En los zapatos de una mujer

En los zapatos de una mujer

Hombres, no necesitamos de ustedes, palabritas ridículas. Todos las dicen. Necesitamos respeto, poder vestirnos como nos guste sin miedo a ser ultrajadas, poder hablar abiertamente del tema que queramos sin miedo a ser juzgadas, poder tener amigos sin otras intenciones y ser valoradas por lo que hacemos, por quienes somos y por lo que sentimos.

Por, Erika Molina Gallego

La historia de Andrea *

Cuando iba al liceo era flaquita, no demasiado, tenía buen cuerpo, iba con mi uniforme, que era una falda tableada y una camisa del colegio. Mis compañeros se sentían con el derecho de tocarme las piernas, decían que si iba vestida así, era porque quería mostrar, ¡por Dios! Era el uniforme, en fin. Siempre me hacían comentarios ofensivos referentes a eso, al final opté por ir siempre con  pantalón, aunque me hicieran anotaciones, por no ser ese el uniforme oficial. Al hablar de lo que me sucedía y la razón por la que no usaba el uniforme nadie me ofreció ayuda, las anotaciones continuaron…

… Luego tuve un  trabajo que consistía en invitar a familias a conocer un resort,  ganaba más dinero que mis «amigos», me iba muy bien, sacaba casi, el triple de dinero que ellos. Tenía una buena relación con mi jefe (mujer), me llevaba bien con ella y pese a que me encontraba en el peor momento de mi vida, hacía muy bien mi trabajo, nunca falté y cumplía con todo, sin embargo, mis compañeros me molestaban diciendo que me acostaba con ella y por eso ganaba más, no podían creer que me fuera mejor que a ellos, pues tenía problemas con el alcohol, nunca valoraron mi trabajo y que era una persona fácil de tratar. Cuando me pagaban, decían que tenía que invitarlos a comer o a tomar, que tenía que pagarles por estar ganando plata por nada. Al final fue tanto el acoso, que decidí renunciar.

También he tenido problemas con mi familia, les molesta mi forma de ser. «Así no debe comportarse una señorita» «así no se viste una señorita»  «así no come una señorita» «una señorita no dice groserías» «tienes que hacer un poco de ejercicio, porque tienes espalda de hombre» « ¿por qué eructas? Eso no se hace» prácticamente hasta cago con un olor despreciable para una señorita. Al final siempre sigo siendo yo, a veces incluso digo groserías o eructo sólo para molestarlos.

Cuando tomaba, la gente se sentía con el derecho de propasarse conmigo, verbal y físicamente, «tú te lo buscas» decían. Aunque estuviera con mis amigos y a ellos nadie los hubiera invitado, no les importaba, al parecer, yo era de dominio público, al estar tomada en su presencia, algunas veces mis amigos o amigas tuvieron que quitarme a alguno de esos de encima. Realmente no puedo profundizar más en ese tema, pues me causa un trauma muy grande.

La experiencia de Sofía*

Alguna vez en el bus, un hombre me frotó su entrepierna por el brazo, me han perseguido chicos por la calle diciéndome piropos, me han dicho que me reserve mi opinión, sólo por ser mujer. También sé que a las mujeres que han estudiado en mi facultad, en los doctorados, les pagan menos o no obtienen mayor rango, aun haciendo el mismo trabajo que sus compañeros hombres.

 

Tal vez para muchos, estas sean palabras sin sentido, meros lloriqueos de mujeres débiles con algún tipo de inseguridad. Otros al leer esto quizá volteen los ojos, gritando con soberbia el término «feminazi» que tan de moda está.

Pero más allá de una queja que parece exagerada, hay una realidad que la mayoría prefiere ignorar y que, en muchos casos, nos está costando hasta la propia vida.

Según datos de medicina legal, durante los diez primeros meses de 2014 fueron asesinadas un promedio de 2.6 mujeres por día, en 2015 2.2 y, en  2016, 2.4.

Las víctimas de violencia sexual para el 2014  fueron el 84.8%, para el 2015 representaron el 85,5% y para el 2016 el 85%.

Aunque a simple vista nos parezca grotesco, de alguna manera, todos contribuimos a prolongar esta situación.

Es común para las mujeres vernos enfrentadas diariamente a algún tipo de acoso; en la calle, en el trabajo, en la universidad y, lo peor de todo, en nuestro propio hogar. Vivimos en una sociedad acostumbrada al machismo, que nos cosifica,  que piensa que estamos ahí para su disfrute, para su uso, para suplir sus necesidades de ego y de bienestar. Una sociedad en la cual la mujer se debe sentir halagada y hasta orgullosa de que cualquier patán le grite en la calle lo «buena que está» y que casi tenga que agradecerlo, brindando al «galanazo» una sonrisa o una mirada siquiera, con tal de no recibir un insulto más.

Casos como el de Andrea y Sofía, se repiten todos los días, en todas partes y se han convertido poco a poco en actitudes normales, aceptadas por la mayoría, cuando en realidad no son más que abusos que nos denigran y nos llenan de vergüenza, frustración, miedo y un profundo desprecio por aquellos que piensan que tienen el derecho a agredirnos.

