Villa de Leyva, una experiencia que estimula los sentidos, un recuerdo que no desaparece
(Villa de Leyva, Boyacá, Colombia)
Por, Fay Buitrago
Nos vemos luego, Capital
Me propusieron abandonar por un fin de semana la ciudad en la que nací y he vivido siempre: Bogotá. Cuando me hablan de irme de viaje, siempre me imagino calor, ropa cómoda, risas, gente enérgica, noches largas y algo para hidratarse… lo que me emociona y por eso sin pensarlo más de un minuto, dije de una vez que sí.
Llegó el día cero, 23 de mayo, 6:00 de la mañana. A esa hora, ya estaba con maleta empacada en la estación de Transmilenio ‘Héroes’. Allí me encontré con una de mis amigas quien ya había llegado a pesar del frío que atrapaba la capital. Sentí ese viento helado, pero ya me había informado del clima del lugar a donde nos dirigíamos, que no era tan lleno de calor como quería, entonces me abrigué muy bien.
Esperando junto a otros cinco viajeros, que llegaran las aproximadamente 15 personas que faltaban por abordar el bus, olvidé el frío y me concentré en disfrutar del viaje. Posteriormente llegaron los demás, entre ellos mis dos amigas y arrancamos rumbo a Ubaté.

La Basílica de Ubaté
Confieso que la noche anterior al viaje me había acostado muy tarde. Esperaba recuperar el sueño en el bus donde viajaba, por lo menos, hasta que paráramos a desayunar. Sin embargo, ante la compañía, la energía y las conversaciones que me acompañaban, dormitar no fue una opción. Además, a pesar del movimiento, una de las cosas que más disfruto de viajar por tierra, es ver de cerca paisajes increíbles y no recomiendo perdérselos.
Pasaron cuatro horas de ver paisajes, vacas, lagunas, cantos, risas y, por supuesto, la oportunidad de compartir en Instagram la infaltable foto con las mejores amigas de viaje. Gracias a la velocidad media del conductor, llegamos a Ubaté en 90 minutos.
No pasó mucho tiempo, abordamos de nuevo el bus y a escasos metros comenzó la experiencia de fotografiar los lugares que visité, tal como se había planeado con varios meses de anticipación.

El primer lugar que visité fue el centro espiritual Basílica Menor Divino Salvador de Ubaté (declarada bien de interés en 2005, según lo reporta la Gobernación de Cundinamarca y la Alcaldía de Ubaté) y ahí comenzó la labor fotográfica.
Al ingresar a Ubaté el clima que pude percibir, efectivamente, no fue muy cálido. Así que el pantalón, abrigo y tenis que llevaba puestos eran perfectos para ésta experiencia.

Lo primero que vi al bajarme del bus fue una galería de arte exhibida en un corredor que me dirigía a la Basílica Menor Divino Salvador de Ubaté. Alrededor del centro espiritual se paseaban varios adultos mayores que vestían de ruana y falda las mujeres o pantalón de paño los hombres, junto con los sombreros típicos de los boyacenses.
Luego de conocer un poco a la gente, que es lo que más me gusta, ingresé a ese templo, donde descubrí que entraban varios adultos mayores con un evidente respeto que demostraron al quitarse el sombrero cuando pasaban la puerta, echándose la bendición y agachándose un poco con indudable devoción.

Por fuera, la basílica se ve un tanto básica dentro de los parámetros arquitectónicos de una iglesia. El color del santuario por fuera, casi en su totalidad, es blanco y beige. Ese día, sería acompañado por un cielo oscuro, que más tarde emitió una leve llovizna.

Hola, Sutamarchán

No muy lejos de Ubaté conocí un lugar que me confirmó lo importante que es tener don de gentes, algo que seguramente tienen muy claro los boyacenses, ya que entrados en confianza, las conversaciones, en especial con los hombres, son a otro nivel. Por lo menos, así lo demostraron tres de los varones con los que crucé un par de palabras en tanto llegué a Sutamarchán y que me hicieron sentir en confianza.

Sin pelos en la lengua y ningún problema para reírse, este municipio me recibió abiertamente, pero como si eso fuera poco, empecé a ver, no menos de 10 perros que andaban en combo por las calles, haciéndose amigos de cada persona que se encontraban y eso sí que me agradó.

Como era de esperarse, debido al arte que se puede admirar dentro de las iglesias, visité otro templo, esta vez en Sutamarchán. Lo que me sorprendió fue El pozo de la Virgen. Este lugar queda bajo la basílica en forma de corredor con curvas que llevan al visitante a leer mensajes bíblicos y a sentir el clima escalofriante allí abajo, donde al final está el pozo, que según una piedra tallada, contiene agua certificada como pura y está ahí, cual reliquia, recordando el agua bendita del bautismo.
Chiquinquirá presente

Chiquinquirá –un sitio al que llegué y en el que sólo vi gente trabajadora– merece la admiración de cada visitante y habitante. Sus colores coloniales hicieron que la lluvia que me recibió ese día, a eso de la una de la tarde, simplemente me hiciera sentir acompañada.

Sin embargo, si a usted no le gusta la lluvia, pero le toca el turno de recibirla, puede refugiarse tranquilamente en la iglesia de este municipio y distraerse un buen rato.
El templo cuenta con pantallas modernas que registran la entrada y salida de los visitantes, además de espejos, estatuas e incontables adornos que se encuentran al interior de la iglesia, a la que recomiendo dedicarle un muy buen tiempo para contemplar.

Villa De Leyva, la meta
El sitio más anhelado, nuestro destino final, la meta con la que salimos de Bogotá… al fin alcanzada por nuestros pies.
Villa De Leyva es la segunda ciudad más importante de Colombia en el sector turístico. Es uno de los lugares más visitados por los extranjeros y ahí estaba yo, regresando a ese lugar que sólo una vez había visitado y que era importante repetir lo más pronto posible.
Tenga por seguro que hacer este viaje con amigos le va a dejar una experiencia gratificante que le ayudará a afianzar sus relaciones y lo recargará de energías para volver al “corre, corre” de la capital.
El viaje ya está por terminar, pero los recuerdos siempre van a quedar en la mente de sus visitantes, al recordar este mágico sitio en el que hay un buen caldo de ojo, claro, además de pequeños negocios en los cuales tomarse un café, una cerveza con música de fondo, lo hará sentirse bendecido, como me pasó a mí.
De regreso a la Capital
Por supuesto que la meta del viaje no puede ser el final, mi regreso a casa también cumple su papel en esta historia.
Antes de recomendar una pasadita por un par de lugares más, no puedo pasar por alto un sitio en el cual transité en la noche. Si usted es de los míos y prefiere un lugar casero, bueno, bonito y barato, le recomiendo el hotel Oasis a minutos de Villa de Leyva, exactamente en Sutamarchán, donde lo dejarán tranquilo y dormirá como si estuviera en casa de un familiar.
En su camino de vuelta, si reside en Bogotá, le puedo recomendar que visite dos lugares que seguramente le agradarán para tener un momento de paz y de compras, Santa Sofía y Ráquira. En este último, puede deleitarse con deliciosas arepas, ruanas autóctonas, pocillos, llaveros, aretes, quesos exquisitos y dulces irresistibles. Lo mejor, a un precio muy cómodo.
Este viaje me dejó una lista grande de risas, anécdotas, experiencias, conocimiento de una parte de mi país que no recordaba y quedé con ganas de más, así que si se anima a ir, puede invitarme.