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‘Michael’: del deslumbramiento escénico a la sombra narrativa de la vida del Rey del Pop

Por: Sebastián González Z.


Si vamos a hablar de ‘Michael’, el biopic más taquillero en la historia de un músico, no podemos limitarnos a las luces del escenario, los movimientos icónicos o la potencia vocal desbordada del Rey del Pop. Para entender la magnitud de la obra, es obligatorio adentrarnos en el espejo roto y combativo de la familia Jackson, con su patriarca, Joseph ‘Joe’ Jackson, a la cabeza.


Esta es la crónica de un hombre que decidió fabricar un imperio, pero no desde la industria siderúrgica de Gary, Indiana, a mediados de los sesenta, sino desde la mano dura y, muchas veces, vil frente a sus hijos: Jackie, Tito, Jermaine, Marlon, Brandy, Rebbie, La Toya, Janet y, por supuesto, Michael. En este artículo iremos más allá de la coreografía y el talento. Analizaremos un torbellino de lealtades, rencores y acuerdos silenciosos, para intentar responder la pregunta que nos inquieta a más de uno, empezando por mí: ¿Se puede honrar la vida de una estrella mintiéndole a su propia historia?

Desde sus primeros anuncios, el director Antoine Fuqua dejó claro que la cinta no sería un biopic convencional de dos horas. En 2024, en entrevistas promocionales, reveló que la intención era rodar una película de entre tres y cinco horas de duración, un formato casi de largometraje-maratón, que abarcaría desde los inicios de Michael en la música, con los Jackson 5, hasta sus últimos momentos de vida. La idea era cubrir de forma minuciosa la trayectoria musical, la vida personal, los traumas infantiles, la presión de su padre Joe Jackson, la creación de sus grandes álbumes y, por supuesto, los escándalos que atormentaron su existencia, incluyendo las acusaciones de abuso sexual y los procesos judiciales.


El guion original no pretendía ser una película de «mejor» o «más grandiosa» sobre Michael; pretendía ser una mirada psicológica, casi cinematográfica, a un hombre atrapado entre la adoración masiva y el rechazo institucional. La promesa era atrevida: mostrar cómo el sistema de la industria, la presión mediática, la familia y el dinero construyeron al ídolo… y luego le hicieron pagar la factura. Ese fue el proyecto que los productores presentaron a la prensa, a los fans y a los estudios, y que el público empezó a imaginar: una ventana íntegra a la vida de Michael Jackson, sin miedos.

La película empieza con una imagen cargada de simbolismo: Joseph Jackson cargando las pesadas cadenas de la fábrica en Gary, Indiana. Es la presentación de un patriarca forjado en la dureza de ese mismo metal; un hombre déspota que no solo trabajaba el acero, sino que convirtió el talento de sus hijos en una maquinaria de producción de hits para escapar de la pobreza y mudarse, finalmente, a la opulencia de Encino, California.

Sin embargo, antes de avanzar en la cronología, hay una frase que actúa como el motor de su tiranía y retumba desde el inicio: «¿Quieren trabajar en una fábrica de acero como yo por el resto de sus días?» o, en su defecto, otra como «En esta vida, eres ganador o un perdedor». Joseph lanzó este ultimátum a modo de mantra ante el reclamo de unos niños agotados que, en los albores de los Jackson 5, debían compaginar la escuela con ensayos extenuantes hasta la madrugada. Para él, el cansancio era una debilidad que no se podía permitir; el incumplimiento se pagaba con la correa en mano, una disciplina implacable que ‘Mike’ conocería mejor que nadie.


Joe no solo fue un padre severo. Fue el primer gran manipulador en la vida de los Jackson. Su método consistió en cimentar un imperio sembrando semillas de presión, miedo y una dependencia absoluta. Bajo una vara de disciplina que nunca supo distinguir entre el afecto y el control, Michael creció con una vida social anulada y al servicio total de su familia desde la infancia. Fue ese vacío, precisamente, el que años más tarde lo llevaría a componer una pieza tan desgarradora como ‘Childhood’.

