«Las situaciones normales, felices o complicadas también son candidatas a ser arte»
Samuel Osorio
Por: Olugna
El vaivén del péndulo se encarga del primer trazo. La luz que atraviesa la ventana durante el día y se apaga en la noche dibuja el segundo. La lámpara y los dos cuadros que se miran de frente, desde paredes opuestas, extienden ese retrato a blanco y negro que comienza a insinuarse. La mesa de centro que cambia de lugar, la taza de café y una partida solitaria de ajedrez sin terminar, suman más capas a la escena. El sofá, fijo en el centro de la imagen, concentra la rutina de la protagonista de un monólogo cuyo público somos nosotros. Desde el encierro, la ausencia termina de tomar forma con el paso indiferente del reloj.
Conversaciones casuales que transcurren en un parque entre un hombre y una mujer que simplemente sonríen dibujan los rasgos iniciales. Largas caminatas de la mano, pequeños saltos en una golosa delineada sobre un andén y otras interacciones espontáneas suman nuevas capas a la escena. El color, desplegado en una estética vintage, fija su atención en la experiencia de una historia compartida. Desde el movimiento, la compañía termina de tomar forma con el paso cómplice del tiempo.
El primer retrato es interpretado en ‘Tirado en el sofá’, canción en la que el tiempo marca el ritmo de quien espera y el espacio se reduce a una habitación que repite —una y otra vez— la misma escena.
El segundo adquiere nombre propio en ‘María José’: el parque, el color y el movimiento trasladan esa historia hacia una frecuencia simultánea. En ambos casos, el cantautor colombiano Samuel Osorio toma dos momentos distintos de la experiencia afectiva y los convierte en canción.
La cámara fija, en ‘Tirado en el sofá’, cumple el rol de un voyerista que nos acerca a la intimidad de su protagonista. En oposición, las tomas de ‘María José’ surgen en espacios públicos. Si ampliamos el espectro de ambas historias, veremos que son retratos paralelos del dolor que se lleva adentro y de la felicidad que se muestra sin reservas.
Las dos canciones integran el EP debut del cantautor bogotano Samuel Osorio, un proyecto cuyo título toma su nombre de una de ellas: ‘Tirado en el sofá’. El propio artista ha dicho que esta etapa de su vida se cristaliza en estas composiciones, en las que trata de registrar situaciones cercanas y convertirlas en algo que resulte, a la vez, reconocible y profundamente sentido.

Según Osorio, ‘Tirado en el sofá’ nació de la experiencia de un amigo cuya relación no pudo avanzar porque los tiempos de cada quien nunca coincidían. La canción se despliega desde guitarras y elementos que remiten al folk, con violines, guitarra lap steel y percusiones que pintan un paisaje sonoro en el que la ansiedad se define desde la quietud, desde la tensión que provoca una soledad impuesta por las circunstancias.
Por su parte, ‘María José’ surgió de su propia historia, cuando el cantautor conoció a su pareja. En este tema, el sonido oscila entre lo ochentero y lo contemporáneo; sintetizadores y guitarras se entrelazan para generar un espacio en el que se respira tranquilo. En las imágenes del video, capturadas de forma analógica, aparece esa sensación de alegría compartida en un parque de Usaquén (Bogotá); un entorno urbano transformado por la memoria y tomado por la música, desde sus diferentes expresiones.

Confluyen en estas dos canciones una curiosa simetría: una se activa desde la quietud y la otra desde el movimiento, pero ambas registran la misma intención: acercar al oyente a una emoción concreta, sin grandes declaraciones ni artificios innecesarios. Tal como el músico lo ha expresado, su propósito es que quien escuche pueda reconocer que las experiencias habituales —felices o difíciles— también pueden convertirse en materia de creación.
Esa búsqueda también se traduce en una paleta de influencias diversas. Las referencias de Osorio, que van desde Juan Pablo Vega hasta Bon Iver o Earth, Wind & Fire, muestran una inclinación por las texturas musicales que permiten entrelazar folk, soul, pop y matices más atmosféricos dentro de un mismo universo sonoro.
Al final, lo que queda no es una definición del amor. Quedan las escenas: una cotidianidad reducida a cuatro paredes y una ciudad abierta a todo lo que aún puede ocurrir en ella.
El péndulo continuará su vaivén.
Sobre Olugna
Cada crónica es un ritual. Quizás suene demasiado romántico, pero así es. Así soy yo, complejo y trascendental; sensitivo y melancólico, pero entregado a una labor que, después de algunos años, me ha abierto la posibilidad de vivir de mis dos grandes pasiones: la escritura y la música. A la primera me acerqué como creador, a la segunda –con un talento negado para ejecutarla– como espectador.










