Siete canciones, siete relatos; un álbum, una vida
«No quiero mirar atrás, mi lucha es insistir; mi logro será hablar sin hablar»
‘SOÑAR’ (RAÚL POVEDA)
Por, Olugna
Es la primera vez, en muchos años, que regreso de nuevo a una tarima. En la mesa más cercana, en primera fila, está mi vieja en compañía de mis hermanas, la silla reservada para Sonia está vacía. Son las nueve de la noche, hay muchos lugares libres, al parecer, será un toque marcado por la ausencia de público. Afuera del bar ubicado sobre la carrera 13, una ciudad deambulante, errante e indiferente, se consume a sí misma por la rutina de sus propios pasos que, muchas veces, no saben a dónde se dirigen. Es un sábado como cualquier otro, invadido por transeúntes anónimos buscando en el alcohol, las putas y la decadencia, el refugio que no encuentran en su interior.
Estoy en la puerta del bar. Mientras fumo un cigarrillo, observo cómo la lluvia deja caer con furia su ráfaga de agujas afiladas, intentando perforar el pavimento. En mi cabeza, los fragmentos de ese sueño, se muestran como los remiendos de un pasado que ha regresado para atormentar mis noches; como los trazos de un autorretrato miserable en el que permanezco encerrado, compadeciéndome de mi propia existencia.
Han pasado cuatro meses desde que salí del hospital. Las palabras de Sonia siguen dando vueltas por mi cabeza; el golpe de la puerta cuando la cerró, retumba tan fuerte como el estruendo que aún me despierta en las madrugadas. En mi billetera, guardo la nota que mis estudiantes escribieron mientras era tratado en el hospital como un loco trastornado, y que ella me entregó ese domingo.
―¿Y quién es ese?―. Le pregunta al jalador un pelado que está de la mano con su novia.
―Es un artista local. ―Responde―. El cover es de diez lucas por persona, incluye una pola de cortesía.
―¿Amor, qué hacemos?
―Pues, entremos a ver qué… ―Responde la chica―. Si no nos gusta, nos vamos pa’ otro lado.
Tropiezan conmigo en la puerta. El pelado choca con mi hombro, mientras entra con la joven de la mano. Soy indiferente para ellos, ignoran que soy ese, cuyo nombre escrito en tiza sobre la tabla de madera, se desvanece por la lluvia. Dejo escapar con ironía una sonrisa amarga. De alguna manera, ese pequeño instante, me regresa a mi adolescencia, en la que pasaba horas encerrado en mi cuarto detrás de la guitarra, imaginando que recibía ovaciones de desconocidos y los fotógrafos presurosos estallaban mis ojos con los flashes de sus cámaras. A mi manera, recreaba un sueño que con el tiempo se desvaneció, hasta dejarme hoy en la puerta de un bar como un músico más; otro desconocido que intenta buscar refugio en la música.
Son las diez de la noche. El dueño del bar, apaga la música, para darle paso a la agrupación que esta noche me servirá de telonera. Tres pelados jóvenes que, según ellos, rinden tributo a las mejores épocas del rock en español. En una hora, más o menos, será mi turno. Los músicos de sesión que contraté para esta noche, vacían vasos de cerveza; yo, permanezco en la barra, intentando enfocarme en lo que será mi toque, intentando no pensar en los últimos meses, intentando no recordar la muerte de mi papá.
Contrario a lo que pensaba, el bar se llenó casi por completo. La gente responde positivamente a la presentación de los tres chicos: cantan de memoria y con entusiasmo, las canciones que interpretan; al tiempo que el vocalista, que no supera los 20 años, deja escapar alguna que otra broma. Son buenos músicos. Me recuerdan a mis alumnos, pelados que sueñan con convertirse en rockstar, que se ven a sí mismos, dejando su huella en grandes tarimas. Quizás, Sonia, tenga razón, y yo sea una inspiración para mis estudiantes.
«¡Otra, otra, otra!», repiten los asistentes.
Los tres pelados dan gusto al público e interpretan la última canción. Ya es momento de alistarme. Me acerco a la mesa donde están mi mamá y mis hermanas.
―¡Yo veré, manito!―. Me dice mi hermana más pequeña, mientras me mira sonriente.
Su mirada es honesta. Está feliz, mi otra hermana y mi mamá están emocionadas. Verlas felices, sonrientes, animadas, me conmueve. Quizás, Sonia no se equivoque, y yo sea una fuerza vital para ellas.
Es una tarima pequeña, típica de los bares de la ciudad en los que abren las puertas a artistas emergentes. Estoy sudando, los nervios se riegan con rapidez a través de mi cuerpo e intento mirar un punto fijo en la pared del fondo, para evitar tropezar con las miradas de los asistentes; seres anónimos que me intimidan y que estoy seguro, también, sienten mi ansiedad.
Logro conectarme conmigo mismo. Con cada canción, siento que me desprendo de esos fragmentos de memoria que regresaron y me aturden, que me libero en cada una de ellas, que dejo ir el pasado en cada riff. Siento, en este instante, que alcanzo ese sueño que dibujaba en mi mente mientras practicaba en mi cuarto con la guitarra, que soy ese músico que deseaba ser cuando era adolescente. Ver la respuesta de ese pequeño público después de cada canción, me llena de vida. Sus aplausos son sinceros.
«Los pasos por la ciudad, no muestran a dónde ir. El día se va, la noche igual»
―¡Jueputa!― Grito con rabia al sentir que una cuerda de mi guitarra se zafó de la clavija cuando comenzaba la quinta canción.
La brusca interrupción rompe con la magia de un momento en el que por fin sentía que me liberaba, que salía del letargo en el que se había convertido mi vida. Un momento que sentí eterno; minutos de felicidad que, al igual que esa cuerda, se rompieron de repente, aterrizándome en la realidad. El silencio cubre la tarima, siento las miradas acusadoras de los asistentes. Me quiero derrumbar.
Dirijo mi mirada hacia la mesa donde están mi mamá y mis hermanas, que me miran con la esperanza de que encontraré la fuerza que necesito para continuar. En la silla vacía, recreo la imagen de mi papá cargándome en brazos, diciéndome que sería su campeón, que sería su orgullo, mientras me da un beso en la frente. Quizás, el viejo, tenía razón.
Decido continuar, tomo la guitarra con más fuerza. El show, como la vida, debe seguir.
«Quiero despertar, soñar de verdad. Buscaré una razón en mi interior, la voz del corazóóón».
Ver el entusiasmo con el que la gente recibió mi presentación, me hace pensar que, en medio de todo, ha valido la pena cada segundo. El pelado que chocó mi hombro en la entrada, junto a su novia, se pusieron de pie para aplaudirme. Ver la sonrisa de mi mamá y mis hermanas me llenan de felicidad.
―¡Soy Braulio! Gracias por asistir. Recuerden que una guitarra con una cuerda rota, aún es capaz de hacer música.