El productor colombiano presenta un sencillo que cruza percusión tradicional y síntesis electrónica.
Humberto Pernett presentó su nuevo sencillo ‘Agasajo’, disponible en plataformas digitales como parte de su línea de trabajo enfocada en la fusión entre sonidos del Caribe colombiano y la electrónica.
El tema se construye a partir de una base rítmica que integra percusiones afrocolombianas, gaitas y estructuras propias de la música tropical con capas de síntesis y programación electrónica. En ese cruce, la canción propone una lectura contemporánea de elementos tradicionales, manteniendo un enfoque orientado tanto a la pista como a la escucha detallada.
‘Agasajo’ incorpora la participación del guitarrista cartagenero Luis Camacho, cuya intervención introduce una textura orgánica que se superpone a la estructura electrónica del tema. Esta interacción refuerza el carácter rítmico y melódico de la composición sin desplazar su eje digital.
El sencillo fue publicado en 2025 bajo el sello Capital Latino Music. La producción estuvo a cargo de Jonas, mientras que el proceso de masterización se realizó en Londres por Luis Bonilla, apuntando a un estándar técnico alineado con circuitos internacionales.
El lanzamiento está acompañado por un videoclip producido por RAW, que desarrolla una propuesta visual centrada en el movimiento y la referencia al entorno caribeño, en coherencia con la estructura sonora del sencillo.
Humberto Pernett ha desarrollado una trayectoria enfocada en la integración de lenguajes tradicionales colombianos con herramientas electrónicas, consolidando una propuesta dentro de la música alternativa del país
El vaivén del péndulo se encarga del primer trazo. La luz que atraviesa la ventana durante el día y se apaga en la noche dibuja el segundo. La lámpara y los dos cuadros que se miran de frente, desde paredes opuestas, extienden ese retrato a blanco y negro que comienza a insinuarse. La mesa de centro que cambia de lugar, la taza de café y una partida solitaria de ajedrez sin terminar, suman más capas a la escena. El sofá, fijo en el centro de la imagen, concentra la rutina de la protagonista de un monólogo cuyo público somos nosotros. Desde el encierro, la ausencia termina de tomar forma con el paso indiferente del reloj.
Conversaciones casuales que transcurren en un parque entre un hombre y una mujer que simplemente sonríen dibujan los rasgos iniciales. Largas caminatas de la mano, pequeños saltos en una golosa delineada sobre un andén y otras interacciones espontáneas suman nuevas capas a la escena. El color, desplegado en una estética vintage, fija su atención en la experiencia de una historia compartida. Desde el movimiento, la compañía termina de tomar forma con el paso cómplice del tiempo.
El primer retrato es interpretado en ‘Tirado en el sofá’, canción en la que el tiempo marca el ritmo de quien espera y el espacio se reduce a una habitación que repite —una y otra vez— la misma escena.
El segundo adquiere nombre propio en ‘María José’: el parque, el color y el movimiento trasladan esa historia hacia una frecuencia simultánea. En ambos casos, el cantautor colombiano Samuel Osorio toma dos momentos distintos de la experiencia afectiva y los convierte en canción.
La cámara fija, en ‘Tirado en el sofá’, cumple el rol de un voyerista que nos acerca a la intimidad de su protagonista. En oposición, las tomas de ‘María José’ surgen en espacios públicos. Si ampliamos el espectro de ambas historias, veremos que son retratos paralelos del dolor que se lleva adentro y de la felicidad que se muestra sin reservas.
Las dos canciones integran el EP debut del cantautor bogotano Samuel Osorio, un proyecto cuyo título toma su nombre de una de ellas: ‘Tirado en el sofá’. El propio artista ha dicho que esta etapa de su vida se cristaliza en estas composiciones, en las que trata de registrar situaciones cercanas y convertirlas en algo que resulte, a la vez, reconocible y profundamente sentido.
Según Osorio, ‘Tirado en el sofá’ nació de la experiencia de un amigo cuya relación no pudo avanzar porque los tiempos de cada quien nunca coincidían. La canción se despliega desde guitarras y elementos que remiten al folk, con violines, guitarra lap steel y percusiones que pintan un paisaje sonoro en el que la ansiedad se define desde la quietud, desde la tensión que provoca una soledad impuesta por las circunstancias.
Por su parte, ‘María José’ surgió de su propia historia, cuando el cantautor conoció a su pareja. En este tema, el sonido oscila entre lo ochentero y lo contemporáneo; sintetizadores y guitarras se entrelazan para generar un espacio en el que se respira tranquilo. En las imágenes del video, capturadas de forma analógica, aparece esa sensación de alegría compartida en un parque de Usaquén (Bogotá); un entorno urbano transformado por la memoria y tomado por la música, desde sus diferentes expresiones.
Confluyen en estas dos canciones una curiosa simetría: una se activa desde la quietud y la otra desde el movimiento, pero ambas registran la misma intención: acercar al oyente a una emoción concreta, sin grandes declaraciones ni artificios innecesarios. Tal como el músico lo ha expresado, su propósito es que quien escuche pueda reconocer que las experiencias habituales —felices o difíciles— también pueden convertirse en materia de creación.
Esa búsqueda también se traduce en una paleta de influencias diversas. Las referencias de Osorio, que van desde Juan Pablo Vega hasta Bon Iver o Earth, Wind & Fire, muestran una inclinación por las texturas musicales que permiten entrelazar folk, soul, pop y matices más atmosféricos dentro de un mismo universo sonoro.
