«El agua necesita de la energía del ser humano; el agua es muy celosa, si yo la consiento, le hablo, ella permanece; si yo no le paro bolas, ella se va»
ORIEL ZAMBRANO
Crónica: Olugna
Fotografía: Angie Gómez
De rodillas, frente al altar de la Virgen despide una extensa jornada de caminatas, conversaciones y anécdotas que dan forma a un relato que se extiende más allá de una comprensión científica. Un diálogo íntimo, fruto de la devoción que nació con él, que lo vio crecer y que aún permanece intacta acompañándolo en todo momento. Permanece en esta posición alrededor de 10 minutos. Son más de las seis de la tarde, Bogotá está a tres horas largas de recorrido.

El aire helado es mucho más intenso que aquel que nos dio la bienvenida al mediodía, el viento golpea con mayor fuerza las articulaciones, la temperatura ha descendido lo suficiente como para comprender que el frío más bajo en Bogotá, no alcanza a compararse con el que está cubriendo a esta hora una de las zonas más elevadas de la Cordillera Oriental. Estamos a un poco más de 3.200 metros de altura sobre el nivel del mar.
Luego de cerrar el portón de madera de ‘El Refugio’, propiedad de una congregación religiosa proveniente de la Costa Norte de Colombia, don Oriel Zambrano enciende su camioneta y comenzamos a descender por un camino cubierto de piedras y tierra que nos conducirá hacia Subachoque, punto donde ocho horas antes iniciáramos la travesía hacia la finca que bautizara con el nombre de La Milagrosa, terreno que compró cuatro años atrás.

En la parte más alta de La Milagrosa se está construyendo una casa, sencilla y acogedora, que le permitirá, junto a su esposa, escapar de la rutina presurosa de la gran ciudad para entrar en contacto con la inmensa riqueza natural que se manifiesta en todo su esplendor alrededor de su finca. Es un terreno que supera las seis fanegadas, algo más de 39 mil metros cuadrados que rinden tributo a esa conexión sagrada que une al ser humano con sus orígenes, con la madre naturaleza.
Es un hombre alto, sus manos anchas y fuertes son prueba de más tres décadas entregadas a diversos oficios desde que dejó el campo en 1986 a causa del conflicto armado que por aquel entonces sacudía a Chiscas, municipio ubicado muy cerca de la Sierra Nevada del Cocuy, reserva natural que atraviesa tres departamentos: Boyacá, Arauca y Casanare. Para esos tiempos don Oriel apenas era un niño de 11 años de edad, hoy es un hombre de 46.

―Era zona roja, un remanso para la guerrilla, un territorio olvidado por el gobierno. Uno iba buscando otros horizontes―, explica don Oriel Zambrano.
Mientras conversamos su mirada está puesta en el Páramo de Guerrero, majestuoso cerro que se eleva por más de tres kilómetros hasta alcanzar una altura máxima de 3.800 metros sobre el nivel del mar. Allí se disfruta de una diversidad florística y faunística inmensa que recrea un paisaje extraordinario.

«Allí encontramos especies endémicas de anfibios y frailejones; allí, donde los colchones de musgos, epífitas y micro helechos amarran el agua para liberarla luego en pequeñas corrientes que van creciendo hasta convertirse en arroyos, riachuelos y fuentes de vida», explica Germán Armenta, ingeniero agrónomo y representante legal de la Fundación Páramos Agua y Vida.
‘Daysi’ y ‘Tornado’ fueron los que inspiraron a don Oriel y a su esposa doña Martha, a adquirir un terreno donde los dos animales –mula y caballo respectivamente– pudieran estar tranquilos, abrigados por la protección que les brinda un lugar en el que el tiempo parece suspenderse mientras danza en perfecta sincronía con el paisaje. Han pasado cinco años desde que decidió adoptarlos.