Dicen que cuando el público termina odiando al antagonista de una obra, es porque la tarea narrativa se cumplió con creces. En este sentido, el casting de Colman Domingo es magistral; su interpretación logra capturar la estampa de un hombre con un hambre voraz de gloria y dinero, alimentada por un maltrato tácito. Domingo evita caer en el cliché del villano de caricatura y nos entrega un papel humano pero aterrador, consolidándose como la segunda figura en importancia y relevancia dentro de la cinta.


La banda sonora de Michael no es solo un menú de éxitos; es un índice emocional de la narrativa: ‘I’ll Be There’, ‘Never Can Say Goodbye’ y el medley de ‘I Want You Back’ / ‘ABC’ / ‘The Love You Save’ funcionan como hitos de la infancia musical del grupo. Cuando la película cierra su primer acto con esos temas, no solo está remitiendo a la nostalgia de fans viejos, sino subrayando que el mito de Michael no nace en 1982 con ‘Thriller’, sino en los años 70, en Gary, con cinco hermanos cantando bajo el látigo de Joe.


Las coreografías de los Jackson 5 están diseñadas para mostrar cómo un niño se mueve entre otros niños, pero anticipa ya que será la única estrella: sus pies, su torso, su expresión se destacan en el conjunto, como si el sistema coreográfico sintiera que basta con que él se despegue apenas unos centímetros para que todo el grupo se vuelva su sombra. Ese contrapunto entre el grupo cerrado y la estrella individual refuerza la idea de que la familia Jackson es, al mismo tiempo, el suelo y el techo de Michael: el lugar donde nace su electricidad y también el lugar donde empieza su compulsión por huir.


En la película también logramos evidenciar cómo Michael también construyó parte de su mito alrededor de una relación muy particular con lo extraño, lo infantil y lo simbólico. Le fascinaban los animales poco comunes en una casa normal: tenía una atracción especial por especies exóticas y por vivir rodeado de criaturas que reforzaban la atmósfera casi de cuento que quería para su mundo, especialmente en Neverland. Esa elección no era solo capricho; hablaba de su deseo de escapar de lo cotidiano y de habitar un espacio propio, suspendido entre circo, zoológico y fantasía.

A eso se suma algo que marcó su imagen pública durante años: su síndrome de Peter Pan, o más exactamente la percepción de que nunca quiso abandonar del todo el universo de la infancia. Michael era un devoto de Peter Pan, ese niño que no crece, y también de historias como El Mago de Oz, donde un mundo ordinario se rompe para dar paso a otro más brillante, raro y emocionalmente más libre. En él, esos relatos funcionaban casi como un espejo: no solo le gustaban, sino que parecían explicar su manera de existir, siempre entre la nostalgia de niño y la presión de ser una figura adulta gigantesca.


Un elemento que la película deja apenas esbozado, y que, sin embargo, resulta fundamental para entender la dimensión real de Michael Jackson, es el papel de John Branca y Bill Bray como fuerzas que operaban en dos planos completamente distintos, pero igual de determinantes.


Branca goza de un protagonismo clave en la película, dado que se le introduce como el tipo que empezó su relación rompiendo corazones en Encino, siendo su primera tarea despedir a Joseph Jackson vía fax por orden de Michael. Sin embargo, este rol estelar no es fortuito: al ser uno de los productores ejecutivos del filme, John tiene el poder de moldear el mito a su conveniencia, proyectándose en la pantalla como el estratega indispensable del Rey del Pop.


El contraste en la vida real es tajante. Hoy enfrenta una feroz batalla judicial impulsada por Paris Jackson, quien cuestiona su gestión y lo acusa de intimidación y de despilfarrar la herencia financiando esta misma cinta. En medio de esta pugna, Branca encarna la estructura que sostenía al artista como fenómeno global: el control legal, la administración del legado y la construcción de una figura que ya no solo respondía a lo creativo, sino a intereses mucho más amplios. Su presencia sugiere esa tensión constante entre el genio y la industria, entre lo que Michael era y lo que debía ser gestionado, protegido e incluso, en ocasiones, contenido. No es menor su rol, porque en él se refleja cómo la historia del artista también fue escrita desde oficinas, contratos y decisiones estratégicas.


En contraste, Bill ofrece una perspectiva mucho más cercana y real. Como guardaespaldas, su función trascendía la seguridad física; se trataba de cuidar al individuo detrás de la figura pública. Su testimonio permite comprender la vulnerabilidad de Michael, sus periodos de aislamiento y una fragilidad que el espectáculo solía ocultar. Bill no gestionaba un legado, sino la seguridad de una persona que, fuera de los escenarios, se encontraba en una posición de gran exposición emocional. El hecho de que Michael lo considerara un segundo padre subraya, más allá del afecto, la profunda confianza y el rol de soporte crítico que Bill desempeñaba en su vida diaria.


La relevancia de ambos radica precisamente en esa dualidad: uno resguarda el mito, el otro contiene al ser humano. La película los incluye, pero no profundiza en lo que representan, y ahí es donde se evidencia una de sus grandes deudas narrativas. Porque entender a Michael sin esas dos dimensiones es, en el fondo, quedarse con una versión incompleta de su historia.


La polémica más explosiva de Michael no solo es que el guion original se centrara en la denuncia de Jordan Chandler y en la redada de Neverland, sino que todo eso se borró por una cláusula legal con la familia Chandler, que prohíbe representar dramáticamente al menor acusador. Esa razón jurídica obligó a eliminar escenas clave, rehacer el final y dejar fuera los años 90, relegando el juicio de 2005 y la controversia por abuso sexual a un silencio casi absoluto.


El resultado es una película que termina en la cima de la gira Bad, ofreciendo una conclusión más triunfal que introspectiva. Sonríes, bailas, te empapas de la magia del escenario… y al salir del cine te preguntas por qué el guion no se atrevió, al menos, a plantear una escena mínima sobre la relación de Michael con los niños, o una reflexión sobre la industria que lo encadenó y lo adoró a la vez.


La propia Paris Jackson ha sido la voz más visceral en contra: la hija del Rey del Pop ha llamado a la película «mentira total», «fantasía» y «controlada», denunciando que el guion vendía honestidad mientras se construía sobre ficciones y omisiones. Paris sostiene que nunca fue escuchada de verdad cuando señaló que determinadas escenas eran deshonestas, y que la cinta acabó como un producto de Hollywood «que no le pertenece» ni a la familia ni a la memoria de su padre.


En la crítica especializada, la recepción es igualmente partidista: la cinta se ha convertido en el biopic de cantante más taquillero de la historia, con más de 400 millones de dólares en su primera semana, pero varios analistas la califican de «relación pública de amor edulcorada», «devocionario musical» y «película de televisión diurna sin agallas», que se queda en el aplauso visual y evita el escándalo psicológico.

Detrás del rostro que interpreta a Michael en la biopic hay una historia familiar que cruza Hollywood, Colombia y la propia dinastía Jackson. Jaafar Jackson, hijo de Jermaine Jackson, fue elegido no solo por su parecido físico, sino por su proximidad emocional al tío que representa: no es un actor que imita a un ídolo ajeno, sino un sobrino que revive a parte de su propia familia. Esa cercanía de sangre le da un peso diferente a su actuación, cargada de reverencia, nostalgia y culpa por querer hacer justicia a una figura que ya no está para corregir.

La historia de Jaafar se enreda además con Colombia: su madre, Alejandra Jackson, nació en Bogotá y se trasladó a California siendo niña; diseñadora de modas, empresaria y filántropa, ella le dio a Jaafar una identidad mitad colombiana que se mezcla con la historia de Gary, Indiana, y de la industria musical estadounidense. Esa mezcla de raíces se nota en cómo la película lo muestra: no solo como un imitador, sino como un puente entre la familia latinoamericana que mira con orgullo desde Colombia y la dinastía Jackson que lo ve como heredero de una leyenda.

Jermaine, su padre, fue un pilar de los Jackson 5 y uno de los hermanos que más se movió entre conflictos, celos y reconciliaciones con Michael, sobre todo cuando decidió quedarse en Motown mientras el resto del grupo cambiaba de sello. Esa grieta entre hermanos se siente de fondo en la biopic: Jaafar, hijo de Jermaine, interpreta al tío al que su padre amó, con el que compitió y, a veces, por el que se sintió opacado.


El resto de los hermanos, Jackie, Tito, Marlon y La Toya, aparecen en pantalla y también detrás de cámaras, como consultores y productores ejecutivos, vigilando que la historia de la familia no se vuelva una caricatura de melodrama. En ese entramado, Jaafar no es solo un actor contratado: es un miembro más de la genealogía Jackson, que lleva a la gran pantalla tanto la memoria del mito como la memoria de la familia, con sus luces, sus sombras y sus rivalidades nunca del todo cerradas.

El 29 de abril de 2026, Lionsgate anunció que la segunda entrega de la biopic, ‘Michael 2’, ya se encuentra en preproducción. La idea es que, si todo sigue el ritmo previsto, la filmación pueda comenzar en 2026 o a inicios de 2027, con un estreno estimado entre 12 y 24 meses después de empezar a rodar. La promesa no es explícita, pero se intuye: se tendrá una segunda parte para meter todo lo que se dejó afuera de la primera, para tocar los años 90, el juicio de 2005, la presión de la prensa, los escándalos de dinero, los rumores sobre su apariencia, el debate sobre Neverland y la interacción con su gente.

La versión de ‘Michael’ que llegó a las pantallas en este 2026 es el resultado de una cirugía narrativa, un producto que dista mucho de las promesas de 2024 o de la crudeza de aquel guion original que prometía no dejar títere con cabeza. Estamos ante una obra de transacción, un campo de minas donde el arte fue sacrificado en el altar del litigio. Bajo la pirotecnia cegadora y el hipnotismo de las coreografías, subyace una amputación creativa sistemática; aquí, el silencio no es omisión, es un grito amordazado por cláusulas que resultan más elocuentes que cualquier línea de diálogo. La cinta ensalza al titán, al genio capaz de reinventar la cultura popular, pero se detiene en seco ante el abismo, temerosa de explorar las venas abiertas de su historia más oscura.

Mientras Jaafar Jackson mimetiza cada poro de su tío y Colman Domingo dota de una rigidez casi insoportable a Joe Jackson, en el trasfondo opera una traición necesaria: para que el cine pueda existir, la realidad ha tenido que ser proscrita. El filme se convierte en un espejo trucado que proyecta un resplandor tan intenso sobre el mito que termina por incinerar su sombra.

Al final, la ley se impone sobre la dramaturgia. Ante la imposibilidad de borrar el pasado, la industria se ve forzada a un juego de sombras y artificios, paralelismos, nombres alterados y escenarios expandidos para que el público intuya la verdad sin que los estudios sucumban ante el peso de un juicio. La pregunta no es si habrá una secuela, sino si el cine podrá alguna vez liberarse del acuerdo Chandler, ese cirujano invisible que, incluso desde la tumba, sigue empuñando el bisturí para decidir qué parte de la memoria colectiva debe ser extirpada para siempre.


Sebastián González Zuluaga es un cuyabro de pura cepa, rockero de corazón y futbolero de pasión. Estudiante de último semestre de derecho en la UGCA de Armenia y director de Tendencia Rocker, combina su amor por la música con una visión crítica del mundo. Siempre entre el ruido de las guitarras y el debate, busca dejar su huella en la cultura y el derecho.

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