Estamos cansadas del maltrato, de la humillación, la indignación y la rabia que produce tener que quedarnos calladas, mientras que el desgraciado se siente muy «macho» por el simple hecho de creerse superior, mediante el ultraje que suponen palabras, miradas y comportamientos absolutamente fuera de lugar. Desde invasiones sutiles a nuestra privacidad, anzuelos disfrazados de halagos: «haces volar mi imaginación» «dañas mi mente»; que pretenden culparnos de sus intenciones oscuras y de posibles abusos futuros, hasta ofensas directas como invitaciones a desnudarnos para ellos o enviarnos fotos de sus partes íntimas.

¿A quién se le ocurrió que si una mujer se pone una falda te está invitando a tocarla? ¿O que si sube una foto a una red social está buscando sexo contigo? ¿De verdad piensas que tu condición de hombre te da derechos que nunca has adquirido con alguien que ni siquiera te vería, si no fuera por tus patanerías? ¿Por qué no podemos salir a tomar, fumar, bailar, decir lo que pensamos y sentarnos como se nos antoje sin tener que aguantar a un prospecto de medio pelo encima, pasándose de la raya y tratándonos de «putas»? ¿Cuándo van a entender que simplemente no tienen derecho sobre nosotras y que somos libres de expresarnos como se nos antoje y a no ser irrespetadas por ello?

Esto más que una queja, es un llamado de atención y un ejercicio de reflexión para todos aquellos que siguen pensando que tenemos que aguantarlo todo por el simple hecho de ser mujeres.

Y es que no se siente bien, nada bien, se llega a un punto en el cual no se sabe si los hombres que nos invaden tan descaradamente, lo hacen para mostrar su supuesta superioridad, si es que definitivamente en sus casas nunca les enseñaron valores, o en realidad no tienen cerebro, y en serio piensan que alguna de sus estupideces puede generarnos algún tipo de placer.

Usted señor ¿es de aquellos que se rasga las vestiduras leyendo en el periódico la noticia de una violación, sale de su casa profundamente indignado sin dejar de pensar en cuanta maldad hay en la humanidad, pero en cuanto una chica pasa frente a usted no pierde oportunidad para dejar ver su mejor cara de morbo y soltarle cuanta majadería que se le ocurre? pues déjeme decirle, eso a ella no sólo le molesta, lo que se siente es asco, rabia, desprecio,  eso también es acoso, también nos violenta y nos destruye, eso no lo hace a usted más hombre, al contrario, lo convierte en un ser despreciable y asqueroso, al mismo nivel de un vulgar violador, no exagero ni un poco, la chica va a querer correr a su casa para poder bañarse y quitarse de encima  la horrible sensación que usted le produjo ¿era eso lo que quería? No. Pues eso es lo que logra, anótese el puntico.

Cada mirada lasciva, cada gesto denigrante, cada palabra baja que sale de usted no ofende solamente a quien la recibe, denigra a cada dama que tiene que ver con usted, su madre, esposa, hijas, hermanas o cualquier mujer por la que guarde un poco de respeto, el mismo que debería tener hacia todas las mujeres.

Va siendo hora de que los hombres empiecen a despertar en lo que al trato hacia las mujeres se refiere, no es  sólo  lo de los piropos callejeros y de que no hayan podido aprender a diferenciar entre éstos y un verdadero halago, se trata del respeto hacia nuestra sexualidad y la forma en como la expresamos, hacia nuestros pensamientos y nuestro derecho a decidir, que entiendan que cada vez que una mujer les habla no está buscando «algo más» con ustedes y que si así lo quiere no va a tener problema en decirlo de frente.

Hombres, no necesitamos de ustedes, palabritas ridículas. Todos las dicen. Necesitamos respeto, poder vestirnos como nos guste sin miedo a ser ultrajadas, poder hablar abiertamente del tema que queramos sin miedo a ser juzgadas, poder tener amigos sin otras intenciones y ser valoradas por lo que hacemos, por quienes somos y por lo que sentimos.

Entiendan que las mujeres no existimos para complacer sus deseos y que la hombría no se demuestra jamás mediante la ofensa o el insulto, aprendan de aquellos, a los que aún puede llamárseles caballeros, que aunque pocos, existen, y no por cursilerías, ni porque nos traten como a muñecas de porcelana, –tampoco es la idea– sino porque aprendieron el verdadero significado de la palabra «mujer».

Comprendan que no son irresistibles, que todo lo que hacen no nos va a deslumbrar, y que por el contrario puede hacer que terminemos detestándolos en segundos, la violencia no es sólo un golpe, una violación o un asesinato, es todo aquello que acaba con nuestra dignidad y nos obliga a agachar la cabeza y a quedarnos calladas, entiendan de una vez que la sensualidad de una mujer no está para rebajarla, está para apreciarla y en ese sentido falta todo por aprender, empiecen por ponerse un poquito en nuestros zapatos y si aun así sigue siendo tan difícil, piensen por un momento en aquella dama que los vio nacer y en lo que sentirían si algún parlanchín se atreve a ofenderla.

¿Entendieron o necesitan plastilina?

Por, Erika Molina Gallego

erikamolina@rugidosdisidentes.co

 

*Basado en testimonios reales, los nombres de las entrevistadas fueron cambiados para proteger su privacidad.
Imagen tomada de Internet: Desmotivaciones.es

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