―Es como si yo hubiese conocido a ‘Daysi’ de toda la vida. La negocié en una feria, aún estaba cerrera[1], tenía cinco meses. ―Explica don Oriel y agrega―. A ‘Tornado’ lo trajimos camuflado en unas canastas de mercancía, tenía 20 meses.
Los dos equinos permanecieron bajo el cuidado de un hermano suyo durante un tiempo; sin embargo, luego de la ausencia de este, la protección que pudiera brindarle a los animales se convertiría en una preocupación constante: «Ojalá pudiéramos encontrar algo cerca para tenerlos allí», era un pensamiento recurrente que se paseaba por su cabeza.
―Siempre he creído que todo lo que uno quiere lo debe poner en manos de Dios y de la Virgen. Si las cosas son para uno llegarán solitas―. Expresa.

Bajo esa premisa y con la certeza de que la oración habría de mostrarles a los esposos un hogar para los dos animales, se dio la oportunidad de comprar un terreno ubicado en la parte más alta de la vereda La Pradera. Sin saberlo, ‘Daysi’ y ‘Tornado’ se convertirían en la inspiración para concebir un ambicioso, pero necesario proyecto que busca, además, la preservación de la riqueza hídrica de la montaña: Fundación Páramos Agua y Vida.
Desde que compraron la finca, don Oriel se fijó el propósito de convertirla en una reserva natural de origen privado, en la cual se pudiera generar un espacio para regenerar, preservar y proteger el agua que baja por la montaña debajo de la superficie terrestre.
―El páramo es una fábrica de agua, por la peña brota más o menos a un metro. Ella viene desde la cima y se riega por debajo de la tierra―, explica.
Para ello, don Oriel construiría tres pozos naturales excavando de manera artesanal la tierra con el fin de recoger el agua que baja por la peña. Cada uno cuenta con un diámetro superior a los diez metros y tiene una profundidad de más de cinco.
―El agua necesita de la energía del ser humano; el agua es muy celosa, si yo la consiento, le hablo, ella permanece; si yo no le paro bolas, ella se va―, señala.

Inquieto por esa búsqueda constante de conocimiento, se dio a la tarea de empaparse de toda la información –técnica y legal– que le permitiera hacer realidad esa idea que desde su misma concepción se convertiría en ese sueño por el cual –como lo ha hecho con cada uno sus proyectos anteriores– habría de entregarlo todo para transformarlo en un horizonte seguro.
Fue así como don Oriel conformaría un equipo humano especializado en ámbitos jurídicos y técnicos para darle vida a la Fundación Páramos Agua y Vida, proyecto en el que despertar en las personas un espíritu ecologista es una misión y ser en un líder ambientalista de carácter privado, un derrotero.
En la actualidad, Fundación Páramos Agua y Vida busca –en el marco del ejercicio de sus actividades– transmitir a través de su página web los saberes que el campo le ha proporcionado a don Oriel; también, el conocimiento de los ingenieros y ambientalistas que se han sumado al proyecto y, de esta manera, acercar a las personas de la ciudad la inmensa riqueza que el campo tiene para enseñar y compartir.

Así mismo, en el mediano plazo, busca conseguir los recursos que le permitan adquirir los terrenos vecinos a La Milagrosa, los cuales han sido destinados para el cultivo de papa, actividad agrícola que con sus malas prácticas de manejo agronómico afecta de forma directa el ciclo natural del páramo y contribuye a la ruptura del equilibrio natural de la montaña.
Mientras nos preparamos para salir de La Milagrosa hacia El Refugio, me da la oportunidad de conocer una pequeña parte de su extensa historia, misma que sería imposible resumir en dos horas de conversación y recoger en solo tres páginas.
Basta con decir que, en su existencia, el agua es la fuente sagrada que sostiene la vida; los animales, una demostración de amor genuino y la naturaleza, ese milagro que Dios obsequió a la humanidad. Quizás él viva en la ciudad, pero el campo jamás ha salido de su corazón.
«La vida es el regalo más preciado que Dios nos dio, Lo que hagamos con ella, es nuestro regalo hacia él»
ORIEL ZAMBRANO
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[1] Que no está domesticado o es difícil de domesticar.