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El día en que fui despedido


Por: Andrés Angulo Linares (Olugna)


No imaginé que un recorrido de cuatro pisos, por las escaleras, sería un viaje eterno. Del piso dos al sexto, mi mente se convirtió en un collage de recuerdos.

Pasamos el tercer piso, mi jefe no se detuvo, yo tampoco. Continuamos con nuestro ascenso. Mi suerte está jugada, hoy, 20 de junio, la moneda cayó por el lado contrario. Ráfagas de imágenes pasan frente a mí: la entrevista inicial, mis primeras labores, el primero de muchos conflictos y la convicción de que en ese instante habría de iniciar una película que —justo hoy— grabaría su escena final.

Recuerdo también esos sueños que llevé siempre conmigo, convencido de que, en una oficina, al frente de un computador, habrían de encontrar la plataforma en la que por fin algún día saltarían a la realidad.

Nunca he sido de muchos amigos. Aun así, aprendí a conocer a mis compañeros: sus expectativas, sus contradicciones, sus miedos y su sello personal. Algunos de ellos fueron más que individuos con los que compartía labores y, de vez en cuando, un café, un cigarrillo o una cerveza.

Quinto piso. El rostro de mi jefe no expresa emoción alguna. Entiendo en ese instante que la emotividad es una condición ajena en aquel que tiene el poder. Su boca niega la posibilidad de una conversación. Tampoco hace falta, pero ¡mierda!, cuánto ayudaría un «¿Cómo va todo, bien?».



Ocho años de mi vida veo pasar frente a mí. Recuerdo a aquellos que —como yo— hicieron también ese mismo recorrido. Recuerdo, además, que no he acabado la labor del día. Ya es muy tarde; mañana será tarea de otro. Mi estómago está hecho trizas. ¿Qué será de mi vida afuera de este edificio? Tengo más de 30 y, para la sociedad, ya no soy joven.

Estoy sudando, mis extremidades tiemblan. Tengo nervios, la ansiedad se apodera de los posibles argumentos que he de expresar si tengo la oportunidad. Supongo que así debe sentirse un hombre que camina hacia la horca, al lado de su verdugo.

Recuerdo la máquina de café, refugio y escape a la vez, sala de reunión subversiva cuando, en los cierres, a las tres de la mañana, las cosas no marchaban bien. El tiempo aquí fue más una experiencia de vida que una acumulación de conocimientos técnicos. No soy el mismo sujeto que ocho años atrás no tenía un plan de vida; hoy estoy más cargado de sueños e ilusiones que en ese entonces.

¡Hijueputa! Necesitaré una caja para vaciar mi escritorio y un camión de mudanzas para cargar tanto recuerdo.

Mientras subo, confirmo el valor y la fuerza que puede brindar una amistad, y cómo esta no requiere de un mismo espacio para trascender en el tiempo y superar la distancia. Definitivamente los años aquí fueron más soportables gracias a ti.

¡Por fin!, llegamos al sexto piso y, por un instante, quise que el recorrido hubiese sido más largo de lo que fue. No era para menos: el código 10523, ubicado en el puesto 3C-023, ha concluido su historia aquí.

Recuerdo la frase de una canción: «El mundo está por estallar y los demás en la oficina por nada». Respiro profundo.

El silencioso recorrido finalizó. Frente a mí, una puerta de vidrio: portal que me llevará a una nueva vida que —de hecho— espero sea grandiosa. Cruzo la puerta, reparo que no hubo tiempo para un café.

Hoy, recuerdo que muchas veces imaginé cuáles serían mis palabras para este instante.


Sobre Olugna

Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador; a la segunda —con un talento negado para ejecutarla—, como espectador.

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