Al final, lo que queda no es una definición del amor. Quedan las escenas: una cotidianidad reducida a cuatro paredes y una ciudad abierta a todo lo que aún puede ocurrir en ella.
El péndulo continuará su vaivén.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador, a la segunda –con un talento negado para ejecutarla– como espectador.
Las memorias del extenso territorio que atraviesa desde Alabama, en Estados Unidos, hasta Terranova, en Canadá, fueron retratadas a través de letras sencillas que supieron narrar la cotidianidad de sus habitantes. Amores y rompimientos, creencias e insurrecciones, nuevas vidas y muertes fueron el insumo de canciones nacidas en la ruralidad, bajo los sonidos acústicos y artesanales de las cuerdas difíciles de banjos, mandolinas, violines, contrabajos y guitarras. Los Apalaches, cadena montañosa que supera los 2.400 kilómetros y recorre 14 estados, encontraron en el bluegrass —primo menor y humilde del country— una bitácora de existencia, una banda sonora que no necesitó de estudios sofisticados para inmortalizarse.
Bill Monroe y su banda. Fotografía tomada de Deviolines
Sus canciones lentas y esquivas a las estridencias evocan el campo, la montaña, la austeridad. Su historia se remonta a la década de los cuarenta —20 años después del nacimiento del country— y se mantiene vigente. Para algunos, quizás sea más sencillo ubicarlo en el diverso catálogo del folk. Sin embargo, el bluegrass —y su esencia campirana— tiene mucho para contarnos y nosotros mucho por escuchar. Bill Monroe, su fundador, puede sentirse orgulloso de ser el precursor de una identidad musical que se niega a abandonar sus raíces.
Quechuas, aymaras, muiscas y una extensa lista de pueblos indígenas y comunidades modernas que han convivido con el paisaje inhóspito de una gran montaña que recorre más de 7.400 kilómetros, también encontraron en la música otra forma de mantener viva la memoria de sus vivencias. El folk, para ellos, cobija otra serie de identidades que comparten algunos instrumentos del bluegrass. Su sonido, desde su propia perspectiva, también supo dibujar el arraigo de los pueblos que nacieron y evolucionaron bajo la esencia de la cordillera de los Andes.
Distante en apariencia y separado por miles de kilómetros, el folk de ambas cadenas montañosas guarda similitudes. Al final, aunque suenen diferente, tanto el bluegrass como los ritmos tradicionales de Latinoamérica respetan sus raíces, y su horizonte es el mismo: mantener intacta esa memoria que ha resistido a la historia violenta.
En ese tramado invisible, un artista colombiano, bajo la esencia del sonido identitario de los Apalaches con los matices propios de la tradición de los Andes, nos presenta tres canciones: tres relatos que nos ponen de frente a su creación musical y nos invitan a recorrer las montañas. David Mora y sus guitarras difíciles —como él mismo define su sonido— cruzan fronteras y rompen los límites que dividen los ritmos tradicionales arraigados en sus respectivos territorios.
Desde Medellín, el cantautor, en ‘Mi historia’, ‘Cuánto te quiero’ y ‘Olvido y tiempo’, agradece a la vida, retrata el amor e interpreta el duelo. Los acordes de sus guitarras y otras cuerdas evocan la música campirana de Estados Unidos, pero no lo alejan de su territorio. Al final, todo el continente se mantiene unido por la tierra. Y a ella pertenecemos.
En ‘Mi historia’, David agradece a quienes han acompañado su camino. Lo hace a su estilo, uno que puede parecer ajeno si se mira con los ojos de quien migra, pero que resulta cercano cuando se reconoce que acá también hay arpas, tiples, cuatros, mandolinas y guitarras que dibujan el paisaje de los llanos o los campos boyacenses. Es una canción artesanal y cotidiana: campanas de hotel, cucharas, washboards y una guitarra con resonador. No hay pretensión de espectáculo; hay voluntad de continuar.
—«Voy a seguir cantando hasta que se gaste la voz»—, nos promete David Mora. Es su forma de agradecer a quienes han estado y a nosotros por acercarnos por primera vez a su creación musical.
‘Cuánto te quiero’ nace desde el silencio emocional de los afectos no expresados. La conversación con su esposa, transformada en composición, toma cuerpo con los códigos del bluegrass clásico. Guitarra, mandolina, banjo, contrabajo y violín se entrelazan con naturalidad. La técnica es exigente. Pero el interés no está en mostrarla sino en decir algo que costaba. Es una canción que se desenvuelve en la ternura que nace del reconocimiento.
Y ‘Olvido y tiempo’ es, quizás, la más cruda por el lugar desde el que fue escrita: el desamor de un amigo que se transforma en letra, y la respuesta de David con una guitarra de cuerdas de nylon. Bolero, blues y un fraseo contenido se combinan para sostener una emoción que no busca consuelo. Él la llama «guitarra difícil», no desde lo técnico, sino desde lo emocional. Una complejidad que no aparece en la partitura, pero se escucha en cada nota que se retiene más de lo necesario.
En su tercer disco —aún sin nombre— David Mora explora el big band, el country rock, la guabina bebop y el blues. Más allá de las características del género que elige, está la honestidad.
Su apuesta, está claro, no se aloja en la tendencia, sino en el oficio hacedor del arte, de la música: escribir, tocar, compartir y volver a empezar.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador, a la segunda –con un talento negado para ejecutarla– como espectador.