LaK-Zona y el Eco de Alberth

LaK-Zona y el eco de Alberth: resistencia en la Calle 15


Por: Gatta Negra


Bogotá es una ciudad de capas, una urbe que se construye sobre los vestigios de lo que fuimos. En el centro histórico, ubicado en la localidad de Santa Fe, allí donde la memoria se hace piedra y pavimento, existe un punto geográfico de alta tensión donde la ciudad parece detenerse, no por calma, sino por el peso de su propia historia: la Calle 15. Es ahí, en el corazón de lo que la tradición oral y la memoria local han bautizado como el Camellón de los Carneros  —un nombre que resuena con los ecos de los antiguos mercados y el trasiego de la vieja Bogotá—, donde la herencia de seis generaciones se encontró con el sueño de un hombre que decidió que ese asfalto debía servir para algo más que para el olvido: Alberth Piñeros.

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Fotografía tomada de Facebook

La historia de LaK-Zona (+) es, ante todo, la historia de una apuesta por la vida en medio de un sector complejo. Hablamos de una esquina emblemática, un edificio que respiró la elegancia y el murmullo del antiguo Hotel Moderno, testigo del paso del tranvía y de la cercanía del caudal ancestral del río Vicachá.

Alberth supo leer esa arquitectura no como una reliquia del pasado, sino como una plataforma para el futuro. Al habitar esta casa, LaK-Zona se convirtió en un faro que conectó el peso de la tradición con la urgencia con el arte contemporáneo, la música y el hip hop.

El arte como tejido de la ciudad

Desde el año 2010, y consolidándose formalmente en 2015 bajo la figura de la ONG ASOCAMEC (+), este espacio se erigió como un faro para el artivismo. Alberth no era solo un gestor, era un arquitecto de la cohesión comunitaria en un terreno adverso. Su visión trascendía el escenario; entendía el urbanismo táctico y las artes relacionales como herramientas para que el habitante del centro —aquel que camina la Jiménez o que habita las veredas cercanas— recuperara su derecho a habitar una zona que la ciudad suele dar por perdida.

LaK-Zona (+), junto a proyectos emblemáticos como el Festival de Vicachá y el Museo Vivo Urbano Ancestral, demostró que la economía cultural puede ser el eje de una democracia urbana real. Alberth logró (+) convertir la gestión cultural en una trinchera de paz: allí donde antes reinaba la indiferencia, se instalaron talleres, encuentros y un diálogo constante con las políticas públicas para que los Derechos Culturales dejaran de ser palabras en papel y se convirtieran en realidades territoriales.

El asfalto histórico y la siembra del líder

La Calle 15 fue su trinchera, el escenario de su incansable gestión diaria y, de forma profundamente dolorosa, el lugar donde el 20 de mayo de 2026 su andar se interrumpió de manera abrupta en la vía pública, afuera del centro cultural. Fue un golpe seco que sacudió los cimientos del sector artístico de la capital, recordándonos la vulnerabilidad de quienes defienden el territorio en entornos desafiantes.

Sin embargo, el suelo que lo vio caminar no se llenó de silencio. Días después, la noche del lunes 25 de mayo, ese mismo frente de la Calle 15 se transformó en un santuario de luces. Una velatón multitudinaria convocada por colectivos, líderes de derechos humanos, artistas y creadores de toda la ciudad blindó el lugar con el calor del fuego y la voz colectiva de un movimiento que reclamaba justicia a través de todas sus expresiones artísticas. Ese encuentro demostró que la presencia de Alberth en el territorio no se borra con la violencia; al contrario, se funde con la misma historia de la calle. Su trayectoria nos invita a no mirar el vacío con resignación, sino con la responsabilidad que él siempre nos delegó: la de seguir ocupando el espacio, a pesar de todo. Más que un vacío, su partida nos deja una trinchera.


Honrar su memoria no es contemplar lo que falta, es asumir la responsabilidad de proteger el refugio que él construyó. Seguir habitando este lugar es nuestra forma de decirle a la ausencia que su legado sigue vivo; que su lucha sigue vibrando en cada rincón de la calle.

La fuerza de un legado que no se detiene

La obra de Alberth no fue solo la fundación de un epicentro cultural y artístico, fue el acto político de mantenerse vigente en el corazón de una Bogotá que a veces olvida a sus hijos. Él nos enseñó que la memoria histórica no se guarda en vitrinas, sino que se ejerce caminando la calle, produciendo festivales, defendiendo el paisaje cultural del río Vicachá y creyendo, contra toda corriente, en el poder transformador de la colectividad.


LaK-Zona permanece hoy como un organismo vivo, un espacio que, impregnado de la voluntad de su fundador, resiste y sigue siendo un punto de encuentro para el arte. Honrar a Alberth es, precisamente, mantener las puertas abiertas; es hacer que su eco siga resonando en la Calle 15, recordándonos que el centro de Bogotá es un territorio de posibilidades y que, mientras existan creadores que caminen su historia con la pasión con la que él lo hizo, la memoria de este lugar seguirá escribiéndose en tiempo presente.


Gatta Negra: alquimista de la tinta y el verso

Con la sensibilidad de una visionaria, esta editora, faro y brújula de la revista, no escribe: teje universos en el tapiz del tiempo, hilando la madeja entre lo terrenal y lo onírico. Se adentra en el mantra de las letras para capturar la esencia fugaz de la existencia. Es una tejedora de sueños despiertos. Cada artículo es un conjuro, donde sus manos no escriben, sino que cincelan narrativas, uniendo la arcilla de lo real con el oro de la imaginación. El ritmo de su pluma es regocijo que se encuentra con la armonía secreta del universo, es la chamana que invoca la historia: busca la verdad desnuda de la vida y la viste con el ropaje de la alta poesía.

Su santuario es el diálogo entre la palabra escrita y el diapasón de la música. En la quietud de la noche, bajo el ojo lunar, sus sagrados cómplices de nueve vidas la observan, mientras ella da forma a la autenticidad que yace latente en lápiz, papel y tinta.

La escritura mi refugio, mi santuario.

El HipHop, mi movimiento, mi danza inmutable.

La música y el arte mi misticismo, mi brújula.

La pluma, el cuenco de mi voz, mi alma que se expresa en cada línea,

una parte de mi espíritu que se despliega.

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