Lluvia, naturaleza y rock n’ roll

Para marcar la diferencia hay que tomar riesgos y realizar acciones que muchas veces pueden escapar a la lógica y acercarse a la locura.

Por, Andrés Angulo Linares

Bogotá había quedado a hora y media de camino. Era un hecho: atrás, junto con la gran ciudad, habían quedado el estrés, el caos y la polución de la gran urbe.

Aún, en un recorrido tan corto, las carreteras en Colombia permiten observar cómo las montañas se alzan sobre la superficie a un lado del camino. El esplendor del paisaje, que pasa a toda prisa por la ventana, mientras el conductor juega con el acelerador y el embrague en cada curva, sumergen al viajero en una aventura.

Pese a la insistencia del conductor de poner reguetón en un bus lleno de rockeros, haciendo caso omiso al aviso del panorámico del bus que decía claramente: Campamento Rock Independiente, fue un recorrido lleno de buena vibra y de energía positiva.

El clima de La Vega es templado, el sol de mediodía se sentía con gran fuerza, no obstante, algunas nubes advertían algo de lluvia sobre el municipio ubicado en la Cordillera Oriental.

En la entrada de la finca Claro de Luna, ubicada en la vereda Petaquero (kilómetro 5.5 vía La Vega – Villeta), estaba Sebastián Beltrán, líder de la banda Paranoide, quien junto a su esposa Mónica Sáenz se embarcó en este proyecto hace un año, dando la bienvenida a los asistentes y entregando las recomendaciones básicas de comportamiento, entre ellas, la más importante: “Lo que pasa en La Vega, se queda en La Vega”.

Para marcar la diferencia hay que tomar riesgos y realizar acciones que muchas veces pueden escapar a la lógica y acercarse a la locura. Quizás sea esta última la mejor forma de definir al campamento: una locura que busca una redefinición del espacio cultural de la Sabana dedicado al rock independiente.

Los asistentes teníamos a nuestra disposición siete hectáreas de terreno para disfrutar de las presentaciones, de las dos piscinas, del río Ila, que bordea la finca, de la zona de comidas, kioscos, baños, vestidores y en la parte más alta, una meseta para acampar con vista hacia la tarima.  

Poco a poco la altiplanicie se convirtió en una paleta multicolor gracias a los campamentos de las bandas, asistentes y medios de comunicación. En la tarima, La Once se encargaba de dar apertura a las presentaciones, mientras que armábamos las carpas. El sonido dispuesto en la tarima fue impecable y permitió que, desde casi cualquier lugar de la finca, se pudiese escuchar las intervenciones musicales, que duraron alrededor de 45 minutos por cada agrupación.

La diversidad de ritmos fue un factor determinante para que la energía y la atención del público se mantuvieran siempre constantes. Las cinco presentaciones siguientes nos dieron un recorrido musical que partió del pop-rock con Alejo Cruz, hasta llegar al sonido experimental de The Spotglow, con estaciones intermedias en Lákura (indie), Colombia Sonora (reggae, ska) y 60 Vatios (heavy rock).

La tarde finalizó y le dio la bienvenida a la noche, a partir de ese instante, música, lluvia y público, convivimos en un mismo escenario.

La maratón continuó con el rock fusión de Ojo Camaleón, que precedió a La Ronera (fusión), The Sick Blues (blues) y Garbage Heroes (rock).

Mientras se preparaba la agrupación de rock Los Martes, aprovechamos para compartir en el kiosco, ubicado al lado de la piscina principal y a unos metros de los campamentos, con los artistas que se habían presentado previamente, quienes en un ambiente de camaradería, compartían un trago entre ellos, mientras que otros se daban un baño nocturno, oportunidad que aprovechamos para darnos también un chapuzón. Una noche perfecta.

Acampar siempre será una aventura de principio a fin. La lluvia, que para medianoche arreciaba con más fuerza, nos dio la oportunidad de conectarnos mucho más con la naturaleza. No hubo celulares, ni distracción alguna que nos privara de disfrutar del sonido en tarima, mientras adecuábamos las carpas para evitar posibles filtraciones de agua.

Las presentaciones continuaron y el ruido de la lluvia sobre la carpa no opacó el sonido de Paranoide (rock), Compañero Ñero (rock experimental), La Brigada RPF (ska), y el espectacular cierre de La Severa Matacera en la madrugada del domingo.

La mañana la aprovechamos para nadar, visitar el río y compartir con músicos, asistentes y colegas de igual a igual. La fraternidad vivida durante el campamento nos demostró que el rock es cultura de paz, convivencia y solidaridad y que en el Campamento Rock Independiente, nadie era más que nadie.

Sobre el mediodía levantamos las carpas y limpiamos el lugar, versión que puede corroborar don Tibaldo, uno de las administradores, quien se mostró satisfecho con el comportamiento del público y con el espectáculo en general.

De esta manera, estábamos preparados, a regañadientes, para abordar el bus que habría de llevarnos de nuevo a la realidad, con la esperanza de regresar a una segunda versión de Campamento Rock Independiente.

Campamento Rock Independiente en imágenes

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