrapada en un bucle que no concluye. Dos minutos y treinta ocho segundos en los que la misma escena se repite una y otra vez; una inercia atrapada en una cinta VHS, detenida en algún lugar de los años ochenta.
La velocidad con la que gira el cilindro contrasta con el movimiento aletargado de la cabeza del protagonista. El humo, ese elemento que parece contarnos un desenlace, podría anticiparnos una intención. No lo sabemos, quizás sea mejor así.

Cuando el tiempo parece agotarse es cuando más largo se siente: una muerte latente que se mantiene expectante a la detonación.
—No pretendo ofrecer respuestas ni transmitir un optimismo forzado—, dice el artista detrás de la obra ‘Mors Latens’ que presenta bajo el nombre de Mustela Nivalis.

Hay una intención incómoda en ‘Mors Latens’: muchos morimos a los 16 años, pero nos enteramos después de los 40. Esa sensación que nos acompaña, que se mantiene a nuestro lado hasta el final, necesita una atmósfera que prolongue el letargo, que extienda la incertidumbre. En el caso de la canción —y del video— del artista ecuatoriano, es la psicodelia y el indie rock los encargados de prolongar ese espacio difuso de soledad, de vacío.
La psicodelia, en ‘Mors Latens’, se recrea en el efecto de viento que acompaña los acordes de guitarra, en la voz y en la lentitud de la canción. Podría ser un escenario melancólico, pero también uno de quietud. Tampoco lo sabremos.
—Para mí, el arte también debe ser capaz de mirar de frente aquello que incomoda y duele—, agrega.
La letra de la canción está construida sobre imágenes inconclusas. Al igual que el visualizer, somos nosotros los encargados de darle un propósito a cada escena propuesta por Said Jhessua Moncayo Pérez, el artista que se presenta como Mustela Nivalis. De una puerta entreabierta no tenemos forma de saber si está a punto de abrirse o si está por cerrarse; una incertidumbre que tampoco es resuelta por el músico. Esa es nuestra tarea.
«Puerta entreabierta, ¿dónde está el lugar? Cae el diluvio y el aire comienza a faltar»

No hay una literalidad entre el video y la letra; ambos comparten la ambigüedad. La presencia que insinúa la lírica se encuentra con el movimiento de la cabeza del protagonista cuando gira a su izquierda para observar algo, a alguien. Said se refiere a ella como ilusión, pero podría ser su antagonista: la resignación.
«No huyas de mí, fiel ilusión latente. Neblina hiriente que apuñalas mi pensar».
No es la única presencia. El amor, el erotismo y el deseo se proyectan desde una imagen corporal concreta que protege el anonimato, porque la tarea de ponerle nombre es nuestra.
«Tus curvas y vértebras alegran cada instante. Mientras en mi piel la sensación electrificante»
—La frase «la ciudad cementerio es ya de almas sin vida» lleva esa sensación más allá de lo personal, retrata un entorno lleno de personas atrapadas en la rutina—, explica el artista otro segmento de la canción.
La incertidumbre, incómoda para muchos de nosotros, se resuelve de tajo con la respuesta de alguien que está agotado, que está en letargo: «Da igual».
La muerte latente deja en claro nuestro papel en la vida: pequeños carnívoros, furiosos y escurridizos, unas Mustela Nivalis (+) tratando de sobrevivir, aunque ello implique la resignación.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador, a la segunda —con un talento negado para ejecutarla— como espectador.

