«Siempre has de ser en el otro Y el otro en ti»
‘Reflejos’ (Catalina Marín ft. Mario Santa)
Por: Andrés Angulo Linares (Olugna)
No era buen augurio. El sonido seco del badajo contra la piel interna del hierro presagiaba la desgracia —o al menos la última despedida— de algún vecino. El adiós, cifrado en el lamento de una campana desde la torre de una iglesia, dejaba claro que la muerte del otro también arrastra, de algún modo, a quienes escuchan el eco pausado desde el campanario.
John Donne escribió la decimoséptima[1] de sus meditaciones atravesado por la fragilidad del cuerpo y la cercanía de la muerte. En ella aparece una idea que rompe cualquier ilusión de aislamiento: «ningún hombre es una isla». En el mismo movimiento deja la incertidumbre de si las campanas suenan para quien fallece o si lo hacen para anunciar su muerte.
En torno a esa premisa se ha movido buena parte de la lectura posterior de su obra. No como certeza cerrada, sino como pregunta que no termina de agotarse. Ernest Hemingway la traslada a otro escenario en For Whom the Bell Tolls, donde la interdependencia deja de ser teológica y se vuelve humana, atravesada por la guerra y la implicación directa en la vida del otro.

La música también ha orbitado esa misma intuición. Desde el rock hasta registros más recientes, la idea reaparece como una forma de insistencia más que de explicación. En ese desplazamiento se inscribe ‘Reflejos’, de la artista colombiana Catalina Marín, junto a Mario Santa.
El sonido pausado de la guitarra abre la canción. El eco de la campana en ‘Reflejos’ se desplaza hacia los acordes que anteceden la primera intervención vocal, la del artista invitado Mario Santa.
«Dicen que todos estamos hechos de pedacitos de historia de todas las personas que rodean nuestra vida» se lee en la descripción del video, siguiendo la premisa de Donne.
La voz de Mario Santa interpreta, muy cerca de la recitación, las dos primeras estrofas de ‘Reflejos’. Catalina Marín continúa con los siguientes segmentos hasta que ambas voces se funden en un mismo cuerpo vocal. Es una canción que privilegia el folk, mientras que los sonidos modernos se proyectan de manera sutil.
—Busco lanzar mi primer álbum, que tiene como concepto la vida, la muerte y la transición del duelo—, señala Catalina Marín.

«Padre, tenés la edad de un niño al caminar. Madre, dejaste atrás tus juegos por amar, canta Mario. «Siempre has de ser en el otro y el otro en ti. Las sombras refrescan las hojas que fueron raíz», continúa Catalina. «Siempre has de ser en el otro y el otro en ti» repiten ambos en los coros.
Si bien la reflexión planteada por Donne en 1624 no es resuelta en ‘Reflejos’, la canción insiste en decirnos que aquel que llamamos otro es una extensión de nosotros mismos.

‘Aranjuez’, segunda canción que presenta Catalina Marín, es una narración íntima que se aloja en el territorio y reconstruye un fragmento de su árbol genealógico desde los ritmos que habitaron los campos antioqueños y se extendieron hasta Medellín.
—Mis canciones tienen un sentir muy contemplativo y pausado—, agrega la cantautora y continúa. —Crear canciones para mí se ha convertido en una especie de catarsis y abrigo para mi alma.

Su melodía acompaña una lírica que rinde homenaje a generaciones anteriores desde sus símbolos culturales. ‘Aranjuez’ es taciturna y abre un espacio para que Catalina encarne la voz de la casa familiar: un tributo a la memoria de sus abuelos.
«Vas por la calle en frente del jardín. Subes por los Álamos, volteas a la izquierda dos veces y bajas ahí, ahí en toda la esquina, estoy con tres pisos que tejen más de 50 años de historia»
—Lo que yo busco […], es contar estas pequeñas historias que han sido parte de mí y que han forjado de alguna manera mi camino creativo—, agrega Catalina.
‘Reflejos’ reafirma la reflexión de Donne y Hemingway; ‘Aranjuez’ la desplaza hacia el territorio, donde el otro deja de ser una idea aislada y el suelo también devuelve parte de lo que somos.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador, a la segunda –con un talento negado para ejecutarla– como espectador.
[1] Meditation XVII es un texto del escritor inglés John Donne incluido en Devotions upon Emergent Occasions (1624), escrito durante una enfermedad grave. En esta meditación, Donne desarrolla la idea de que ningún ser humano existe de forma aislada, sino que forma parte de una totalidad humana interconectada. El texto concluye con la célebre imagen de las campanas, que simboliza cómo la muerte de una persona afecta simbólicamente a toda la comunidad.

