Fragmento Voces Raúl Poveda

Fragmentos

Siete canciones, siete relatos; un álbum, una vida

«Solo escucho palabras que resuenan como truenos. Me dicen quién soy, destruyendo al que soy»

‘Voces’ (Raúl Poveda)

Por, Olugna

A medida que vacío el mismo vaso, una y otra vez, me lleno de recuerdos, uno tras otro. Cada maldito sorbo es un latigazo que golpea mi memoria. Al frente mío, un sobre de pastillas y dos botellas de whiskey: una está vacía; la otra, aún reserva para mí medio litro de licor. Junto a ellas, el viejo cenicero de hierro que usaba mi padre como depósito de depresiones, ahora ve cómo dejo caer detrás de cada colilla un trozo de mi odio. Al otro costado, tumbado sobre la mesa, el portarretrato que solía contener la foto de mi viejo cargándome en sus brazos; su vidrio roto demostró que al final fue tan frágil como la existencia de mi papá. A mis pies, los pedazos de esa maldita fotografía, me hacen comprender que no somos más que un instante detenido en el tiempo, que camufla la inmundicia que somos detrás de una estúpida sonrisa.

Un sorbo más. En el fondo del vaso, lo veo sonreír. Mientras me carga, me dice que soy su campeón, que soy su orgullo, que seré un mejor hombre que él, y me da un beso en la frente. Un cigarrillo más. Detrás de cada bocanada, veo su rostro enceguecido por la ira. Sé que está gritándome, no alcanzo a escuchar lo que me dice; pero, en verdad, está molesto y sé que es por mi culpa.

«¡Tenía 10 años, viejo!». Intento alcanzarlo con mi grito en esa dimensión en la que duerme después de ese maldito estruendo. «No comprendía la fuerza de tus palabras».

A través del humo veo cómo ese pequeño niño, intenta decirle que se detenga, que no es cómo él. Las lágrimas empañan mi visión. Cada soplo de cigarrillo, trae consigo una discusión, una frustración, otra bocanada de depresión.

―¡Braulio! ¡Qué hizo!― Escucho la voz de Sonia, lejana.

Otro vaso vacío, otro gajo de existencia que se desvanece en medio del delirio. «Mijo, usted es mi orgullo», escucho que le dice a ese adolescente que buscaba encontrar, en medio del desorden de su cuarto, algún sentido; el que fuera. Casi que puedo sentir sus pesadas manos sobre mi cara, mientras me golpeaba suavemente delante de sus amigos cuando tomaba.

―¡Braulio, no se vaya! ―Insiste Sonia― ¡No se vaya!

«¿Recuerdas, viejo, la primera guitarra que me regalaste?» Pregunto, tratando de traerlo de vuelta, de revivirlo. «Nunca te gustó esa música de marihuaneros, pero aún así querías que me entregara a ella».

Todo me resulta confuso. El whiskey se riega por mis venas con rapidez, los recuerdos se desvanecen detrás del humo del cigarrillo, sus consejos se ahogan en medio de las voces que habitan en mi cabeza.

«Mijo, me lo mataron, mataron a su papá». me avisa mi mamá en una llamada que se quedó marcada para siempre en mi memoria. No tuve tiempo para decirle que en verdad lo amaba.

¡Maldita sea! Creí haber dejado todo sepultado en esa maldita tumba. Las noches, que nunca han dejado de ser amargas, se mostraron, durante mucho tiempo, como un escenario de una felicidad absurda que se desvanecía tan rápido como el licor de las botellas que desocupaba. El eco de ese maldito estruendo nunca se marchó, solo se ahogó entre las voces de mujeres extrañas que habitaron mi cama, para escapar en la madrugada.

«Braulio, ¿qué está haciendo con su vida?». Le reclama mi mamá, en medio de sus lágrimas, a ese chico de 22 años que llegaba de madrugada, dormía hasta las tres de la tarde y regresaba al parque, ¡maldito parque!, que se tragó mi juventud y fracturó mis sueños entre el alcohol y las cenizas.

«No sé, mamá», trato de responderle, «¡Nunca lo supe!».

Dejo caer el vaso vacío con fuerza una vez más. El ardor del licor se mezcla con las lágrimas que bajan por mi cara y amargan aquellos instantes en los que él era todo para mí y yo lo era todo para él. Las colillas de los cigarrillos desbordan el cenicero; la depresión, compañera permanente de mi existencia, es un desierto habitado de miradas muertas. La música fue el refugio de mi melancolía; mis canciones, trozos rotos habitados por el dolor y permeados por el odio hacia lo que me he convertido.

―¡BRAULIO! ― Me grita Sonia, al tiempo que siento los corrientazos sobre mi pecho.

―Mil uno, mil dos, mil tres, mil cuatro. Mil uno, mil dos, mil tres, mil cuatro.

―¡SE ESTÁ MURIENDO!

―Tranquila. Ya vamos a llegar al hospital―. Escucho que alguien le responde a Sonia, mientras el aullido de la sirena rompe la monotonía de la noche.

Queda menos de un cuarto de la última botella. 37 años de mi vida se han evaporado en el fondo del vaso. Mis sueños son turbios, ese maldito estruendo retumba en los rincones de mi memoria. No soy el mismo niño que buscaba no soltar la mano de papá, tampoco soy el hijo del que fingía estar orgulloso. En verdad, nunca he sabido quién soy: el profesor mediocre que cree soñar a través de la música, el artista ebrio que se camufla detrás de una botella cada vez que tiene oportunidad o si simplemente soy el heredero de la depresión que me dejó su partida.

Es el último trago, la última oportunidad que tengo para escapar. En mi mano, cinco pastillas y un cigarrillo a punto de apagarse.

«¡Hoy estaré contigo, papá!». Digo en voz alta, antes de darle un sorbo al último cóctel de la noche.

―¡Usted es un maldito hijo de puta!―. Me dice Sonia al oído, mientras me abraza.

―Mijo, ¿qué hizo?― Me pregunta mi mamá, mientras aprieta mi mano.

Por fin abro los ojos, la luz del techo me encandila. Empiezo a reconocer, uno a uno, los rostros de Sonia, mi mamá y mis hermanas. En la puerta, la sombra desvanecida de un hombre se aleja por el pasillo del hospital.


Consigue todo lo que necesita tu mascota aquí

Add a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *