«La Policía llega a tiempo e impide que la mujer se ahorque. Claro, la Policía siempre se tira todo».
Opio en las nubes — Rafael Chaparro Madiedo
Por: Andrés Angulo Linares (Olugna)
No podrán alcanzarlo. A diferencia del pequeño sabueso que atraviesa las calles sobre su patineta, los hombres que lo persiguen son torpes, lentos y acartonados. Eligieron ser policías y quizás quieren atraparlo porque no soportan que un perro prefiera rayar paredes antes que obedecer las reglas de una ciudad sin alma hecha de cartón.
«Me dieron ganas de salir con mi arsenal, el sol me inspira y mis sprays no aguantan más»

La rebeldía no conoce de geografías. En Manizales, donde los sonidos duros han dejado una huella importante en la escena musical, Los White Noise encontró su lugar con una propuesta que la banda definió como «power punk hecho en las montañas cafeteras».
Más de veinte años después, cuatro discos y varios cambios de integrantes, la banda sigue encontrando motivos para hacer ruido.

Una gorra plana, un hoodie rojo y una mochila cargada de aerosoles: no es un perro cualquiera. Es un símbolo que atraviesa toda adolescencia, pero que, en muchos casos, se domestica antes de la vida adulta. La ciudad —en cualquier lugar, en cualquier tiempo—, al igual que la Policía, la religión, la escuela y otras imposiciones, no ha cambiado. De roca, asfalto o cartón —como en ‘Skaterosol’—, siempre ha sido una mole sin dios que agacha la mirada ante la miseria, un monumento donde la ley se ocupa de mantener las paredes limpias.
«No creas que me atraparás. Es lo que quieres, pero no lo lograrás»

El ruido blanco fue el punto de partida para Los White Noise: una frecuencia que reúne todos los sonidos y que, para la banda, representa un punto neutro donde confluyen distintas influencias musicales. Esa mezcla encontró su identidad en el power punk. El camino comenzó con una guitarra construida artesanalmente por John Higuita, quien no tenía dinero para comprar una. Aprendió sus primeros acordes con la ayuda de otro guitarrista de la banda. A veces, hacer ruido comienza por conseguir el instrumento.
El punk, para el sabueso del video como para muchos de nosotros, fue el refugio de esa ciudad acartonada. El power punk, para Los White Noise, fue un acto de rebeldía que ha sostenido desde 2004: una fusión orgánica de influencias, algunas de ellas californianas, nacida en el corazón de las montañas cafeteras.
Ahora, Los White Noise presenta ‘Sin Dios y Sin Ley’, un álbum que también encuentra en la cotidianidad el material para construir sus canciones. El título surgió de una expresión de la madre de John Higuita cuando lo reprendía por escuchar música a alto volumen. ‘Intro’, la primera pieza del disco, recoge en apenas 11 segundos una escena de preocupación materna, con enojo y cariño, por los mariguaneros con los que anda su muchacho.
«El clonazepam ya no me calma la ansiedad, pintaré un cráneo en las paredes del salón»
En ‘Skaterosol’, la cuarta canción de ‘Sin Dios y Sin Ley’, Los White Noise construye una ciudad donde la vigilancia y la autoridad persiguen cualquier gesto que se salga de las reglas. El perro que recorre sus calles sobre una patineta y grafitea sus paredes no solo busca escapar: reivindica su derecho a ocupar el espacio, dejar su marca y encontrar en sus propias pasiones una respuesta a la ansiedad que también atraviesa la canción.
‘Sin Dios y Sin Ley’ no concentra su inconformidad en un solo frente. En ‘Putrefuckshion’, Los White Noise cuestiona la manipulación política y a quienes defienden a sus dirigentes como si se tratara de equipos de fútbol; en ‘No Sonamos en la Radio’, dirige la mirada hacia una industria que margina aquello que no considera rentable ni popular. Cada canción del disco es una mirada distinta de una misma resistencia: no aceptar las reglas sin preguntarse quién las impone y a quién benefician.
Sabíamos que no era un perro cualquiera. En ‘Skaterosol’, un mensaje cobra fuerza: lo que hacemos puede servir de inspiración para otros. La rebeldía siempre encontrará otra pared para rayar.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador; a la segunda —con un talento negado para ejecutarla—, como espectador.

