Cada siete días

Cada siete días
Madre campesina, pintura sobre oleo. Autor: David Alfaro Siqueiros

El Renault 9 termina su recorrido. Son las tres de la tarde y aún falta una hora de camino, una hora que debe recorrer a pie, pues no hay carro que la lleve hasta allí. Se cambia sus zapatos por unos más cómodos, se cuelga su bolso y de nuevo, su hombro derecho recibe el peso del sustento de su familia.

Por, Erika Molina Gallego

Una mujer sola, en un granero, cuenta los billetes que tiene en la mano, separa lo del pasaje y lo guarda en su bolso. Ya ha comprado las verduras que llevará a su casa, hace cuentas, el dinero que sobra debe alcanzarle para lo que falta, los granos, el pan y la carne que tanto le gusta a su niña pequeña. Piensa en sus hijas y sonríe al pensar que por fin las verá, después de una larga semana de trabajo.

Ya tiene todo. Con algunas monedas que le quedan compra un paquete de colombinas, no puede llegar con las manos vacías. Empaca todo en un costal y sola, con sus fuertes brazos, carga en el hombro derecho todo el peso de su responsabilidad.

El viaje es largo, pero con cada kilómetro que recorre, ella siente un gran alivio. El sábado es el día de la felicidad. Ella nunca sale, hace mucho no sabe qué es una fiesta, un paseo, ni mucho menos lo que es ponerse una blusa nueva, o comprar un par de zapatos. Pero sus hijas siempre están bonitas, vestidas a juego cual gemelas, inocentes del sacrificio por el que son vestidas.

El Renault 9 termina su recorrido. Son las tres de la tarde y aún falta una hora de camino, una hora que debe recorrer a pie, pues no hay carro que la lleve hasta allí. Se cambia sus zapatos por unos más cómodos, se cuelga su bolso y de nuevo, su hombro derecho recibe el peso del sustento de su familia.

Camina con paso firme, erguida, con la fuerza del sol brillando en su mirada. Ni el cansancio, ni el calor merman su alegría. Sólo quiere llegar y poder abrazarlas, dormir con ellas aunque sea dos días. El lunes volverá al encierro del trabajo.

Mientras tanto, en una casa grande sus hijas la esperan con grandes sonrisas. Anhelan sus brazos, más que la comida o las colombinas.
Su madre es el cielo, y se aferran a él todo lo que pueden cada siete días.

 

Por, Erika Molina Gallego

Medellín (Colombia)

 

 

Reseña del Autor

Enamorada de las letras y la música, descubriendo mundos a través de los libros, queriendo encontrar el verdadero sentido de la literatura más allá de lo intelectual.

 

Revisó: Andrés Angulo Linares

“Un relato conmovedor que sensibiliza, sobre la lucha que toda madre tiene por sacar sus hijos adelante”

 

Pintura original

Madre Campesina
David Alfaro Siqueiros. Madre Campesina. 1929. Óleo sobre arpillera. 249 x 180 cm. Museo de Arte Moderno, México, México.

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