Una ciudad rota, un bus roto, un borracho bonachón. Bogotá es inagotable en historias y sueños quebrados y rock ‘n’ roll
Crónica: Andrés Angulo Linares (Olugna)
Fotografías: Goat PH
La tapa plástica del panel, caída en el piso, deja al descubierto el tablero eléctrico del bus que cubre la ruta 5. Es uno de tantos buses rojos desbaratados. Partió de la estación Temporal Av. Jiménez —nombre que disimula la precariedad de su infraestructura— rumbo hacia el Portal Américas. Son las nueve pasadas. Fue un día largo para la vendedora ambulante que regresa a casa con sus corotos empacados. Seguramente, también lo fue para el sujeto de gorro negro y hoodie azul que subió con una botella de Águila en la mano. Varios chicos se dispersan a lo largo de los vagones. Vienen, como yo, de La Media Torta. En mi teléfono se reproduce ‘Miseria’, la última canción de la jornada.

Otros buses que atraviesan la maltrecha troncal de la Caracas deben estar igual: atestados de transeúntes que regresan a sus casas. Como este, pueden estar llenos de pelados que reventaron La Media Torta entre coros, gritos y pogos. Durante ocho horas, Candelaria Rock reunió a punkeros, metaleros y rockeros que encontraron en el longevo escenario de ladrillo un escape momentáneo de esa ciudad que no tiene cómo hacerlo de sí misma.
El sol —siempre picante del mediodía— ocupa gran parte de las gradas. Sin embargo, muy cerca de la tarima, se aglomeran decenas de personas. La apertura —poco deseada— sabe distinto: en la tarima un grupo de adolescentes, con la timidez propia del primíparo, repasan algunos de esos clásicos del rock que bautizaron a los más viejos.

Seis de los integrantes de Delirio —tres chicas en las voces y el bajo, junto a tres músicos en guitarra, teclado y batería—, desde ‘Crazy Train’ hasta ‘No seas tan cruel’, abrazan una nostalgia que no habitaron, pero a la que rinden homenaje.
Es un regreso a casa convulsionado. El tipo del hoodie azul intenta buscar conversación con otros pasajeros. Tiene algunos tragos en la cabeza y es bastante sociable: una combinación volátil en un medio de transporte indigno que atraviesa una ciudad donde —mucho antes de que lo dijera Moure— la vida y la muerte conviven demasiado cerca.

«En 2019 nos estaban corretieando por pensar diferente», dice Mauricio desde la tarima para presentar una de las canciones que Fixura trae para esta cuarta versión de Candelaria Rock. Al frente de la tarima, las gradas golpeadas por el sol anticipan que no permanecerán vacías por mucho tiempo. El pogo que está por comenzar no será el único de la tarde. La agrupación llegó desde Soacha: el punk no se ha cansado de recorrer la ciudad.
Tres peladas jóvenes mueven sus cabezas. El pelo fucsia de una de ellas brilla con el golpe del sol. La barda que separa la zona de prensa de la tarima está rodeada, en su mayoría, por chicos: el punk no ha envejecido.

El paso paquidérmico del bus deja ver entre sus ventanas una ciudad gris atrapada en la ansiedad constante. Los pocos espacios del pasillo son copados por más pasajeros. Más de 160 personas viajan apeñuscadas. Horas antes, miles atestaron La Media Torta.
Una chica joven de rostro pintado observa la presentación de Terror Bringer. En su teléfono graba cada instante. Quizás no supere los 20 años. No es la única. Junto a ella, centenas de chicos sacuden sus cabezas y exhiben sus pintas metaleras. El thrash tampoco envejeció.

Un gomelo dijo que dos —o tres— buses pegados hacían lo mismo y más barato que un metro. Media Bogotá le comió cuento. A esta hora, muy cerca de Las Américas, el bullicio del bus se reparte entre murmullos, carcajadas, videos de TikTok a todo volumen y los torpes diálogos del tipo de hoodie azul.
Karen se bajó de la tarima para cantar junto al público. La combinación del punk y el hardcore detona con cada canción. Muy cerca de ella, un adulto de pelo largo sacude la cabeza. A su derecha, una pelada de rostro pintado recibe los empujones del pogo.

Kaoz Kapital, como una gran parte de las agrupaciones locales, ha surgido desde el barrio, abriéndose paso entre la furia y la rebeldía. Karen, su vocalista, conecta fácilmente. Carga con la inconformidad que desató el gobierno que vistió a sus jóvenes —más de 7.000— de camuflados y botas de caucho. «Furia uribista» grita una y otra vez. La respuesta que recibe es un pogo cada vez más intenso.
Una ciudad rota, un bus roto, un borracho bonachón. Resulta fácil entender por qué el punk y el metal se arraigaron en la ciudad. Bogotá es inagotable en historias y sueños rotos.
Su mano izquierda permanece empuñada; en la otra sostiene el micrófono. Su voz gutural rompe la atmósfera hasta ahora permeada por el punk y el thrash. Leandro conecta con el público joven que responde a su invitación de poguear.

El apoyo del público con Keep the Rage es evidente. Su sonido denso proyecta la rabia de forma distinta: es espesa, un grito de batalla de manos empuñadas. El pogo es más lento, pero no menos fuerte.
El recorrido respira en Banderas. Gran parte de los pasajeros se bajan en la estación que los conectará con los barrios de la localidad octava. La vendedora puede tomar asiento, la botella de Águila quedó botada en el pasillo.

La Media Torta, vista desde la última gradería, se percibe como la nostalgia de los que ya dejaron su huella en la tarima y la promesa de aquellos que anhelan llegar a ella. El sonido agudo de Ärkhanon se proyecta por el teatro al aire libre y se extiende hasta la parte más alta.
«Ey, Ey, Ey» retumba desde la tarima. Diego levanta la mano y el público responde al grito del heavy metal que está por comenzar. Power Insane recibe a chicos y veteranos que mueven la cabeza con fuerza.

La vendedora se baja en la penúltima estación. Luce cansada. La botella rueda por el pasillo con cada movimiento del bus. En pocos minutos terminará el recorrido.

El movimiento de las cabezas en el público es igual de violento que el de los músicos en tarima. El eco gutural de Threat se combina con la velocidad de las guitarras. El ritmo de la agrupación que vino desde Antioquia inyecta el veneno que mantiene la energía arriba.
El bus alimentador que por fin es despachado se llena en pocos segundos. Unos cuantos chicos que venían de La Media Torta hacen fila.

Su mano derecha apunta hacia la tarima. Su rostro denota la furia que deja escapar en este instante, minutos antes de que caiga la noche. La cresta negra contrasta con el resto de su cabeza rapada. Encaramado en la barda, mira la tarima mientras corea canciones convertidas en consignas populares y contestarias.

Un tenis fue arrojado desde atrás. El punk permanece intacto. Los Suziox, desde Medellín, cierra la cuarta versión de Candelaria Rock. En una hora larga los miles de asistentes regresarán en TransMilenio a sus casas con el tarareo de ‘Miseria’ en los oídos; uno de ellos volverá descalzo.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador, a la segunda –con un talento negado para ejecutarla– como espectador.









